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  • El Circo en Llamas

AHAB PRETENDE EL ARCHIPIÉLAGO DE HUMBOLDT

Cómo Dominga insiste en ocupar el lugar


Por Gaspar Peñaloza



Tuve suerte en esta Pandemia, me tocó vivirla en la primera y última caleta de Atacama: Chañaral de Aceituno. Frente a ella está una de las islas mejor preservadas del Archipiélago de Humboldt. Por el corredor que se genera entre la caleta y la isla, todos los años nadan, se alimentan y emergen para tomar aire, cetáceos.


A los pocos días antes de salir de la caleta terminé Moby Dick. A los pocos días de llegar a la quinta región comenzaron a fluir por las redes fotos de ballenas varadas, del desastre de las salmoneras y, comprometiendo específicamente a la Caleta, de la extracción de Huiro. Lo más alarmante: le vuelven a dar chance a la minera Dominga.


La ballena no es lo único emocionante en Chañaral de Aceituno: los changos aún habitan el lugar; hay una abundancia y diversidad en ecosistemas nativos que parece prehistórica, y viven personas con oficios únicos asociadas a un estilo de vida sustentable. Pero, en algún sentido, cuidar la experiencia de compartir con un cetáceo funciona como emblema para decir que hay que cuidar todo el ecosistema, lo que está en el océano y lo que está en el continente. Son cosas que, vistas panorámicamente, componen un todo.


En Moby Dick pasa lo mismo. La trama célebre es el capitán Ahab tratando de asesinar por venganza a Moby Dick, ya que en un combate anterior le quitó la pierna. Moby Dick no es una ballena, sino que un cachalote albino. La diferencia está en la calidad y cantidad del aceite, pero también en su fiereza, ya que el cachalote, al contrario de la ballena, tiene dientes y los usa, según el libro, para hundir embarcaciones. Lo más notorio es la obcecada sed de venganza que, atormentada por un ego muy humano, lo hace arriesgar su vida, su embarcación y asesinar a toda su tripulación. Mientras transcurre la venganza, Ismael, el testigo que nos cuenta la historia, se encarga de introducir informaciones laterales que, aunque no dan para estar ahí porque es un imposible, nos invita a pensar desde el lugar de la Ballena.


Ahab promete un doblón pesado de oro a quien avizore por primera vez la ballena desde la cofa. Lo muestra y lo deja expuesto cerca del timón. Algunos marineros se detienen, la miran y reflexionan frente a él. Uno de los oficiales tiene incluso una especie de soliloquio en donde reflexiona si vale la pena seguir avalando esta fiebre por dinero, cuando ya intuye que será autodestructivo. Se pregunta si no sería mejor volver ya con su familia. Me imagino que los abogados de Dominga estarán en la misma, claramente de una forma mucho más desafectada y menos mística, al menos en los balleneros hay todo un oficio, una épica y un riesgo vital que Melville se encarga de representar muy bien y que en un mínimo sentido los redime, pero la comparación es clara: destruyen por dinero, están alienados. Deben tener una relación dificultosa con sus afectos y no son más que los sicarios en el encuadre. A dónde va realmente el dinero producido en Dominga, a las riquezas históricas. Como vemos en el capítulo “Specksynder”, la caza de la ballena siempre ha estado asociado al rédito de alguna realeza.


En el capítulo “El doblón” se afirma: “ese pedazo redondo de oro no es más que la imagen del globo que es capaz, como la famosa bola de mago, de reflexionar frente a cada hombre la profundidad de su yo más recóndito”. El dinero interpela a cada uno de los tripulantes del Pequod y el oro expuesto los va arrastrando lentamente a cometer un crimen y perder la vida haciéndolo. Es curioso que se explicite la pureza del doblón, extirpado de las entrañas de una montaña sudamericana por donde vienen y van las vertientes. Es, a la vista de estos tiempos, un dinero mucho más puro, trazable y cargado de sentido que el que hoy se pasea en lenguajes binarios entre cuentas bancarias millonarias. Tanto es así, que ciertos personajes miran el doblón en el que ven un paisaje andino y buscan en ese acuñamiento una especie de profecía. Pero aun siendo un extracto puro de la naturaleza tiene su precio en dólares (16), y será gastado sin ninguna parsimonia en alguna cantina, tal y como se opera con el aceite de ballena y todos los recursos naturales.


Para Charles Olson, poeta estadounidense obsesionado con el testimonio, las voces de los puertos, y también con Moby Dick, Ahab representa, en la época de Melville, el miedo de los escépticos al triunfalismo de los demócratas. Este sistema también permite el ascenso de “overlords”, sujetos que sobre la espalda de personas que están ahí voluntariamente pueden enquistarse en el poder y mantener un ejército movido por la ambición, que luego conducen hacia su propia extinción. Los peces gordos neoliberales son esto. A través del dinero logran posicionarse incluso en el juego de la democracia e invierten la fórmula, en vez de que sea un sistema de voluntad popular logran usar al pueblo para que haga su voluntad, es decir, las manos que operan el barco lo hacen solo para completar los intereses del cabecilla. Por eso, no es raro que haya escuchado en la panadería al presidente del sindicato de pescadores diciendo que Dominga era un aporte porque, y este es el argumento que ocupan, generaría empleo.


Una representación expresiva de cómo ven estos señores a la ballena, repito, pensándola como sinécdoque de los recursos naturales y los ecosistemas nativos y sanos, se da en el capítulo titulado “Pez agarrado, pez suelto” en el cual se disertan los códigos balleneros en cuanto a cuando un ballenero puede entender a un cetáceo como su presa o dejarla ir porque ya es la presa de otro. Más allá de los detalles de este protocolo podemos evidenciar que quien piensa desde el dinero no puede entender a la ballena sino en tanto presa suya o de alguien más. Qué puede haber más perverso que esto, en esa lógica cualquier territorio vacío es terreno fértil para el volcamiento de una subjetividad destructiva. Al no pensar la naturaleza como un sujeto, se la valora como un territorio vacío, hasta virgen y por lo tanto vulnerable, cuando en sí mismo esconde todo un salvajismo de vida proliferante que desborda cualquiera de estas categorías. Tener el doblón de oro al frente tiñe con este paradigma la realidad, pero esta denuncia ha llenado muchas portadas y debates. Terminemos este texto mirándolo desde los ojos de la ballena.


Si una ballena quisiera mirar de frente el doblón de oro no podría, no lo vería, su fisionomía de ojos separados no le permite tener una vista completa sino dos cuadros independientes, como se encarga de explicar Melville en el capítulo “La cabeza del cachalote, un estudio contrastado”. La pregunta que se hace el autor en este capítulo es con relación a cómo operará la mente de la ballena con estos dos inputs visuales simultáneos pero diferentes: “¿qué hace la ballena? No hay duda de que los dos ojos ven al mismo tiempo, pero ¿tiene una mente más comprensiva, combinatoria y sutil que la mente humana? ¿puede examinar con atención y al mismo tiempo dos perspectivas diferentes que se encuentran en direcciones diametralmente opuestas? Aunque estos puntos ciegos son de los que se aprovechan las balleneras para atacar al cachalote, creo que en este detalle se avizoran aspectos importantes de la cultura de la resistencia.


En primer lugar, tomando la metáfora de vista separada, todo lo que se gana al pasarle por las bandas, por los lados, la tan pronunciada evasión como método de enfrentamiento que se ha popularizado estos días. Pero, sobre todo, y en esto Melville reflexiona brillantemente, si la criatura más descomunal y sublime del planeta tiene la materialización de sus sentidos tan pequeños (pequeños ojos y oídos), deberíamos dejar de lado la grandilocuencia de amplificar nuestros dominios y la voracidad de captarlo todo. Al sutilizar nuestro sentido frente al mundo se crea una experiencia mucho más plena y una mente mucho más activa que coopera con el buen vivir. La gente que vive en el territorio que será afectado por Dominga, en la mayoría de los casos, elige estar ahí porque la natividad y primitivismo del medio le permite sutilizar sus sentidos y tener un trato cotidiano desalienado. Eso es lo que está en riesgo y se debe defender.


Fotografía: María de la Luz Vial

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