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“BUENAS NOCHES LOS PASTORES”, DE PATRICIO MANNS:

En memoria de un escritor que mereció el Premio Nacional de Literatura. Por Rodrigo Hidalgo

Este comentario fue publicado a finales del año 2000 en el diario electrónico El Mostrador.

Lo he rescatado en memoria de un escritor que mereció el Premio Nacional de Literatura.

Pero además con la admiración y cariño por un hombre comprometido con las causas justas de su tiempo. Con la esperanza intacta, a tu salud maestro.



“BUENAS NOCHES LOS PASTORES”, DE PATRICIO MANNS: Esta novela de Patricio Manns fue lanzada en la reciente Feria del Libro. Aunque se le había reconocido hace un par de años ya, el Premio Municipal que ganara en 1972. Así de farragosa es la historia de este libro, metáfora de las aguas que se tragaron la edición originaria, como puede un tsunami tragarse todo un pueblo.


En el lanzamiento, tanto Virginia Vidal como José Miguel Varas coincidían en señalar el múltiple valor de la novela. Su escritura caótica, de tono apocalíptico. Varas era enfático: cuando una terrible tragedia ha ocurrido, decimos: "quedó la tendalá y buenas noches los pastores", a la manera de un "no hay nada más que hacer".

El propio novelista y cantautor reconocía luego que en los años en que la escribió (1967 a 1970) era joven y, por lo tanto, mucho más imprudente y osado en el manejo de la escritura. Aunque en el transcurso del volumen (y como lo corroboran las tres fechas al pie final del libro, que indican los años en que se ha escrito), puede notarse que esta edición es una versión "corregida y aumentada".

El magistral Carlos Droguett ya había advertido que la obra de Manns estaba destinada al reconocimiento internacional. Lógico era entonces que, tras el golpe militar del '73, desaparecieran todos los ejemplares del premiado autor. Se los tragó el mar. Metáfora apocalíptica.

Y es que leer Buenas noches los pastores no es fácil. Al menos no para el lector que podemos suponer común y corriente. O sea, alguien que no haya leído de Manns sino sus canciones-poemas. Hagamos sin embargo la concesión válida: una vez traspasados los primeros obstáculos (tantos personajes, tantas cambiantes voces relatoras, tanto barroco descriptivo, tanta poesía telúrica, tanto tanto) es inevitable quedar atrapado por la trama, que como un movimiento sísmico de proporciones, se va dejando sentir profunda, avisándose de tanto en tanto.

La historia de Ernesto Schwarzenberg es un terremoto a tres bandas. Movimiento sísmico concreto y devastador. Metáfora de una vida licenciosa y solitaria entre putas y negocios turbios. Por último terremoto de pipeño y helado de piña. El alcohol abunda en el sur chileno, tierra de sismos y naturaleza trágica. Cuando la vida no la perturba la natura, la turba el hombre. Lo que sucede en la vida de Scharzenberg (a veces “Chuarcenverga”, a veces El-Ex-Dentista-Que-Todo-Lo-Califica, etc. etc.), es el relato de un lugar ficticio y no tanto, es el viejo contar tu pueblo, contar el mundo. El Puerto es Chile.


¡Qué importante es el paisaje! El río, árbol (con su ría, con su arboladura). Qué importante la sangre antepasada que late en cada insecto, la savia que recorre sempiterna un camino de las oscuras algas subacuáticas a los brotes amarillos de la nevada altura. Qué importante y olvidado el paso del hombre a cada paso. Los pastores transhumantes, andariegos patagones traficantes, marinos sin procedencia alguna que beben junto a la raza de salvajes que pescan ostras, la de los que les cortaban las orejas a los onas. El paisaje, tan naturalmente humano.


La obra es casi wagneriana en su tono, en su acabe, en su manera de asestar el golpe final, definitivo, liquidador. Algunos personajes son retratos dignos de Miguel Ángel Asturias, como el Obispo Fuenzalida. Los primeros pasos recuerdan cierto enredo burlonamente intencionado de Jodorowski. El modo de adivinarse la historia, el lento, profundo y denso desarrollo de los cataclísmicos hechos, recuerda más bien a ciertas cosas de Germán Marín. Pero más que hallar similitudes, centrémonos en la escritura. Manns busca algo más. Experimenta, para ser fiel a su confesión. Hay capítulos donde la narración recurre a descabelladas armas. Por ejemplo un diálogo entre pescadores escrito como si éstos se hablasen en castellano antiguo. Demostración, además, de la versatilidad estilística del autor. Lo mismo con algún otro capítulo, construido al modo de las tragedias griegas. O con otro, donde más bien asistimos a un guión cinematográfico, con detalles explicativos para el camarógrafo.

Este libro es la primera novela que leo de Manns. Me quedo, de todos modos, con los párrafos de hermosura comparable sólo a algunas canciones del autor de “Arriba en la cordillera”. Poesía pura y fina, de aquella que en esta obra apocalíptica, densa y sobrecogedora, abunda. Por ejemplo:

El amor borra a veces las cosas feas y tristes, pero ¿quién puede confiar en él? El amor es otra de las tragedias del pensamiento, otra mísera consecuencia del sonido de las palabras. Una neblina como ésta. La neblina permite que la madera sea dulce y blanda, como la arena. Las casas surgen tamizadas por un baño de leche o un líquido espeso que segrega la mañana. Segrega sobre los hombros sin alas de los árboles.


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