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FORMAS DE LEER A GONZÁLEZ BASTÍAS

Prólogo de Jonnathan Opazo Hernández de El poema de las tierras pobres (UCM ediciones, 2021) de Jorge González Bastías


La primera vez que leí El poema de las tierras pobres fue el 2012. Más tarde de lo que quisiera. Ediciones Inubicalistas, una editorial de Valparaíso, había reeditado el texto con un prólogo que intentaba contextualizar la obra. Decirnos a los lectores porqué valía la pena seguir leyendo a González Bastías en pleno siglo xxi. Por ese entonces –me voy a permitir hablarles en primera persona–, yo estudiaba Sociología en esta misma universidad y la poesía me importaba tanto como me importa ahora: mucho. Quizá demasiado. No lo digo como capricho. Me explicaré más adelante.


Después de ese primer encuentro, González Bastías se transformó en un fantasma con el que podía conversar de vez en cuando. Los poemas del libro eran el diálogo que le ofrecía a la posteridad. Un poema en parte es eso: un encuentro cara a cara con el lenguaje, un intento de forzar las palabras y darles un sentido distinto al que tienen en nuestra comunicación diaria. Un intento, por lo tanto, de pelear con el

lenguaje para hacerle decir algo distinto. Para comunicar más allá del tiempo. De allí que todavía leamos a James Joyce, a Gabriela Mistral o a César Vallejo: algo nos dicen, aunque no los entendamos del todo. Varios años después, con una carrera a cuestas, volví a retomar el libro. Parafraseando la conocida frase de Heráclito, no leemos dos veces el mismo libro. Habían sucedido algunas cosas más o menos terribles que hacían que el libro de González se volviera rabiosamente actual: los incendios forestales del 2017, el recrudecimiento del calentamiento global, la sequía. Los versos que abren el libro, en esa segunda lectura, me golpearon. Imaginé a González Bastías en su casa de Infiernillo teniendo una epifanía. Abriendo los ojos hacia el abismo del tiempo. Como un personaje de la mejor ciencia ficción, González Bastías se me apareció como un adelantado. Un pitoniso y un pesimista furioso:


Sutil y extrañamente

tengo el ánimo herido,

como si los dolores de otros hombres

en mí se hubieran recogido.


El libro había sido publicado en 1924. Hace casi cien años. Desde su publicación hasta hoy, el paisaje que

González Bastías conoció –el río Maule, los interiores de la cordillera de la Costa– se ha modificado tan

radicalmente que hoy se moriría de espanto. O de risa, como diciendo: se los advertí.


* * *

Como muchos de ustedes, Jorge González Bastías fue un migrante. De acuerdo a sus biógrafos, nace un 16de julio de 1879 en Nirivilo. Puesto que nunca creyó que su vida fuese tan interesante como para volverla ficción o memorabilia de papel roneo, sus recuerdos de infancia, que imaginamos perfectamente lentos como una película de planos morosos, han quedado sepultados junto a su cuerpo.

Lo que sí sabemos es que a finales del siglo xix y comienzos del xx la migración campo-ciudad es un hecho sociológico y demográfico que cambia radicalmente la fisonomía de las urbes chilenas a pequeña y gran escala. González Bastías, hijo de campesinos, pasa en apenas un par de años de Nirivilo a Talca y de Talca a Santiago. Puede que en esos tránsitos y breves migraciones haya ido fraguándose el gustillo por la

literatura y –habría que puntualizar– la poesía, oficio canalla que suele terminar cubierto de tierra y olvido. De su estadía en la capital, su vinculación con algunos periódicos de la época y una incipiente, pero no por eso despreciable carrera de periodista amateur, González Bastías publica Misas de primavera, ópera prima que lo lleva a ser leído y comentado respetuosamente por sus pares, entre los que se contaban dos mitos, animales tristes de la poesía chilena, como Carlos Pezoa Véliz y Pedro Antonio González. Cuando la capital y su precariedad expulsan a González hacia la provincia, decide volver en tren a Infiernillo.


¿Por qué Infiernillo?


Años antes, el abuelo materno consigue un fundo en esa pequeña localidad gracias a una modesta fortuna amasada en su trabajo como navegante del río Maule. Hay que recordar que antes de ser un lánguido curso de agua lleno de ripio y aguas servidas, funcionó como vía comercial que conectaba el interior del territorio con el Pacífico y, por lo tanto, con otros puertos como Valparaíso, Arica e incluso California. En 1910, la madre de González recibe el fundo en herencia y se establece definitivamente allí. Mientras esto sucede, comienzan a instalarse los primeros durmientes de lo que sería la línea férrea que recorre el ramal Talca-Constitución, que todavía comunica el interior con la costa. Coincide esto también con la explotación masiva del bosque nativo maulino y lento ocaso de la navegación ribereña.

En síntesis, González Bastías vuelve a Infiernillo en el momento en que dos placas tectónicas chocan

violentamente: el siglo xix y el xx, enormes macizos que produjeron el terremoto que acabó de forma casi

definitiva con las viejas formas de vida.


El terremoto es el tren y la carretera, el terremoto es la desforestación, el terremoto son las vanguardias.

De ese pequeño lugar no saldría nunca más. La casa que ocupó mientras estuvo vivo se cayó con el

terremoto del 2010. Allí fue visitado y querido: en un reportaje del escritor José Santos González Vera, se

nos cuenta que González Bastías iba ampliando su casa a medida que recibía más comensales y tenía un

cuarto con enormes garrafas de vino.

Mal no lo pasaba.


* * *


Enfrentarse a un poema a veces tiene sus dificultades. «Los poetas escriben hacia abajo», dicen que dijo

alguna vez, en tono sarcástico, el escritor Marcelo Mellado. Efectivamente: si hay algo que caracteriza y

diferencia a un poema de un texto en prosa, es el modo en que el autor corta las frases y se sirve de esas

unidades mínimas: los versos. Aunque la rima y la métrica se usan cada vez menos, González Bastías fue un apegado a las convenciones de su época. Los versos del libro, por lo tanto, gozan de esa vieja musicalidad que tuvo la poesía de principios del siglo xx.

Pero no es ahí donde quiero detenerme.

Les decía en el primer párrafo que llevaba mucho tiempo leyendo poemas. Leyendo a poetas. Después de

semejante insistencia aprendí algunas cosas. O algo así. Si tuviera que pensar en el valor de volver a leer

estos poemas en el siglo xxi, diría que las imágenes que González Bastías nos hace ver —una casa en

ruinas, un río que serpentea un valle, la quietud de la noche rural— pueden mediar entre nosotros y el

paisaje circundante.

El paisaje es una invención humana. Una invención del hombre de las ciudades. González Bastías, que tuvo su ritual de paso por las ciudades chilenas del siglo xx, volvió a Infiernillo e inventó un paisaje. Sin querer, González Bastías vio algo y nos devolvió sus visiones en forma de poemas. A diferencia de otros poetas contemporáneos a él, como Pablo de Rokha, su poesía no es un grito sino más bien un murmullo. Se parece más a las cigarras que cantan a mediodía o al roce del agua con la tierra en las acequias.

Sus poemas, diría ya para cerrar y no aburrirlos, son una posibilidad. Una posibilidad de mirar el territorio

de otro modo. Así como una red social como Instagram modifica nuestro modo de entender la

temporalidad –un día puede ser medido por la cantidad de stories que sube un usuario–, la lectura de este libro puede mediar nuestra forma de pensar el paisaje que nos rodea.

Quizá su metodología es distinta. Menos veloz. Más secreta, pero efectiva.

Inténtenlo. En el peor de los casos, lo olvidarán. Pero el olvido, nos dijo Borges hace años, también es una

forma de gloria.


Link para adquirir el libro: El poema de las tierras pobres
Precio referencial: 6 mil
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