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  • El Circo en Llamas

LA PELÍCULA DE HORROR SIGUE EN CARTELERA

Actualizado: 9 de nov de 2020

Un fragmento del libro La poesía chilena no existe (Editorial Aparte, 2020), de Guido Arroyo.


"Escribir al ritmo de las pancartas lo hace cualquiera. Escribir al ritmo de las pulsaciones de la época, suena de perogrullo, pero cuesta órganos vitales. Develar los acontecimientos trágicos. Lograr sentido de realidad. Y eso hizo Lihn durante los largos diecisiete años de descampado, que fueron el prólogo filudo de nuestro tiempo. Allende esa superficie, en la estructura interna de sus obras, podemos leer un afán por desestabilizar mediante arrebatos contraculturales, tanto el orden de las cosas como el lenguaje mismo".

Es imposible cuestionar la influencia de Enrique Lihn. Sus lectores se reproducen con vorágine. E intuyo que no se debe solo a su obra poética, sino además a su biografía. Su vitalismo contracultural que sigue aún vigente. Debe ser el chileno del siglo XX más multifacético en términos artísticos. O al menos, junto a Violeta Parra y Jorge Cáceres, uno de los tres que más experimentó con todas las formas expresivas. Quienes leímos hasta el hartazgo a Lihn ya muerto, nos encandilamos con los versos: “porque escribí/ porque escribí/ estoy vivo”, y también por la figura del productor de happenings, películas, cómics, obras de teatro, dibujos, pinturas, editoriales, autoediciones anilladas y autoediciones dedicadas, críticas de libros, columnas de periódico, locuciones de radio, etcétera, etcétera.

Uno hasta puede imaginar a Lihn, cuando de tanto en tanto se atraviesa el Paseo Ahumada, subiéndose a una banca para recitar a todo pulmón sus poemas.

No hay nada más político que un cuerpo interactuando con el espacio público.


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Lihn interrumpía la tradición, experimentaba con ella. Por eso es tan contemporáneo. También fue el mejor lector de sí mismo.

El mejor lector de una época.

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La Pieza Oscura, en sus propias palabras, fue su primera obra. Allí plasma de forma prístina su poética. Despliega una mirada crítica sobre la modernidad, sobre las modificaciones que generaba en las relaciones humanas: el destiempo, que vive cualquier pareja contemporánea a la hora de buscar “un subsuelo donde vivir”. O el futuro de los niños de meses, marcado por la inestabilidad y la duda, “nada se pierde con vivir, ensaya”.

Me atrevería también a decir que este libro marca una escisión del sujeto lírico que predomina en Nada se escurre o Poemas de este tiempo y de otro. Abre la exclusa al tono lihneano, esa habla cargada de ironía y mordacidad que visualizamos en La musiquilla de las pobres esferas o en A partir de Manhattan. Luego, un poco antes de su muerte, emerge el desdoblamiento total. Allí predomina un otro, más público y alegórico. Un ente político que, megáfono en mano, denuncia el horror, escribe sobre La aparición de la Virgen.

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Lihn como puro despliegue. Un agotamiento radical de las fórmulas escriturales. Una personalidad biográfica, que nunca se cansó de hablar y conocer y debatir y desplegar ideas con todas y todos. De maquinar. De fundir la existencia no con la obra, sino con lo que vuelve legible a cualquier obra: el lector, la escucha, el crítico, el espectador.

Me gustaría pensar que seguiremos leyendo a Lihn por ello. Por sus libros de poesía, novelas y ensayos. Pero intuyo que se seguirá leyendo porque, tanto su figura política como crítica, están plenamente vigentes. Intentaré probarlo, rebobinar:

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Mil novecientos setenta. Chile. Año eleccionario, convulso. Salvador Allende obtiene el treinta y seis coma seis por ciento de los votos. Es elegido democráticamente como presidente. “Hoy se abren las puertas de la historia”, escribió el diario La Nación tras la postura de banda. Ese mismo año Enrique Lihn, escritor laureado, pero con rudimentarios estudios formales, regresa de una estancia algo turbulenta en Cuba. Obtiene la dirección de Atenea: Revista mensual de Ciencias, Letras y Artes, de la Universidad de Concepción. El prestigioso medio tenía más de cincuenta años funcionando de forma inalterable. Pero al llegar, Lihn hará un cambio, quizá histórico. La publicación pasará a llamarse: Nueva Atenea: Arte y Literatura, y el formato se alejará de la rigurosidad del boletín academicista para volcarse a la iconografía pop. Su dirección durará casi dos años. Tras el golpe de Estado, Atenea volverá a su nombre anterior, y perderá el carácter mensual. También lo pop.

En el segundo número de aquella Atenea que no fue, figura entre otras joyas, una rara conversación ajena a la poesía. Entre la mesa y la grabadora hay tres personas: Germán Marín, el por ese entonces “independiente de izquierda” Ricardo Lagos, y el poeta de paso. Décadas después, entre el 2002 y el 2006, Lagos sería presidente de Chile. Terminaría su mandato con más de un 80% de aprobación ciudadana, pero, años después, será recordado como el período de mayor privatización chilena, el momento en que el agua, la luz y las carreteras dejaron de ser ciudadanas. Pero es difícil intuir cualquier cosa en ese momento.

El diálogo se centra en un viaje de Lagos a Cuba, de la relación entre Universidad y Estado. Básicamente en cómo el saber universitario podía recomponer el tejido social, en el alto porcentaje de hijos de obreros y campesinos que ingresaban a la universidad bajo el régimen cubano (según los entrevistadores, ochenta y cinco por ciento), en la vinculación entre los egresados y el desarrollo técnico industrial de la isla. Hacia el cierre, tras una mención de Lihn sobre elementos díscolos –hippies–, que fueron “enviados a las granjas”, la conversación se empantana en las incongruencias del modelo, en el problema de la monoproducción, en el fin de la luna de miel revolucionaria anunciado por Sartre.

“Nunca salí del horroroso Chile”, susurré, como un mantra devenido a lugar común, tras leer en la hemeroteca aquel diálogo con Ricardo Lagos y reflexionar, aún afiebrado por el hallazgo, en la vehemencia con que Enrique Lihn pensaba y repensaba el modo de arreglar las averías que visualizó en Cuba, para traducirlas a su entorno de Nueva Atenea. Por eso aquella entrevista es un texto ejemplar para ingresar a las aporías que estallan de las reflexiones políticas de Lihn. Un escritor que no aceptaría a ningún régimen plagiar la revolución cultural de Mao Tse-Tung, replicar los Gulags soviéticos, o la casa de brujas de Joseph McCarthy. Pero en cuya obra sostuvo, pese a que “las condiciones de la tragedia estaban dadas”, cierta vocación por develar cualquier horror, cualquier montaje de la “película que nos quita el sueño”, cualquier acorde de música pesada, esos que brotan cuando la desigualad se vuelve norma.

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La preocupación por lo político en la obra de Enrique Lihn es transversal. Pese a que despreció la raigambre mesiánica, escribiendo un notable artículo sobre la necesidad de descanonizar a Neruda. Fue también autor de apologías y/o denuncias igual de ruidosas que la mentada Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena. Poemas como: “Guantánamo”, “Tambor de Panamá” o “La sedición”, dan cuenta de un escritor que no dudó en arrastrar el verbo a la arena de lo público. Quizá ese mismo ímpetu fue el que lo animó –ya roto el rosario del socialismo autoritario, es decir, comprendida “La derrota”– a la producción de obras como El Paseo Ahumada o La aparición de la Virgen, donde se interpela la violencia dictatorial. Esa denuncia carece de cháchara salvífica o retórica política, pues con una avidez agudísima, esa que solo permite la distancia paródica, Lihn extrema recursos para mirar desde afuera la tormenta de mierda que desprendían los escaparates del Paseo Ahumada, o las lágrimas del “niño Ángel” que, no está de más decirlo, terminaría travestido cual Pompier.

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Escribir al ritmo de las pancartas lo hace cualquiera. Escribir al ritmo de las pulsaciones de la época, suena de perogrullo, pero cuesta órganos vitales. Develar los acontecimientos trágicos. Lograr sentido de realidad. Y eso hizo Lihn durante los largos diecisiete años de descampado, que fueron el prólogo filudo de nuestro tiempo. Allende esa superficie, en la estructura interna de sus obras, podemos leer un afán por desestabilizar mediante arrebatos contraculturales, tanto el orden de las cosas como el lenguaje mismo. Así lo demuestran los anti-sonetos del desencantado spleen que recorre París: bajo situación irregular, con ganas de “hacer en paz la guerra a medio mundo”. O las desaforadas críticas al conservadurismo e investidura mercurial de su primo Valente. O el happening Adiós a Tarzán, que hizo junto a Pedro Celedón, donde se parodia tanto la hegemonía civilizatoria como la militancia abyecta –muy a la manera del Realismo Socialista de Raúl Ruiz.

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Como sugiere Roberto Merino en su semblanza biográfica de Lihn, Luces de reconocimiento, este “a la manera del poeta clásico que no era, hizo de la actividad crítica un dispositivo inseparable de su producción poética”. Develar, desde la crisis misma del sujeto, a la crítica, palabra del latín: “criticus”, y esta del griego “kritikós”, proveniente del verbo κρίνειν “krínein”, que significa separar, discriminar o distinguir. ¿Y acaso ese no fue el efecto que produjo la carta de Enrique Lihn en defensa a Heberto Padilla?

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Lihn podría ser una vacilante presencia espectral. Un autor que visualiza, quizá más rápido que cualquiera de su generación, que la figura del escritor orgánico estaba destinada a volverse “poeta del pueblo”. Aquella autora o autor al cual el poder político y fáctico solo recuerda cuando requiere hacer uso de su apellido, adornar con una guinda la torta del patrimonio nacional. Acaso no eran eso, entre otras cosas, Neruda y De Rokha.

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Pese a ese estallido de lucidez, nunca pudo salir de Chile. Tampoco anclarse en los cenáculos del arte moderno, abandonar la ciudad letrada. Es decir: nunca aleja de su obra –ergo su pensamiento– la preocupación por lo público. Entonces se dedica a develar de forma mordaz todo horror, a interrumpir el continuum histórico, graficado en la pareja de niños que aparecen en el cuento “Huacho y Pochocha”. Ellos, en parte, solo buscan qué comer. Porque había hambre. Porque hay hambre.

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De ahí que sea raro que Raúl Zurita, por allá por el 2010, hablara de la apoliticidad en la obra de Lihn. Siendo entrevistado, aseguró que si descendieran los ovnis en Chile y leyeran la obra de Lihn, pensarían que bajo la dictadura cívico-militar no sucedió nada. Si bien Zurita se retractó, meses después, el dardo generó ruido y polémica. Me pregunto ¿qué pensarían los ovnis si vieran a un grupo de gente clausurando el museo de Bellas Artes, con camiones de una empresa de lácteos, o arrojando panfletos desde avionetas de la Fuerza Aérea?

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La escritura de Lihn –y digo escritura porque es absurdo hoy hablar de géneros literarios–, nos invita como lectores a superar la distancia abismal que solemos situar entre sujeto, obra e ideología. Esa necesidad de consecuencia adolescente, que le obliga al productor de arte estar siempre seguro de cada cosa dicha.

Qué aburrido debe ser tener certeza de todo.

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Pensemos algo: en el Chile de hoy, tan clasista en términos académicos, qué podrían aspirar alguien como Lihn o Violeta Parra. Artistas increíbles que nunca terminaron sus estudios secundarios. ¿Vendedores ambulantes, músicos callejeros, garzones? Porque sin cuarto medio, hoy, no te contratan en ninguna parte. Y eso dice mucho de nuestro paisaje actual. Ellos, que habitaron otra época, trabajaron en diversas instituciones. Y además Lihn recibió una beca de la UNESCO para estudiar museología en Europa. Y Violeta Parra una de la Universidad de Concepción para realizar un estudio de antropología folklórica.

Hoy ni siquiera podrían ingresar a una universidad chilena. No digo recibir becas o contratos o premios o realizar charlas, sino, literalmente, entrar. Hoy en gran parte de los recintos universitarios, un guardia subcontratado analiza a cada estudiante y le exige su credencial. A no olvidar: Milton Friedman, el creador del neoliberalismo, cuando vino a Chile, dio su primer discurso en el Ex-Pedagógico.

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Lihn como escritor civil. Como un interruptor: un francotirador intelectual, tal como sugiere Edward Said. O su anverso, la del bufón que siglos antes subrayaría Shakespeare en su Rey Lear. Dicho de otra manera: Lihn, como Borges, aunque quizá con menos culpa de clase, espera ansioso una revolución, pero le exige a esta no verse obligado a izar una bandera en su nombre.

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Si en los años venideros alguien pretendiera hacer una breve historia de la poesía escrita en Chile durante el siglo XXI, sería ideal que situara a la crítica literaria como una forma de establecer un juicio político, algo en que coincidieron José Carlos Mariátegui y Walter Benjamin casi al mismo tiempo. Sería entonces ocupación de esa empresa dictaminar qué escrituras propiciaron una reflexión crítica en torno a lo político, o más bien, qué estéticas consiguieron contrastar el orden del lenguaje de su época. Se trataría de un trabajo algo imposible. Algo apocalíptico y algo necesario y de seguro algo autogestionado por algún crítico de vocación. Por ahora es posible decir que la lucidez crítica de Lihn es abismática. Una obra chispeante como la experiencia que evitó cualquier Canto general, porque entendió la fractura interna que el lenguaje totalizante provocaba en el paisaje subjetivo. Una escritura que decide antes que todo “morirse por su cuenta, bajar un poco el tono”, procurando siempre “pescar algo de vida, no la sombra de la misma”, ni el Leviatán que desde hace tiempo la articula.

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Y para cerrar, solo puedo decir, que aún me crispa la capacidad de Lihn para entrever, bajo el aplastante período de los diecisiete años de dictadura cívico-militar, un diagnóstico, un dictum: se debe “socializar el arte renovándolo, pero en los términos masivos en que se plantea la necesidad colectiva de transformar la historia de este país, antes de que se convierta, del todo, en un lugar inhabitable”. Lo imagino perfecto, megáfono en mano, en una asamblea.

Y Lihn, compañero, pasaron casi cincuenta años.

Chile se ha vuelto un lugar inhabitable.


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Valor referencial: $9.500
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