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  • El Circo en Llamas

CRISIS, INVERSAMENTE PROPORCIONAL

La resistencia de Mario Llancaqueo


Por Jorge Polanco Salinas

Estoy escribiendo esta nota pasada la 1:00 AM. No tuve más tiempo en el día. En la mañana de ayer le había escrito un pequeño mensaje a Marilén, intuí que necesitaba preguntar cómo estaba. Me respondió con ese relámpago que deja mudo: acaba de partir mi papá. Cometí el error, quizás, de escribir algo en redes sociales; la lejanía me hace cometer estas imprudencias y la necesidad de comunicar el afecto a personas que no veo hace tiempo. A estas horas, además, recibo un mensaje del poeta y productor de espectáculos Gabriel Indey: «Suena anecdótico, pero mi hijo viajó a Valpo la semana pasada, y yo le mandé a Mario una botella de vino copiapino. Encontró la librería cerrada las 3 veces que fue y hoy llegó de vuelta a Copiapó. Una amiga me mandó la noticia de su muerte. Nunca pudo tomarse el vino, ni saber que siempre lo recordaba. Nos conocimos en Argentina en jornadas antidictatoriales el año 88, ambos éramos libreros y militantes. Nos veíamos cada ciertos años, la última fue en el O’Higgins, un restaurant de Valpo». Mucha gente ha escrito en reconocimiento de Mario, el librero, el militante y, sobre todo, el conversador. Por mi parte, solo quiero agregar a Marilén, quien ha estado los últimos años sosteniendo también un lugar en la ciudad, una historia que viene de la familia mapuche, comprometida y en vida con los libros; ese extraño espacio de imaginación y memoria, donde algo crece y resiste a pesar de la violencia que estructura geográficamente a este país.


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Cuesta comenzar a usar el pasado. Mario Llancaqueo era bajito. Siempre detrás del mesón de la librería. Arriba de su cabeza lucían libros llamativos, los más deseados o inquietantes. Ernesto Pfeiffer me recordaba una vez la llave del estante donde guardaba sus preseas; quizás aquellos ejemplares sobre los cuales los lectores podrían precipitarse sin arrepentimientos. También del mito: lo mejor se encontraba en el subterráneo. Leandro, mi amigo con quien compartíamos una biblioteca común, le compró una vez una fotocopia y un videocasete de Rodrigo Lira. Era un lujo; imposible de hallar en los noventa. ¿Cómo catalogar a Mario Llancaqueo? ¿Qué tipo de librero era? Roberto Calasso cuenta que el arte de la librería consiste en hacer conjugar los libros recién llegados con los ya ubicados; la lucha por los espacios y los centímetros hacen al buen librero. Si a eso sumamos que la librería Crisis vende una mezcla entre libros usados y nuevos, sin distinción, el arte de la circulación entre lo antiguo y lo moderno conformaba la peculiaridad de su espíritu libresco. Es el don de la ubicuidad —reitero a Calasso—: poder orientarse en clasificaciones culturales propias y hallar las correspondencias justas; la creación de barrios entre colecciones, temas o problemas. Guiar al lector en taxonomías imaginativas. En las anotaciones de un cuaderno antiguo, conservo esta observación: «Pregunto por “R”, a quien le envié una carta antes de viajar. Asisto a la presentación de un libro sobre Kraus. En los anaqueles de la librería La central, Karl Kraus y Jean Améry aparecen en "Filosofía". La ubicación determina un concepto amplio acerca de lo que significa pensar e imaginar». Entrar a la librería es ingresar a las casillas mentales de un librero; Calasso le da un carácter más dramático: es una especie de confesión. En el caso de la biblioteca Warburg, este arte consistía en analogías, en consonancias lejanas, sin orden alfabético o temático, buscando sencillamente buenos vecinos con total libertad de anacronías. Irene Vallejo describe cómo la biblioteca de Oxford quiere hacer llegar lo reciente sin desperdiciar nada de lo publicado, renovando cada día las nuevas publicaciones en subterráneos y habitaciones desconocidas para el lector. Traducir así la obsesión desmesurada de Ptolomeo en Alejandría: crear La biblioteca, que otros llaman el universo.

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Este orden de la librería conforma una clave, pero también reiteraría otra: la circulación. La librería Crisis nos hace recordar el oficio más que la profesión, la aventura de encontrar el libro que no se buscaba (otra clave del buen librero), al comprender o pispar las expectativas de las personas que llegan al local. Sergio Holas le decía a Marcelo González, el amigo librero de la desaparecida Altazor, que tuviera cuidado: ¿Qué hace que una persona busque un libro? ¿Qué lo mueve? Un lector es un personaje extraño, inquietante, algo le falta en la vida y quiere hallarlo en las páginas. Un lector —interpreto a Holas— es un personaje anómalo, excéntrico, capaz de robar esos rectángulos en pos de encontrar un sentido. En mi caso, el amor por la lectura se intensificó con la poesía. Teiller fue la llave de paso a un mundo, a una experiencia, remecida por el poema; un solo poema acaso. En el momento en que uno dice: esto es cierto, abriendo de par en par la lectura a una conversación infinita. Siempre reitero lo mismo cuando me invitan a una escuela: no existen personas que no puedan leer poesía, sino que simplemente no ha llegado el poema que las remueva. Creo que basta un solo poema para que se abra toda la poesía. Me acuerdo de Teillier también porque en una conversación cuenta que uno de los instantes más felices fue cuando Sergio Vuskovic le pide que cuide su biblioteca. El tata Vuskovic, como le decíamos sus estudiantes, fue llevado a Isla Dawson; cuando lo fueron a buscar a la casa, vino un antiguo estudiante suyo del colegio que pertenecía a una institución armada, lo dejó recorrer la biblioteca y llevarse un libro: optó por la Obra Completa, de Platón, edición Aguilar. Vuskovic terminaba sus seminarios con la clase final en su biblioteca, donde nos mostraba los libros, grabados de Goya y nos servía además un delicioso café turco. Era la antigua universidad, que su amigo Osvaldo Fernández también cultiva; los libros como una forma de conversación. A este grupo también se une Mario Llancaqueo, antiguos militantes y lectores de Valparaíso. La circulación de los libros, en lugar de la industria del libro.

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Es llamativo: cada vez que escucho a alguien hablar de Mario Llancaqueo no hay posibilidad de separarlo de la librería. Quizás éste sea su pequeño triunfo cultural frente a la debacle que han generado los economistas. Es increíble cómo una librería puede marcar una ciudad y la biografía de las personas. Nadie recordará a los ingenieros comerciales que acompañaron al Guatón Pinto, por ejemplo, pero sí al librero de la Crisis. Cuando muere un poeta, un artista, un editor, un librero, algo insoslayable se percibe en la ciudad. Se une ahora a esta ausencia de mundo, a esta pandemia que dejará la impronta de duelos inconclusos. Supe que llovió en Valparaíso. Ahora llueve en Valdivia, lo que no es novedad. Creo que se lo decía por mensaje a Ernesto Guajardo, siento que cuando vuelva al puerto habrá muchas cosas fundamentales que ya no serán las mismas. Mario Llancaqueo era una parte de su biografía, mejor dicho, nuestra biografía que se crea entre las calles, los lugares de exilio interior y las conversaciones. Mantener una librería es una hazaña en una época digital y en estas condiciones de pandemia; crisis permanente de una modificación de la experiencia, las materialidades, los signos y las relaciones humanas. Cuando comencé a estudiar filosofía, teníamos la costumbre con un amigo de hacer la ruta por las librerías de viejos. Solo en Viña habían alrededor de siete u ocho. Seguíamos incluso las recomendaciones de los compradores avezados. Por ejemplo, preguntar por varios libros e insinuar como si nada el que nos interesaba, guardando para dentro el deseo y la obsesión, no mostrándole al dueño el delirio interno por una joya. Una vez fui a la Crisis con una pareja, ambos estudiantes de filosofía, Mario Llancaqueo nos miraba con atención y confundido nos lanzó una broma. Como buenos estudiantes de humanidades, teníamos abrigos largos sospechosos.

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Con el tiempo conocí a Marilén. Al ver mi interés por una crónica de Armando Uribe, muy chistosa, sobre los apellidos de derecha que terminaban en “eira”, la despegó de la vitrina y me la regaló. Luego nos volvimos a encontrar, también alrededor de libros, en la biblioteca de una universidad. Con esa ironía amable que la caracteriza, no sé porqué empezamos a conversar sobre su historia en el exilio y la herencia política de su familia. La importancia de la librería es inversamente proporcional al inmenso edificio del frente: como el bufón de la corte que le dice la verdad al rey, este pequeño espacio conforma una resistencia oportuna y el recuerdo de cierta ética anterior al golpe: en su vitrina se mostraban noticias jocosas y críticas sobre los “ilustres” diputados y senadores, poemas del Diantre o Camilo Muró, crónicas y recortes con espíritu de collage que padre e hija cultivaban. La librería Crisis alberga su historia enfrentada con el Congreso, desde los noventa, exponiendo a los legisladores su miseria intelectual y política neoliberal. A veces no dimensionamos la importancia que puede hilar la micropolítica. Las relaciones que construyen un tejido en un país devastado. Las políticas culturales son las primeras que intentan desarmarse en una dictadura. Recomponer los daños y empezar las conversaciones en torno a ideas, luego de la quema de libros y las tergiversaciones de los medios mercuriales, conforma una labor de vida. Ernesto Guajardo me envió un mensaje describiendo el velorio y, a pesar de nuestro materialismo histórico, “charlamos” sobre la importancia de los ritos en la reparación de la memoria. Adiós Mario Llancaqueo desde el sur; conservaré esta imagen de la librería que se opone al Congreso. También de un libro que me pena hace años ubicado en el estante final de la librería; no lo pude llevar y siempre me arrepiento: la edición de La lengua absuelta, de Elías Canetti (publicado por otro Mario: Muchnik, el gran editor argentino), cuyas primeras páginas hablan de su primer recuerdo de niño con la lengua roja y la amenaza del silencio. Quizás esto sea también una librería, la esperanza de una voz silenciosa que nos diga algo cierto a través del murmullo incesante de la vida y los libros.


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