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  • El Circo en Llamas

DIAGNÓSTICO BIPOLAR DEL TERRITORIO Y SUS METÁFORAS

Actualizado: jul 27

Ensayo sobre Territorio cercado de Maha Vial proveniente del libro Sentido de lugar. Ensayos sobre poesía chilena de los territorios sur-patagónicos (Komorebi Ediciones, 2021).


Por Sergio Mansilla


Ingreso al nosocomio


Solemos estar tan acostumbrados a pensar el territorio como un geografía que despierta un sentido de pertenencia identitaria (propia o ajena), con relieves, paisajes, límites precisos, con una historia que se puede rastrear o reconstituir, que nos cuesta pensar que un territorio pueda ser una temporalidad más o menos indeterminada, un estado de cosas en que el adentro y el afuera del sujeto se hacen indistinguibles, una espacialidad que implosiona sobre sí misma o un lenguaje que a fuerza de obsesivas repeticiones consigue generar un campo en el que acontece un estar abotagado del cuerpo y la mente. La lectura de Territorio cercado, de Maha Vial (1955-2020) me lleva a estas consideraciones, algo arbitrarias sin duda pero que arrancan de las distintas emociones que suscitan la trama de imágenes de sujetos enfermos, discapacitados, que reverberan en el libro54. La noción de lugar, de la que en otra parte de este libro he tratado de hacer alguna claridad para efectos de elucidar poéticas asentadas en geografías concretas, queda, me parece, de algún modo cancelada o a lo menos severamente cuestionada en el libro de Vial: su “territorio cercado” es un no-lugar al que, sin embargo, inevitablemente pertenecemos, del que no podemos escapar; no porque haya un cerco físico que no nos deje salir (como una cárcel, un campo de concentración, por ejemplo). No podemos irnos simplemente porque somos ese lugar/no-lugar; territorio cercado que está en nosotros a la hora de experimentar en carne propia que vivir es fenecer a cada instante y que de ese fenecer continuo vivimos.


Este territorio-lugar/no-lugar “cercado” se hace visible, con toda su crudeza, en la forma de hospital, ese particular espacio-lugar en que los límites y fronteras que separan el país de los sanos del de los enfermos se entremezclan y confunden; literalmente el hospital es un espacio “transfronterizo” en el que no solo se traslapan los territorios la salud y la enfermedad sino, sobre todo, los de la vida y la muerte. El libro nos sitúa en un hospital muy concreto: un hospital chileno, estatal, el Hospital Base de Valdivia para más datos (de hecho, la cubierta nos espeta una imagen de los interiores de dicho establecimiento asistencial)55. Desde las primeras páginas del libro queda claro que este nosocomio tiene, cuando menos, una valencia doble: por un lado, es el hospital concreto, material, en el que la propia autora en algún momento se vio internada como paciente; por otro, es una dramática metáfora de un territorio (cercado) en el que las enfermedades del cuerpo, de la mente, del Estado chileno y de su sociedad se concatenan conformando un paisaje abominable, obsceno, decadente y desafiante también. La salud pública chilena de hoy (aunque quizás sería mejor decir la felicidad pública) se halla corroída por una historia de vaciamiento de la solidaridad en beneficio de una mercantilización feroz que obtiene réditos de la necesidad de permanecer vivo, y sano ojalá, con el concurrente control burocrático y político de cuerpos y almas que semejante estado cosas implica. Los grandes hospitales y clínicas son la expresión más depurada de esta situación nada amable, justo ahí donde los enfermos (y los sanos también) necesitan el mayor de los cuidados, la mejor de las atenciones, un entorno lo menos agresivo posible considerando que la enfermedad es ya en sí misma un asunto en el que la corrosión de la vida pone su firma.


Cuando todo huele a queso podrido


Anti-lugar, podríamos decir, este “territorio cercado” (en el) que somos y estamos siempre, por más que despreocupadamente muchos vayan por el mundo exhibiendo su pasaporte que acredita que vienen del país de los sanos. Todos tenemos doble nacionalidad en este punto, sentenciaba Susan Sontag, y a la larga o a la corta, es el país de los enfermos el que prevalece.57 Pero el libro de Vial no se circunscribe a hablar de o representar la enfermedad en un sentido meramente clínico. Apuesta igualmente por una descarnada visión de la nación chilena de hoy, neoliberal, con un estado ineficiente, kafkiano a ratos, corrupto a veces, indolente las más. Una nación habitada por muchedumbres de enfermos, unos tirados en la cama, otros caminando; unos son los pacientes, otros son los médicos y personal de enfermería; todos adolecen del mismo mal: la podredumbre de la realidad, de su realidad. En este aspecto, Vial no deja casi espacio para nada que no sea la insistencia en dibujar un mundo de seres y cosas que se están deshaciendo todo el tiempo, si es que ya no se deshicieron del todo:


el estado es un hospital que huele a queso podrido

el hospital es un cuerpo que huele a queso podrido

el cuerpo es un estado que huele a queso podrido

el queso podrido es un cuerpo que yace enfermo

el cuerpo enfermo es un territorio largo

que huele a queso podrido

el cuerpo enfermo es una rata

que devora el queso podrido

(en el territorio la erótica es un queso podrido)


(“estado del estado”, 27)


Un aspecto crucial del mundo representado en este libro de Maha Vial es que el territorio es cuerpo. Y el territorio enfermo es un cuerpo enfermo, como el “territorio largo” que obviamente evoca a Chile, este largo y flaco país. En rigor, el territorio emerge del hecho de que tenemos/somos cuerpo, pues todo cuerpo necesita un espacio tridimensional en el cual estar de modo que la sola existencia del cuerpo implica la existencia de un espacio-territorio-lugar. En un estado de enfermedad, la conciencia del cuerpo se agudiza hasta el sufrimiento; ¡cómo no! si la enfermedad es cuerpo herido, dañado que reclama, a veces con desesperación, su sanación o al menos su retorno a un estado tolerable. Cuerpo que desea escapar de ese “territorio cercado”, de ese sí mismo que encierra un yo que se debate entre la dolida conciencia del derrumbe y el deseo de volver a ser sano y libre. En el hospital, los pacientes se reducen a la condición de cuerpos sometidos: sometidos a los fármacos, a los médicos, a los cuidados de las enfermeras; cuerpos incapaces, por las patologías mismas, de ser otra cosa que obedientes rebaños que se pliegan a los protocolos que establecen los modos de administración de las enfermedades, protocolos que, a ojos del paciente (y a veces también de los médicos), suelen ser tan irracionalmente inamovibles que parecieran escritos en piedra. Cuerpos a los que se les inyecta raras sustancias en las venas, se les hace tragar misteriosas píldoras; se los domestica a punta de fármacos y hasta se les arranca la memoria a veces, o se los deja ahí con placebos o medicinas paliativas hasta que el queso ya podrido termine de podrirse o, simplemente, se lo coman antes las ratas (que son, recordemos el poema citado, los propios enfermos).


la carbamazepina muele la memoria cómo no me vas a creer la carbamazepina muele la memoria insisto en este punto y tú no me das bola como si yo fuese una loca pero te digo la carbamazepina muele la memoria qué te pasa acaso no entiendes o no quieres entender pero la carbamazepina muele la memoria por qué te ríes no ves que la carbamazepina muele la memoria te lo digo en todos los tonos y tú dale con mirarme desde la academia negando la posibilidad de que la carbamazepina muela la memoria por un instante mírame como si yo te mirara mientras dices que la carbamazepina muele la memoria y ten por seguro que yo te creo que la carbamazepina muele la memoria.


(“territorio y memoria”, 26)


¿Cómo vivir con una memoria hecha añicos? Aguzando los sentidos, la mente, la imaginación —siempre que haya conciencia, claro— para que el derrumbe del cuerpo se vuelva metáfora de una temporalidad densa expresada en una escena en la que, pareciera, el tiempo se hubiera detenido brindando un espectáculo de fragilidades desatadas. Cada detalle cuenta: las ventanas, los pequeños paseos por los pasillos, las batas con que los enfermos cubren sus maltratadas desnudeces, los intestinos que parece que salieran del cuerpo y cobraran vida propia, las rejas de las camas, las sábanas, los blancos delantales de los médicos, en fin... La voz lírica atenta a esta miríada de elementos (la enfermedad amplifica el mundo cotidiano) construye una realidad espesa en que el tiempo deja de ser lineal y se torna un revoltijo de instantes que en su conjunto proyectan el devenir de destinos afectados por la ausencia de destinos precisamente. El hospital-nación que Vial dibuja es un cronotopo en el que la historia se ha clausurado en beneficio de un estado de cosas defectuoso que se repite a sí mismo no se sabe hasta cuándo


la geografía defectuosa muestra

un montón de cuerpos sodomizados

devorando un pan con ají

la geografía es la realidad

a pesar del defecto

un olor rancio

se deja sentir

en el recorrido


(“estado precario”, 15)


Y en otro poema:


a veces pensamos que el territorio nos odia / que nos cerca por cercarnos / porque somos feos / porque arrastramos el dolor como otro órgano de nuestro cuerpo [...] nos odia porque aceptamos sin chistar sus corrientes de aire sus jeringas mal lavadas sus diagnósticos errados / nos odia sí nos odia porque lo escupimos y a veces también lo matamos

(“situación de dependencia”, 20)


Como puede verse, el territorio para Vial adquiere dimensiones múltiples. Continente poseedor de una geografía defectuosa —“la geografía es la realidad”— en la que unos cuerpos sodomizados sobreviven en la miseria. Alimentarse de pan con ají delata miseria, un estado al borde del colapso económico y acaso existencial. A lo largo del libro van apareciendo imágenes similares que dibujan una realidad básicamente rancia, apestosa, donde las formas vivientes, humanas o no, son propias de un mundo sombrío, casi apocalíptico, pero que en última instancia no corresponde sino a la simple visibilización de zonas degradadas de la modernidad, muy reales, muy cotidianas. En el territorio de Vial abundan objetos manufacturados propios del mundo de los hospitales, tanto como multitud de humores corporales escapados de los cuerpos que manchan esos objetos o que se depositan en ellos.


Bipolaridades de la escritura


El torvo ambiente del “territorio cercado” hace pensar en una especie de estado de anomía de la realidad, del que no se puede escapar sino entrando en una especie de sopor que desrealiza el mundo y en el cual, por otra parte, solo se puede vivir en un estado de lúcida locura. Puede parecer contradictorio formularlo así, pero no lo es en realidad: Vial construye un sujeto lírico “domesticado”, condición indispensable para permanecer vivo y cuerdo en este territorio cercado, sujeto que, sin embargo, es capaz de mirar/recorrer el territorio cual etnógrafo empeñado en anotar las peculiaridades de ese mundo otro que es al mismo tiempo su mundo propio. Este ir y venir entre el sí mismo y lo otro, movimiento consistente con una forma de bipolaridad que va y viene entre la domesticación y la insubordinación del sujeto ante su territorio, se concretiza de maneras diversas en el libro. Una de ellas son las mutaciones del territorio, como en el poema antes citado, que de un espacio contenedor de seres y objetos pasa a ser un ente con emociones y sentimientos; un sujeto otro que odia a quienes se han vuelto dependientes y domesticados. La idea de que el territorio es el yo/nosotros cercado(s) justamente a causa de “nuestras manías y dependencias” (20) hace sentido con la idea de que el territorio y sus habitantes son una continuidad recursiva sin principio ni fin. Territorio cercado que sus habitantes construyen en torno de sí mismos por la incapacidad de estos de llevar a cabo una radical insubordinación ante los cercos y la vigilancia. En este sentido, Territorio cercado es también un denodado ejercicio de introspección del yo, de sus impases psíquicos y existenciales que lo sitúan en territorios en los que los límites de la vida y la muerte interactúan, donde la memoria y la desmemoria se hacen una continuidad alimentada por fármacos que sanan y enferman al mismo tiempo.


En Territorio cercado —escribe Yanko González— el cuerpo es controlado como especie y organismo: en su nacimiento, en su enfermedad y en su muerte con las novísimas tecnologías del poder: la industria de la higiene pública y las factorías de la medicalización. Dicho de otro modo, Maha hace literatura de esa curva infame que va de la sociedad disciplinaria a la sociedad del control. Tiempos del “vergüénzame” —en el decir de la autora—, para inscribir las tribulaciones de nuestros cuerpos en la era de las ISAPRES, de FONASA y de los Bonos (web).


Pero, tal como se ha adelantado, Territorio cercado no solo trata con enfermos, con hospitales, con espacios dedicados a la medicalización. La poeta, con su(s) personaje(s) hechos de palabras, no deja nunca de ser un cuerpo parlante que se apropia con ansiedad y hasta con desesperación por ratos del lenguaje —la lengua— en un empeño por concretizar una cierta escritura-habla que corrobore justamente la condición de poeta. Porque para un poeta escribir-hablar en código de poesía equivale ni más ni menos que vivir en cuanto tal, o sea, vivir a secas. Esto que en una escena normal puede parecer un aserto puramente teórico no lo es en absoluto cuando este mismo poeta se halla en un hospital en calidad de paciente. Incapacitado quizás de administrar o atender por sí mismo a sus más elementales funciones fisiológicas, dependiente absoluto del cuidado de terceros en un tipo de institución que al tiempo que cura opera también como agencia de control de los cuerpos y las mentes, acaso en un estado cercano al rigor mortis o aferrado con todas sus fuerzas a la esperanza de salir sano y salvo de ese territorio-prisión en el que la vida terminó por arrojarlo: dadas estas condiciones, escribir, producir poesía será muy literalmente idéntico a vivir en un estado de insubordinación, por débil que este parezca, en la medida en que la escritura se volverá la prueba de que el poeta aún mantiene algo de control sobre su cuerpo, sobre el sentido de las cosas, sobre su vida.


Y son estas mismas condiciones las que hacen que el cuerpo y el lenguaje (la lengua) se hallen cercados, opresivamente sitiados por las acechantes fuerzas de la inmovilidad y la mudez. Vial moviliza a su favor el hecho de que el vocablo “lengua” en español designa a la vez al órgano situado en la cavidad de la boca y que sirve para detectar sabores, deglutir, acariciar, modular sonidos, y al sistema lingüístico, dotado generalmente de escritura, con el que una comunidad humana se representa su realidad y la comunica. A lo anterior habría que añadir que “lengua” también designa el “vocabulario y gramática propios y característicos de una época o de un grupo social” (Diccionario RAE). Precisamente, en el poema “lengua sitiada” Vial opera con todas estas acepciones al mismo tiempo. En la dimensión corpórea del término, lengua es un órgano de nuestro cuerpo y, por lo mismo, metonímicamente es el cuerpo todo cercado en/por el hospital, cuerpo que se deshace, que se desfigura por el dolor, la decadencia, por la proximidad amenazante de la muerte: esa otredad indecible que desborda toda posibilidad de representación salvo que se apele a metáforas arrancadas de la vida misma.


lengua que se hace se descompone / lengua que sale del intestino y mancha los tapetes / lengua que parte de lo tuyo y lo mío haciendo caso omiso a la regla / antes bien la despedaza y la traza a su manera / lengua dispersa por los rincones de la memoria / que pone al santo y lo demoniza / lengua que se masca y se devora con la unción del muerto de hambre / con la pasión de los amantes / lengua que arma el significado con el hueso roto / lengua que dice nanay hueso roto / lengua reflejo de fisura descompostura nanay catadura / nanay palabra dura / lengua y tropel de emociones / ni vergüenza ni orgullo / lengua y no bandera / candor y fulgor / lengua que nos acontenta y nos dice herida más que nada parida malparida querida

(“lengua sitiada”, 43)



“Lengua reflejo de fisura descompostura”: creo ver aquí una clave relevante de sentido. En efecto, se trata de una lengua “sitiada” que se empeña no obstante en hacer su trabajo —y de hecho lo hace— en condiciones cercanas a la mudez. ¿De qué se puede hablar, y por qué, cuando hablar resulta en sí misma una acción manifiesta de dolor, cuando se consume a sí misma en el solo esfuerzo de sobrevivir? Aun así, o acaso por lo mismo, no deja de ser una pasión —“pasión de los amantes”— por continuar en lo suyo, es decir, por continuar construyendo discursos con los cuales atestiguar el mundo, en este caso un mundo de hedores y roturas. Y como la propia lengua es parte del mundo, ella misma es un hedor, porque “todo hiede en el margen: hiede el fluido de mi boca: hiede el ajo y la cebolla [...] todo hiede en el territorio” (“hedor y reino”, 42). Y es fisura, hueso roto, herrumbre: “huele a herrumbre / este hueco de nada” (“local enrejado”, 45). La lengua sitiada es, pues, un lugar de enunciación en la forma de una condición vital rota desde y de la que se habla; es asimismo un instrumento precario, enfermo, constructor de signos que delatan heridas, fisuras. Y es igualmente evidencia de vida, de “acontentamiento” (“lengua que nos acontenta”), de ternura (“lengua que dice nanay”). De manera, entonces, que la “lengua sitiada” no deja de cumplir, a pesar de todo, su función esencial: asegurar la continuidad del sentido y, por lo mismo, la continuidad del sujeto en un mundo parido malparido en la medida en que la lengua —entendamos: la poesía— no cesa de romper reglas, de subvertir su propio estado de mudez próxima. Vial en este punto, y contra las apariencias que podrían emerger de una primera lectura, está lejos de aceptar el cerco como una fatalidad ante la cual no cabría otra salida que la resignación o la derrota.


Verdad es que el sitio nunca deja de ser opresivo (se trata de un territorio cercado, no hay que olvidarlo), que se carga como un peso muerto que nos aplasta, si bien no del todo. Porque se carga, se avanza con él a cuestas, se sobrelleva, se vive (y se muere) con él y a causa de él.


cargamos el territorio

como un saco de papas

como si lleváramos al padre

en tránsito de muerte

queremos ir volar mutar

pero está aquí en cada página del libro

y es que todo territorio tiene su cuerpo

que se carga como al padre

o como a un saco de papas

(“cuerpo del delito”, 62)


Es el poema final del volumen cuyas alusiones al padre nos recuerda la Carta al padre de Kafka (en lontananza aparece también la imagen de Sísifo). Como fuere, en el libro se atestigua sobre el “cuerpo del delito” de ser, sobre el peso mismo del existir. Aun así, la lengua ha hecho su trabajo, ha cumplido con su rol de hablar y hacer que las cosas, por ominosas que sean, sigan teniendo sentido humano. Y este hecho ha dado paso a la existencia de un libro que, en algo al menos, conjura este entorno opresivo al arrancar de él metáforas en las que leemos una visión sombría pero verdadera, para decirlo con la atmósfera expresiva de Joseph Brodsky, de un territorio-nación que hoy por hoy no ofrece nada que pueda celebrarse.60 “Escribo con la incisión y la sangre / chorrea la mancha / más allá de su borde / la piedra grafía lo humano” (“grabado cercado”, 54). Volvemos a la imagen del territorio-cuerpo; solo que esta vez el cuerpo es la piedra sobre la que se graban los signos del tiempo, de la edad, de los estropicios que atestigua el buril al recorrer “una tinaja / de mugrosos vacíos” (54). La bipolaridad que aquí se suscita se manifiesta en la idea de que el cuerpo, en una dimensión, es la expresión misma de las fragilidades, de lo que se transforma todo el tiempo y no dura; en otra, al ser piedra en la que se escribe con la incisión y la sangre, deviene vivencia del tiempo mismo, tiempo que siempre está ahí y en el cual la corrupción y degradación de la materia deja una huella: “el seno izquierdo muestra / una abertura del porte de un puño / es una huella en el tiempo / aunque finja ser seno” (54). Es decir, el cuerpo escribe y en el cuerpo se escribe / graba; el cuerpo es demolido por el tiempo y el cuerpo es la huella-palabra que permanece en el tiempo.


Ahora, el cuerpo lacerado se vuelca en un territorio asediado pero en continua expansión, donde la realidad se ofrece en retazos o como un vistazo entre dos destellos en la oscuridad de la noche del que yace. Ya no hay más la sola concentración en la mujer, sino un único cuerpo doliente que deambula por los interminables pasillos de un hospital cuyos límites están siempre más lejos. Incapaz de abordar entonces un territorio que es, lo intuimos, de dimensiones planetarias, su correlato verbal es ahora la contención, la potencia concentrada en imágenes precisas, siquiera las que se pergeñan entre el sopor de dos pinchazos hipodérmicos. Como nunca antes, el yo que habla suele ser un yo plural, un yo rebaño perseguido que conserva un último ápice de conciencia ante ese territorio cercado por fuerzas ocultas o indefinibles (texto de contraportada, s/d de autor).


La verdad es que las fuerzas que cercan el territorio ni son tan ocultas ni tan indefinibles. Las “factorías de la medicalización” son territorios cercados por las fuerzas de una economía de mercado en cuyo desregulado ecosistema de intercambio y finanzas literalmente solo los más aptos sobreviven. Aunque en ocasiones tales fuerzas sí son indefinibles: cuando el territorio se ve cercado por la proximidad de la muerte o, si se prefiere, por la decadencia vital y fisiológica de los cuerpos atrapados en el nosocomio. En esta escena, las fuerzas sitiadoras toman la forma de arcanos misterios de vida y muerte (por describirlas de alguna manera) ante los cuales no tenemos más opciones que someternos a sus designios que terminan al final en una acción demoledora, mortal por el lado que se le mire. Antes de eso, sin embargo, y si tenemos algo de suerte, podemos interrogar al vacío y a la incertidumbre con que solemos vivenciar esos misterios y responder con algo de poesía (es lo que hace Maha Vial justamente). Empero, Territorio cercado no es un libro metafísico que circunscriba a dar cuenta de o dialogar con lo ineluctable. Es un libro que, como ya se dijo, desde la cubierta nos instala en una escena muy concreta: los interiores del Hospital Base de Valdivia en uno de cuyos pasillos avanza la autora a quien vemos en primer plano de espaldas.61 Imaginamos a una Maha Vial desplazándose (o siendo desplazada, la fotografía no aclara este punto) por los vericuetos de un hospital que, como los poemas sugieren, se vuelve metáfora de un estado nacional nada hospitalario en verdad. Y no por culpa del espacio físico, ciertamente. Lo que sucede es que en ese espacio hay un mundo, muy real, de médicos, de enfermeras, de burócratas de la salud, de medicamentos que transforman a los sujetos en seres divididos entre el deseo de volar, de ser aéreos, y la condición de reptiles, que se arrastran, que reptan, incapaces absolutamente de despegarse del suelo. Falta aire, oxígeno, palabras; sobra suelo, calles sucias, multitudes que aplastan, amarras:


me arrastro

por las calles sucias

del territorio

una fina lluvia comienza a caer

y el azulísimo cielo

se torna en un abrir y cerrar de ojos

en una mesa negra y pesada

trato de incorporarme

quiero ser mariposa

la multitud me aplasta

me cercena los brazos

me cierra el paso me arrancan el oxígeno

una mancha morada aparece

en mi rostro flaco y arrugado

(“situación de estado”, 11)


El poema continúa con una apelación al padre: “¡padre! trato de gritar / la multitud sella mis labios” (“situación de estado”, 11), al que se vuelve a mencionar en el poema final ya comentado en párrafos anteriores. El padre no puede ayudar, no está, pero yace en la memoria y se termina convirtiendo en un cuerpo muerto al que hay que cargar. En el entorno de esa orfandad está, en cambio, la multitud que aúlla de peticiones:


[...] el aullar de peticiones

por acá la dipirona

por allá el diazepam

las muletas el parche curita

en una esquina: las muestras de sangre

el despliegue de orina la prótesis que falta

un sudor amarillo repta por los pasillos

y por allí me veo

amarrada a mi propio ungüento

sin orden ni concierto

la multitud comienza a moverse


(“situación de estado”, 11)


Las explícitas referencias a fármacos y similares, cuyo efecto, en lugar de elevar al sujeto hablante a una condición, digamos, aérea, lo amarra a su “propio ungüento” (lo torna como un reptil, condenado a arrastrarse por el polvo —“las sucias calles”—, lo que, por otra parte, no deja de tener resonancias bíblicas) se prestan para ser leídas en una dimensión alegórica: como ya se ha sugerido, el nosocomio, sus habitantes, sus artefactos son el país mismo. Un país prisión cuyos habitantes viven, si a eso se le puede llamar vida, aturdidos por los fármacos; en el que los guardadores y cuidadores de estos habitantes, guardadores sanos en apariencia, se hallan igualmente cercados por el hecho de que, al ejercer su oficio, terminan sosteniendo un estado de cosas como el que dibuja el poema “situación de estado”. Vial, con singular perspicacia, pone en el lado de los guardadores nada más ni nada menos que la estrella solitaria de la bandera de Chile. En un gesto escritural que recuerda y dialoga con el poema-libro La bandera de Chile de Elvira Hernández, Vial desmitifica el esperado patriotismo que presuntamente emanaría de la imagen de la bandera y su estrella. La estrella (solitaria), al estar ahí en una esquina del rectángulo que constituye la bandera, dibuja la superficie —“el trapo”— en la que se sitúa, del mismo modo en que la hablante —solitaria también en su esquina— dibuja el territorio cercado del cuerpo-hospital-nación cuyos límites, al ser inalcanzables, no se pueden traspasar.


soy la estrella que dibuja el trapo trapo que ondea al viento que se instala en el centro del patio soy ese dibujo de cinco puntas que alguien hizo que alguien pensó que nadie mejor que yo como representación de la soberanía una estrella más sola que un pucho para ser sincera pero ahí estamos haciendo lo mejor que se pueda enarbolando el fetiche patrio y como tal he limpiado acuciosamente todas las habitaciones he sacado las chatas llenas de sangre y vómitos y he limpiado todos los culos y he soportado para ser sincera los insultos y las humillaciones y más encima quieren que sonría


(“nación propia”, 22)


Lo que sorprende es que la imagen degradada de la nación —la bandera— que hallamos en este poema no difiera demasiado de la que proyecta el libro de Hernández antes mencionado. Sorprende, porque el libro de Hernández es de 1981 (aunque se publicó recién en 1991), plena dictadura militar, cuando la nación y sus símbolos se volvían abyectos a la hora de “justificar” toda clase de tropelías del poder dictatorial contra quienes eran considerados sus enemigos.62 Territorio cercado es de 2015, lo que habla de cuán poco amable sigue siendo el país tras 25 años de democracia.


Solo que ahora no son las cárceles secretas las que oprimen a los habitantes, no es la práctica de la tortura ejercida por parte de los agentes de seguridad del Estado: ahora el exterminio es más lento, se camufla en la forma de una presunta sanación al abrigo de un mundo de hospitales en el que nadie es ni puede ser feliz, imagen al fin de un país-bandera maltratado. Así y todo, la poesía no cesa de atestiguar este “país” largo y flaco llamado Chile a través de una “dicción crispada y sintaxis rotas” (contracubierta), una lengua fisura (y fisurada) que vale por el cuerpo y la nación toda igualmente enferma, cercada por fuerzas ominosas.


El cerco fisurado


Territorio cercado abre una brecha distinta [en comparación con las obras anteriores de Maha Vial], un boquete en la pared del imaginario colectivo. El hospital, el nosocomio, el sitio donde reparan a los seres humanos para que sigan funcionando es quizás el móvil de este libro de poemas. En sus versos orbita la burocracia médica que invade clínicamente las rutas de la esperanza, “habitar la lejanía del discurso/ seguir el trazado de los mandatos/ mascullar bramar refunfuñar/ ampararse en la fe/ anudar la ira/ en el cuarto de los trastos”. Es el cuerpo erosionado por el látigo del tiempo, a veces un tiempo sin historia (¡qué horrible castigo!), a veces los pasillos donde las enfermeras portan jeringas y compasión, en ocasiones, el sitio donde la existencia desnuda muestra su peor rostro: “trafico la conmiseración / le hago al babeo, al moco tendido / a la suerte de la olla / recibo un par de monedas / una tibia caricia / un pedazo higiénico para sonarme la nariz” (Barrientos Bradasic, párr. 5).


Territorio cercado es, en efecto, un grito de desesperación y auxilio, un lamento, una dolida queja que tiene por blanco la enfermedad y el manejo de esta en hospitales donde los cuerpos exhiben sin dignidad alguna su humores y frágiles desnudeces. Grito que se endilga contra el territorio-nación convertido en engañoso taller de reparaciones de cuerpos y almas, engañoso porque en realidad es una “factoría de medicalización”, y, claro está, también contra el estado deplorable de seres humanos sobre los que el tiempo ha hecho su trabajo de desgaste de vida y muerte. Uno de los epígrafes con que Vial inaugura su libro, tomado de Impuesto a la carne de Diamela Eltit, alude precisamente a esta dimensión opresiva del territorio: “uuuuuu. uuuuuu se quejan renunciando a la última pizca de dignidad” (7).63 Por otro lado, el territorio de Maha Vial es también una posibilidad de liberación: la posibilidad de ascender hacia los techos, como sugiere el otro epígrafe esta vez tomado de Artaud: “En cada aposento / el mundo tiembla, / la vida engendra algo / que asciende hacia los techos” (5).64 Esta doble dimensión del territorio se resume en el breve texto inicial de autoría de Maha Vial que dice a la letra: “todo territorio tiene una fisura / que puede dar al fondo del río / o puede ser, de pronto, un rayo / de luz colándose, estirándose / entre los dedos, libre” (9).


En la dimensión “rayo de luz”, el territorio es, a mi parecer, la escritura poética misma, vale decir, las metáforas que en tono crispado dan cuenta de los dos espacios a los que da (o puede dar) la fisura del territorio: o al fondo del río (¿aludirá al Río Valdivia?) o a una luz que termina proyectándose libre entre los dedos. Si bien la escritura de Vial en este libro puede parecer por momentos copada por la queja, el aullido, la expresión sombría de mundos clausurados u obscenos, en el resultado final se nos presenta como una dolida pero en el fondo optimista meditación sobre el cuerpo enfermo, la mente abotagada y los espacios trastornados en que mente y cuerpo se inscriben (y escriben); meditación también sobre la memoria del padre (y del territorio) que se carga como un saco de papas. Digo optimista, pues la poesía, esta poesía, consigue deglutir estas realidades —el territorio cercado— y metabolizarlas en la forma de un lenguaje que vence a la mudez amenazante, a la afasia de las enfermedades, a la idiotización producida por los fármacos, a la propia entropía del sí mismo.


Cierto que el territorio es una carga, porque “todo territorio tiene un cuerpo / que se carga” (62); sin embargo, es esta misma condición la que genera lucidez sobre los límites y limitaciones y sobre las posibilidades de ruptura de los cercos. “Todo hiede en el territorio”, sentencia Vial; pero esto no significa que la muerte haya impuesto sus términos a su entero amaño, pues “siempre queremos ir volar mutar” (62). La poesía de Vial atestigua las fisuras de un cerco —social, político, existencial, psíquico, corporal, metafísico— por las que entran y salen las palabras que se cuelan, se estiran, parlotean libres.


Obras citadas

  • Barrientos Bradasic, Óscar. “Territorio cercado de Maha Vial: el cerebro es un territorio domesticado”. Web. http://letras.mysite.com/obar140316.html [1-9-2018].

  • Brodsky, Joseph. A Part o Speech. New York: Farrar & Giroux, 1980.

  • González, Yanko. “Presentación de Territorio Cercado (Kultrún, 2015) de Maha Vial. Valdivia, 7 de enero de 2016.” Web. http://letras.mysite.com/ygon300316.html [1-9-2018].

  • Hernández, Elvira. La bandera de Chile. Santiago: Libros de Tierra Firme, 1991. Real Academia Española.

  • Diccionario de La Lengua Española. Web. http://www.rae.es [1-9-2018].

  • Sontag, Susan. La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Madrid: Debolsillo, 2012. E-book. Vial, Maha. Territorio cercado. Valdivia: Kultrún, 2015.


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