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  • El Circo en Llamas

EL FUTURO DEL FUTURO

Ensayo de JG Ballard, publicado en 1977 en la revista Vogue.


Traducción de Rafael Cuevas


Estaba agobiado por “la falta de atención crónica de nuestra época”, como diría John Ashbery. La adicción a redes sociales y el encierro forzoso han llevado la distracción a límites insospechados por aquellos súper educados contertulios del poeta estadounidense, con sus metrópolis reales y mentales, con sus incipientes mass-media, con sus escrituras rápidas durante los almuerzos. De Perogrullo que la zozobra ya no es París ni Manhattan ni la tele. Por mi parte, contribuyo a empeorar la grieta que produce la desatención en mis procesos íntimos, y de paso genero datos para que alguien me facilite el consumo. Aléjense de mí, reactions musicales. No tendría por qué ser así, pero en mi caso la adicción es, además, un asunto familiar.

Sentí que necesitaba una novela para escapar de esa espiral o para sopesar sus implicancias. Llegué a un video en Facebook de Diego Alfaro Palma, en que recomendaba “El curso del corazón”, una novela de M John Harrison, escritor inglés, que él describía como gótica y conspirativa con increíbles descripciones de luz. Me compré la novela, me la devoré a punto de la náusea y la admiración, volví a creer en la posibilidad de los duendes (los reales y el de Lorca), pensé en esa dama cromada que vi al final del horizonte en un viaje en hongos, barajé el tarot de Zaida González, quise escribirle un correo a Jacques Vallée, se me ocurrió viajar… pero eventualmente volví a internet, me compré por Buscalibre un libro de cuentos de Harrison, “Preparativos de viaje”, y me devoré todo lo que pillé sobre él en internet. Así llegué a su blog, a esta entrada sobre un ensayo de Ballard, y al ensayo de Ballard The Future of the future. El único lugar de la web en que lo encontré publicado fue en la interesantísima noosphere.re, que se define como: “a curatorial index at the intersection of everything”. Leyéndoles a Harrison y a Ballard descubrí lo que intuía: la adicción ya está gestando una adicción futura.

El ensayo de JG Ballard fue publicado en Vogue el año 1977 y está incluido en el libro recopilatorio de ensayos A User's Guide to the Millennium. Al parecer, en español fue editado por Minotauro como Guía del usuario para el nuevo milenio (2002), traducido por Octavio Di Leo.

Anne Carson dijo en una entrevista que lo perdido en esta época (felices las nostálgicas) era la levedad, que permite el humor sin maldad, y la autodisciplina, que da contorno a nuestro desconcierto. Aquí un intento por trazarme ese contorno.


Es mía tanto la traducción del comentario de M John Harrison como del ensayo de JG Ballard.


Rafael Cuevas



Siempre ya fue


Ballard no acertó sobre el futuro, sino sobre su impulso, visiblemente desnudo en el presente. En esta pieza para Vogue de 1977, demostró su método en un solo párrafo, empezando con la psicología profunda de la clase social a la que se dirigía, para entonces especular respecto a lo que la tecnología naciente podría hacer para servirles en su motivación más importante, el egocentrismo. Esta maniobra, que es esencialmente satírica, no empieza con la tecnología, empieza con una apuesta de que los rasgos de personalidad que ya existen en la población sacarán ventaja lo más posible de la tecnología mientras esta se desarrolla. Depende del carácter de los seres humanos, y del carácter selectivo y autocomplaciente de su captación de lo nuevo. Pone de manifiesto al pasado decidiendo lo que será el futuro, y demuestra que todos los futuros, incluso los que realmente llegan, son en algún sentido Gibsoniano esencialmente obsoletos. Lo que importa en este ejemplo no son las cintas de video, es el narcisismo. La sátira es una de las técnicas “extrapolativas” centrales de la ciencia ficción, aunque rara vez satisface los optimistas modelos del género respecto a la relación entre seres humanos y tecnología, o entre seres humanos y futuros. Pero para 1977 Ballard se había estado aburriendo con los modelos del género durante dos décadas. El hecho de que tuviese sus propias inquietudes y que no estuviese interesado en las de ninguna otra persona era parte de su problemático encanto.


M. John Harrison


https://ambientehotel.wordpress.com/2020/12/30/always-already/



El futuro del futuro


Uno de los eventos más sorprendentes pero apenas percibidos del período posterior a la Segunda Guerra Mundial ha sido la vida y muerte de la era espacial. Hace casi veinte años, el 4 de octubre de 1957, sintonicé las noticias de la BBC y escuché por primera vez la llamada radial del Sputnik I mientras giraba alrededor de la tierra sobre nuestras cabezas. Su alarma urgente parecía advertirnos de la llegada de una nueva época. Como un escritor de ciencia ficción novato, escuché este presagio de la era espacial con fuertes recelos — ya tenía la certeza, aunque sin tener la menor evidencia, de que el futuro de la ciencia ficción, y por ende de la consciencia popular en general, no estaba en el espacio exterior sino en lo que yo ya había bautizado como “espacio interior”, en un mundo cada vez más cercano a ser reconstruido por la mente.


Sin embargo, anticipaba con seguridad que el impacto de la era espacial sería inmediato y generalizado — desde la moda hasta el diseño industrial, desde la arquitectura de los aeropuertos y los centros comerciales a las maneras en que amueblábamos nuestros hogares. Di por sentado que las secuelas de los programas espaciales de Rusia y los Estados Unidos transformarían todo en nuestras vidas y produciría una sociedad, como fue la Europa Renacentista, extrovertida e incansablemente curiosa respecto al mundo externo.


Pero de hecho, esto no ocurrió ni siquiera remotamente. El interés público en los vuelos espaciales de 1960 rara vez superó la indiferencia (piensen, por contraste, en nuestro poderoso involucramiento emocional con la muerte del presidente Kennedy y la Guerra de Vietnam), y los efectos sobre la vida cotidiana han sido virtualmente nulos. ¿Cuántos de nosotros podríamos nombrar, además de Armstrong mismo, a una sola de las personas que han caminado en la luna, un logro extraordinario que debería haber dejado una huella profunda sobre la psiquis colectiva? Y aun así la mayoría podría recitar casi sin pensarlo los nombres de los solitarios navegantes trasatlánticos — Chichester, Chay Blyth, Tabarly, Clare Francis… En retrospectiva, podemos notar que, lejos de extenderse por siempre hacia el futuro, la era espacial duró unos escasos quince años: desde el Sputnik I y el primer vuelo de Gagarin en 1961, hasta la última misión del Skylab en 1974 — y el primer amerizaje que, significativamente, no fue televisado. Después de un vistazo casual al firmamento, la gente desvió la mirada puertas adentro. Incluso los vuelos de prueba actuales del transbordador Enterprise — nombrado así, tristemente, por la nave espacial de Star Trek — parecen poco más que un subproducto mediocre de la fantasía televisiva. Cada vez más, los programas espaciales se han convertido en la última gran pieza de época del siglo 20, tan magnifico y obsoleto como el clíper de té y la locomotora a vapor.


Durante los últimos quince años las corrientes más fuertes en nuestras vidas han fluido en una dirección completamente opuesta, sumergiéndonos aún más en nuestra exploración no del espacio exterior, sino del interior. Esta investigación de cada camino de sensación e imaginación concebible se ha manifestado a través de una multitud de formas — en el misticismo y la meditación, en grupos de encuentro y en religiones marginales, en el uso de drogas y en dispositivos de biorretroalimentación — todas y cada una intentan proyectar el mundo interior de la psique en el mundo monótono de la realidad cotidiana y externalizar las posibilidades ilimitadas del sueño. Hasta ahora, sin embargo, las técnicas disponibles han tendido a ser extremadamente peligrosas (drogas como el LSD y la heroína), físicamente incómodas (las contorsiones del yoga clásico), o mentalmente agotadoras (los cursos de asalto psicológico de los grupos de encuentro suburbanos, con sus confrontaciones y rabietas escenificadas, su generalizada hiperventilación de las emociones).


Mientras tanto, dispositivos mucho más sofisticados han empezado a aparecer en escena, principalmente sistemas de video y microcomputadores adaptados para uso doméstico. En conjunto, estos dispositivos van a conseguir lo que yo considero la apoteosis de todas las fantasías del ser humano de la segunda mitad del siglo veinte — la transformación de la realidad en un estudio de televisión, en el cual vamos a poder interpretar simultáneamente el papel de audiencia, productores y estrellas.


En la casa soñada del año 2000, Doña Futuro estará muy contenta de vivir dentro de su propia cabeza. Las paredes, los pisos y los techos serán pantallas enormes, ininterrumpidas, en las cuales se proyectará su pulso, su respiración, sus ondas cerebrales y su presión sanguínea, en una visualización de sonido e imágenes continua. El delicado e inquieto tejido de su sistema nervioso mientras se sienta en su tocador, el súbito rubor de adrenalina cuando el teléfono suena, las cálidas olas arteriales mientras le prepara el almuerzo a su amante, todo esto la envolverá en un espectáculo de luces continuo. Cada aspecto de su hogar reflejará literalmente su carácter y personalidad, una imagen visible de su ser interior que estará superpuesta y ampliada por la de su esposo e hijos, familiares y amigos. Una pelea marital se parecerá al clímax percusivo de La consagración de la primavera, mientras que una cena (con cada uno de los invitados conectados al circuito) estará embellecida por una serie de frescos tan ricamente colmados de caracteres e incidentes como una galería de Veronese. Por el contrario, un día libre la encerrará en un laberinto de Francis Bacon, una premonición de primavera la envolverá con los paisajes de Constable, un ensueño amoroso transformará las paredes de su baño en un seraglio digno de Ingres.


Todo esto, por supuesto, será más papel mural, la escenografía del programa estelar en que todos y cada uno de nosotros será tanto la estrella como el actor de reparto. Cada una de nuestras acciones durante el día, a través del espectro total de la vida doméstica, será registrada inmediatamente en cinta de video. En la noche nos sentaremos a analizar lo grabado, que habrá sido seleccionado por un computador diseñado para escoger solo nuestros mejores perfiles, nuestros diálogos más ingeniosos, nuestras expresiones más afectuosas a través de los filtros más amables, y entonces pegará todo en una recreación acentuada del día. A pesar de nuestro lugar en la jerarquía familiar, cada uno de nosotros, dentro de la privacidad de nuestras habitaciones, será la estrella en una serie doméstica que se desarrollará continuamente, con nuestros padres, esposos, esposas e hijos relegados a un apropiado papel secundario.


Libres ahora para experimentar con las posibilidades dramáticas de nuestras vidas, conduciremos naturalmente nuestras relaciones y modificaremos el trato entre nosotros con mucha atención a nuestros lugares en el programa nocturno. Cuando visitemos a nuestros amigos seremos inmediatamente cooptados por una obra familiar a medio hacer cuyas tramas bien podrían eludirnos. Incluso dentro de nuestros propios matrimonios frecuentemente nos encontraremos asignados a papeles sin tiempo de repetición y con un guion escasísimo — pensándolo bien, la situación no nos resulta ajena. Así que estos programas se desarrollarán sin descanso; unas Crossroads o Coronation Street reformuladas en el estilo de Strindberg o Stoppard, seis millones de escenas de un matrimonio.


Más allá de lo fantástico que todo esto pudiera parecer, esta transformación de nuestras vidas privadas con la ayuda de los sistemas de video y los computadores domésticos ya está al alcance de la mano. Los microcomputadores ya están siendo instalados en miles de hogares estadounidenses, donde proveerán videojuegos y llevarán sencillas cuentas domésticas. Pronto, sin embargo, van a adoptar otras funciones, actuando como mayordomos, contadores, confidentes y consejeros matrimoniales. “¿Querido, te alcanza para las Bahamas este año? Sí…si te divorcias de tu marido.” Los computadores más caros y sofisticados serán adquiridos precisamente para satisfacer esta necesidad, cada uno será un consejero oculto completamente devoto de nosotros, al tanto de nuestras fortalezas y debilidades, dedicado a explorar todas las posibilidades de nuestras vidas privadas, sugiriendo esta o aquella estrategia matrimonial, una infidelidad táctica por aquí, un chantaje emocional por allá, un reordenamiento de los afectos, un cambio radical de guardarropas, el estilo de vida, el sexo mismo, todo calculado hasta el último centavo y cronometrado a cada segundo, con impresiones listas para pasajes de avión, reservas de hotel y peticiones de divorcio.


Nos veremos a nosotros mismos a la vuelta del siglo, cada uno de nosotros como las estrellas de una telenovela continua, amenizada por la música de nuestras ondas cerebrales, el centro de un infinito universo privado. ¿Nos daremos cuenta, quizás, de que hay todavía un intruso innecesario en este paraíso personal — otras personas? Gracias a la videoteca, y a las inminentes maravillas de la proyección holística, su presencia física pronto no será esencial para nuestras vidas. Sin dificultad, podemos visualizar un futuro donde la gente nunca se encontrará a menos que sea a través de una pantalla de televisión. La infancia, el matrimonio, la paternidad, incluso los pocos trabajos que todavía se requieran, todo será conducido desde el hogar.


Concebidos por inseminación artificial, criados dentro del cubículo de observación pediátrico, incluso nuestros cortejos serán a través de la televisión, tímidamente intercambiando imágenes de nosotros mismos, y quizás incluso escapándonos un fin de semana clandestino (es decir, mirando juntos el mismo itinerario de viaje). Gracias a la técnica de la pantalla dividida, nuestro matrimonio será presenciado por miles de amigos desde sus propios hogares, y apareceremos en películas pregrabadas, tomadas dentro de nuestros livings, bajando el altar con una catedral como telón de fondo. Nuestra noche de bodas será una obra maestra del cine erótico con un muy buen gusto, los zooms cada vez más atrevidos del marido replicados por los fundidos y barridos sonrojados de la novia. Seguirán años de feliz matrimonio, sin la tacha del contacto físico, y jamás necesitaremos saber si nuestro cónyuge está a diez o a cien kilómetros de nosotros, o incluso en el lado oscuro del sol. El espejo esférico forma las paredes de nuestro universo, encerrándonos para siempre en su corazón…


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