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  • El Circo en Llamas

LA SUTURA DE UN MAPA

Acerca de La Tierra (pliegos) de Ramiro Villaroel Cinfuentes.


Por Bruno Renato Serrano Navarro


“Truenos y ráfagas oscurecían

Los días en que Chile asoló la Tierra"

Chile es el dolor, la persecución y el sometimiento de la vida. Chile, otra antigua periferia y extramuros colonial, devenida, acaso, en paisaje mental del huacho y luego siervo adicto y culpable de no ser más que en la mancha de la dictadura del padre. Aquella que en tanto voz, poder de fuego y palabra y herida de ley, solo puede proliferar enquistada a la Tierra; y en cuya pulsión el cuerpo es abstraído como suministro expansivo de la misma violencia que lo funda. Y esta es, quizás, la figura que encarna la precaria inteligibilidad del orden representado por aquel “ comisario de naciones/ Juez y conciliador al unísono” (6) según inician estos Pliegos de Ramiro Villaroel Cifuentes. poema que encara la relación de la anexión y destrucción de La Tierra y sus pueblos Mapuche , aquí trazada desde los acontecimientos suscitados por el naufragio del Joven Daniel en 1849, hasta los del crimen de Camilo Catrillanca este inmediato 2018.


Relación, entonces, de la catástrofe del Estado de Chile proliferándose en su crueldad sobre el espacio vivo de La Tierra; catástrofe del mapa y el ojo que la dibuja y así del mandato que, al bautizarla para su dominio, la miente y la merma en la destrucción de los cuerpos que la integran. Aquellos mismos, los hermanos del inmenso epitafio que nos los retorna ante aquel único día e inexorable de la reunión (Memorial, 64-65). Y es en este gesto que el poema descubre al acto de resistir como intrínseco al de volver a nombrarlos y así remontar sus caminos. Una constelación de relaciones entre el territorio situado más allá de la memoria y sus vivientes, aquellos mismos que pliego a pliego reconstruyen el habla interrumpida para así volver a entramarse. Tal como una rama se disemina para volver a procrearse la Tierra que la sostiene y arraiga, que la nutre y comunica. Un lenguaje que los persiste en las suturas de ese mapa que pugna por extirparlos bajo aquella “...lengua sin pasado que domina/ La idea de sembradío lejos de La Tierra/ La idea de los caminos que sepultaron lo extenso” (39). Y no hay en esto alegoría, sino la contramemoria que descubre la usurpación del país azul como la anexión y representación de un otro omitido, a secas pacificado, bajo la muchedumbre de unos nadie a los que se precisa vulnerar en tanto portadores de unos oros para este Huacho, peón y funcionario devenido en en poder de fuego y arrase. Es decir, poder de diseminar y habitar la representación de Chile, todos sus oros, como un orden y sucesión de un destino que se quiere ineluctable, pero en cuyo fondo ausente se podría advertir la imagen de la costra anegando el espacio; la imagen de “El odio/ El ruido/ El miedo/ El caudal/.../” (79) cavando hacía sí misma.


Quizás es por eso que el poema concluye, y así se abre, bajo un otro manchón de tinta y tierra removida. Manchón, se intuye, de la fosa común que sostiene a la nación fundada en el pillaje, pero también caudal que se desbanda y resurge desde el fondo. Esa borradura que se advierte y disemina en la fisura del espacio, es la de la proximidad del cuerpo vaciado por la muerte, un único cuerpo abierto.

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