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CINCO ESPECIES DE NOTAS

Actualizado: 24 de nov de 2020

Notas de lectura sobre Especies intencionales (Quid Ediciones, 2001), de Andrés Anwandter.


Por Andrés Urzúa de la Sotta

"Pienso en la escritura de Anwandter como el intento por dar cuenta de un tipo de desarraigo que es, ante todo, lingüístico (...) Como si el lenguaje se hubiera inoculado en nosotros hasta dejarnos imposibilitados de desprendernos de él. Pero siempre con la cicatriz de esa unión involuntaria. Y con la secreta nostalgia de un pasado donde el único lenguaje era el silencio".

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Uno de mis primeros encuentros con la poesía de Andrés Anwandter fue hacia el año 2004 ó 2005, a través del olvidado buscador Altavista. Leí algunos textos de su primer libro, El árbol del lenguaje en otoño, y me dejaron con una extraña sensación de descubrimiento. No supe muy bien por qué, pero el efecto fue inmediato. Quizás porque venía acostumbrado, en mis primeras lecturas de poesía chilena, a un lenguaje que marcaba la presencia de un yo desmesurado. O bien, en el decir del italiano Valerio Magrelli, porque venía masticando una escritura excesivamente romántica, que concebía al poeta como «una especie de atleta del sentimiento, como alguien que tiene la posibilidad de entrar en contacto con la realidad de modo exorbitante».


En la poesía de Anwandter, en cambio, el poeta tomaba distancia. La realidad aparecía siempre bajo un manto de sospecha. Incluso la palabra se mostraba como una herramienta precaria, sin grandes temas ni hallazgos. La poesía discurría como suele discurrir la experiencia para un sujeto como yo: con más dudas que certezas, con más tedio que entusiasmo. Con la sensación constante de que todo, y especialmente la escritura, es de un absurdo tan radical que ya no se puede creer en otra cosa que en la incertidumbre.

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Busco “Especies intencionales” en Google y llego a otra expresión: “Especie introducida”. Leo: «una especie introducida, especie foránea, especie alóctona o especie exótica es una especie no nativa del lugar o del área en que se la considera introducida. Ejemplares han sido transportados por los seres humanos, ya sea accidental o deliberadamente, a una nueva ubicación donde la especie puede o no llegar a establecerse».

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Pienso en la escritura de Anwandter como el intento por dar cuenta de un tipo de desarraigo que es, ante todo, lingüístico. Como si fuéramos esas especies foráneas, introducidas forzosamente en el campo minado del lenguaje. Como si al igual que en el libro Virus de Gonzalo Millán, el lenguaje se hubiera inoculado en nosotros hasta dejarnos imposibilitados de desprendernos de él. Pero siempre con la cicatriz de esa unión involuntaria. Y, más aún, con la secreta nostalgia de un pasado inmemorial donde el único lenguaje era el silencio.

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Una de mis fascinaciones por la poesía de Anwandter tiene que ver con su trabajo formal. En Especies intencionales, por ejemplo, abunda el verso pareado. Más tarde, en su libro Banda sonora, las palabras se vuelven un hilo que cae vertical, una especie de cascada donde se entrecruzan recuerdos, sonidos y sensaciones con la aleatoriedad de los sueños o de los estados hipnagógicos. El caso del verso pareado me generó inmediatamente una curiosa atracción visual. Más que encontrarle un sentido estructural o sonoro, creo que le otorga una elegancia plástica al poema. Le da aire y lo estiliza. Impide que los versos se vean hacinados en la página.

Carl Rakosi medita sobre esto en "Reflexiones sobre mis medios". Dice: «permitir más espacio entre las palabras y las líneas, así como cambiar sus posiciones fijas, inmediatamente hace que el poema se vea más ligero y elegante, cómodo para el ojo; también parece liberar su espíritu lírico y devolverlo a su impulso original».

Es probable que Anwandter se proponga justamente eso: liberar al poema del componente lírico y devolverlo al impulso original. O bien, como parece insinuar Rakosi, atenuar —por medio de la extrañeza de la forma— las expectativas cognitivas que conlleva el lenguaje naturalmente.

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Creo que la poesía de Anwandter, y en especial el libro Especies intencionales, apelan a un lugar silencioso de la poesía chilena, donde esta puede habitar en voz baja y sin aspavientos. Pero a la vez su silencio desconcierta, sobre todo en una tradición acostumbrada a la grandilocuencia. Porque esta poesía no pretende adoctrinar, embellecer ni golpear la mesa con su voz, sino que aprende a escuchar y a enmudecer. Busca, parafraseando a Gonzalo Millán, «complicidad con el silencio». Para así advertir una vez más el lugar estéril en el que han caído el lenguaje y la poesía. Un espacio de la incertidumbre y la resignación, en el cual el poeta solo puede disponer su pequeña cámara para registrar una imagen parcial de la realidad. Donde los hombres, más que afanarse a grandes gestas heroicas, atraviesan silenciosamente los campos de espiga o se consuelan diciéndose nada.


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