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LA CASA DE LAS ESTRELLAS: REFLEXIONES SOBRE LIJ

Reflexiones en torno a Literatura Infantil y Juvenil


Por Marian Lutzky

Universo:

casa de las estrellas.

Carlos Gómez, 12 años


La niña imagina que lee un libro, habla -con ritmo- en una lengua desconocida y hermosa. Juega. La música y la palabra son los fragmentos de una misma ilusión. La niña canta hablando, o habla cantando mientras da vuelta las páginas. Imaginémosla ahí, en el piso, comiendo un libro por los bordes de cartón, oliendo las hojas como si de un árbol se tratara. Un libro es una metáfora de la vida para ella que ha nacido para descifrarlo todo a través del tacto, el oído, el gusto, el juego y la mirada. La niña ha llegado y comienza entonces el desafío de leer-y comprender- el mundo.


Leer es más que encontrarse con la palabra escrita, leer es escuchar en la voz de una madre el arrullo y el calor reconfortante de una caricia, es observar el mundo y unir significados, es preguntarse por aquello que no entendemos. ¿Por qué el viento es invisible? ¿Por qué no escuchamos a las hormigas? ¿Por qué de noche tengo miedo? Si nos detenemos un instante a rememorar nuestra infancia y pensamos en aquél primer texto, muchas canciones, sonidos, libros rotos, experiencias, objetos cargados de significados se nos vendrán como si de un relámpago de luz se tratara. Una abuela cantando, una mecedora, un libro de género, la voz de una maestra. Estamos hechos de lecturas que portan más que palabras. La literatura infantil comienza en ese nido que nos cobija y va aportando los textos-y experiencias vitales- que construirán nuestro camino como lectores, la conformación de nuestras “textotecas” según Laura Devetach. Leer es entonces, más que leer, es construir mundos internos desde el nacimiento. Leer -e interpretar- el mundo.


Luego, con el descubrimiento de la palabra oral, hablamos, nombramos aquello ausente y nos damos cuenta que somos poseedores de un superpoder: evocamos las imágenes de una historia, construimos e imaginamos cuentos propios como si de magia habláramos. Al fin y al cabo, leer podría asemejarse a recordar. Curiosamente leí hace poco en un texto que recordar viene del latín recordari, formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar entonces significaría “volver a pasar por el corazón”. La literatura puede hablarnos e interpelarnos allí, es capaz de conmover porque nos hace recordar algo ausente, o ver aquello que no hemos visto, rememorar lo oculto, tal vez esté en sintonía con el primer latido de la vida. Por eso mismo la literatura infantil pareciera estar más cerca de aquél sonoro espacio vital del vientre materno. El poema es una célula que da vida: estamos hechos de células -y de poesía. Y el primer poema que descubrimos está ahí, en el deseo de volver -a través del corazón- al nido materno, al origen, al universo que pende de la vida adentro de la madre.


Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de LIJ? María Teresa Andruetto nos propone una “Literatura sin adjetivos”. Primero literatura, luego y por añadidura, infantil o juvenil. Una literatura que no necesite más que su potencia, su conjuro para ser gozada. Que podamos leer y vivir como tal todos y todas. No debería lo infantil o juvenil pesar más que lo literario, como si aquello fuera lo que la define. Entonces me surgen preguntas al momento de nombrarla, ¿miramos en un libro lo infantil o lo literario para elegir su lectura? ¿qué miramos cuando miramos un libro “infantil”? ¿si lo miramos desde nuestra experiencia, cambia algo? ¿nos tiene que conmover a nosotros, a les niñes, o a ambos? Un libro, en la infancia puede ser un juguete y un juego, una puerta -podemos construir torres de libros y jugar con ellos a que son otra cosa-y a la vez un libro hecho con sensibilidad puede ser espacio de encuentro con la emoción de una gran historia o propuesta estética -puede ser ambas cosas a la vez. En la infancia, los adultos cumplen un rol importante en las decisiones-y experiencias- lectoras. Las editoriales, las bibliotecas, los padres, madres, libreros/as suelen hablar a los adultos, y no a les niñes lectores, justamente para “acercar lecturas” a los más pequeños. Hay una necesidad de escuchar a los lectores niños, niñas, y salir del corral donde a veces nos ubicamos los adultos. Entrar a la “zona de juego”. El adulto mediador tiene una responsabilidad vital en la educación estética, literaria y en el desarrollo del pensamiento artístico de la infancia desde el inicio de la vida. Es quien acompañará en la construcción de ese nido lector, esas “textotecas” que marcan un hito o un sendero. ¿Respetamos su necesidad vital de lectura? Aunque parezca obvio decirlo, los niños y las niñas, como los adultos, están en la vida, por tanto necesitan horizontes de lecturas que les hablen de la vida, la muerte y todo lo demás.


La invitación es a analizar la LIJ como una literatura que interpela a las infancias -y las juventudes- y repensar nuestro propio paso por allí también ayuda. ¿Qué concepción tenemos de la infancia? ¿y de nuestra infancia? Nuestra mirada no debería ser un obstáculo en el desarrollo de la infancia lectora del otro. Mediar, escribir, acercar literatura “sin adjetivos” que tenga una propuesta estética interesante, porque la belleza es trágica, es alegre, es juguetona, es obscura como la humanidad y la existencia de todas las cosas del universo. “Literatura infantil” o “Literatura juvenil” son términos a veces cargados de intenciones, de valores y de prejuicios sobre lo que entendemos por aquello. Muchas veces, así, desde una perspectiva cerrada y adultocéntrica sobre la infancia o la juventud se presuponen temas, estilos y estrategias, se predetermina un libro y un público lector. Literatura infantil y juvenil como arte, como literatura, eso pareciera ser el meollo del asunto. Observar una obra de LIJ puede permitirnos mirar lo diverso y en esa mirada, conmovernos, impactarnos, dejarnos invitar a lugares luminosos u obscuros, recordar aquello que ha pasado por nuestro corazón. Compartir la lectura de un libro infantil -o juvenil- con los niños y niñas es una invitación a sumergirse al mundo aquel del libro, en conjunto. Leer nos permite mirar a través del horizonte de nuestra experiencia, salir del cuadro de nuestra vida.

Hace poco Felipe Munita en una ponencia hablaba de una “revolución” en torno a la edición de libros infantiles y juveniles. Hay una gran cantidad de libros maravillosos, bellos, diversos, intensos, profundos, que interpelan a las infancias -y a los adultos-. Libros que hablan sobre maldad, crueldad, amor, desamor, dictaduras, amistad. Y hay otra “revolución” en curso, la de los mediadores/as, profesores/as, padres, madres, maestros/as, investigadores/as que buscan salir del corral de la infancia del que nos habla Graciela Montes, y acompañar a les niñes en la construcción de ese nido vital que forma parte de la educación literaria, estética.


Libros infantiles y juveniles que son una puerta abierta, una invitación a mirar más allá de nuestro horizonte, de contemplar y conmoverse con la casa de las estrellas, ese lugar donde habitan todas las palabras hechas de luz y oscuridad.

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