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  • El Circo en Llamas

LAS RUINAS COMO GÉNERO

Presentación de Ruina, crónicas de Jonathan Opazo. (Ediciones Bifurcaciones, Talca 2021).


Por Felipe Moncada



Hay una teoría, que tiene su origen en la ciencia ficción y que no sería raro se pasara pronto al lado de la ciencia pura: la existencia de civilizaciones muertas diseminadas en la galaxia, y eso hay que intentar imaginarlo multiplicado por millones de veces en el universo. Las ruinas de seres inteligentes, diseminadas cual cinturón de asteroides, estimula todo tipo de fantasía, si ya con las ruinas terrestres tenemos trabajo de interpretación, qué haríamos ante una especie de Bagdad espacial bombardeada y flotando en los confines de las nebulosas, cómo clasificaríamos asteroides con forma de cabeza de reyes, o trozos de mall con cráteres, de más, demasiada humana la referencia para algo tan desconocido, Carl Sagan, que era lo más parecido a un marciano que ha pisado las pantallas, imaginaba seres gaseosos cazando entre las nubes de planetas gigantes, acaso esos seres solo serían ruinas de sí mismos, gases y líquidos de vuelta al ciclo bioquímico, como animales en un pantano. Pareciera que mientras los animales salvajes, con mucha suerte dejan fósiles, la inteligencia deja ruinas.

Resulta estimulante en la imaginación la idea de ruina, pero podríamos haber partido por la biografía del autor, o por el género de este libro, y es que un lector, lectora de este libro, se acostumbrará desde la primera página a saltarse de la historia a la poesía, y de ahí al urbanismo o la ficción, y de ahí a la ciencia o la política. Uno de los milagros de este libro de pequeño formato es precisamente desformatear lo que se espera de una crónica o de un ensayo, para sorprender a menudo con agujeros gusano que nos llevan vertiginosamente hacia temas tangenciales, circunscritos por la idea de ruina.

En una de las entradas de este libro, llamada “Breve viaje a la melancolía del espíritu” se cita un poema de Shelley en que retrata la ruina del monumento del rey Ozymandias, los últimos versos del poema dicen: la ruina es de un naufragio colosal. / A su lado, infinita y legendaria / solo queda la arena solitaria. Ese trance de lo sublime, desde lo terrestre a una escala cosmológica, lo ha dado con generosidad el cine y la ciencia ficción, puedo dar fe, de que lo que más recuerdo de la saga Las guerra de las galaxias, por ejemplo, es la destrucción de La estrella de la muerte, la nave que era el poder imperial y el mal, y que en el fondo, en esos años, era Pinochet, la junta y toda la comparsa. En la entrada de este libro llamada “Sobre algunas ruinas cinematográficas”, Jonathan revisa distintas estéticas que ha dado el cine en su encuentro con ellas, se mencionan Jarmusch, Tarkovsky, y hasta el primer Robocop aparece y nos lleva a ciudades industriales y vacías, ya sea para mostrar el fracaso de la sociedad capitalista, o la lejanía hermética y metafísica del gran congelador comunista.

Jonathan es sociólogo y lo disimula bien en la escritura con una narrativa rápida que suele bordear más lo poético que lo numérico, pero quizás se filtra algo de la profesión en su marcado gusto por el urbanismo utópico, ese que podría situarse entre el urbanismo más racional, la música industrial y la ruina espacial, por inventar algo. En otro interesante trabajo de Opazo, esta vez más cercano a su profesión, llamado Espacio vivido, poblaciones obreras de Talca, publicado por Ediciones UCM en conjunto con Verónica Tapia e ilustrado por Paz Ahumada, en octubre del 2019, Jonathan escribe más como un investigador cronista y se entrevista con habitantes de distintos barrios obreros de Talca, con beneficiarios envejecidos de otro concepto de planificación urbana, en un impulso más bien etnográfico matizado con los narradores originarios. Pero ese urbanismo planificado, que considera los hábitos sociales de sus habitantes, es minoritario ante la expansión de la ciudad que produce el modelo, que a veces logra transfigurar el espacio público en escombro, en esa urbe con cicatrices de incendios, terremotos y políticas municipales, atacadas cual virus por constructoras serialistas y sembradas de tomas de terreno en barrios industriales, producen esos casos de ciudad dignas de mirarse al microscopio. En la entrada de este libro llamada Ruinas y terremotos: el verano que se movió el eje de la tierra, Jonathan dice después de la experiencia del terremoto del 27 F: “Las ciudades son mutantes: monstruos a mayor o menor escala en movimiento perpetuo.” Pablo Aravena en La destrucción de Valparaíso muestra como la patrimonialización de una ciudad es la última parte de su destrucción como real polo asociado a una actividad, en su caso el puerto, pero que bien puede ser la actividad agrícola, o un pueblito con una industria de algo, no importa qué, que en algún momento se deja de necesitar. Esa ruina que se viste de museo como maquillaje político.

Para referirme a los textos de este libro hablo de “entradas” y no de capítulos, pues de esa manera lo propone su autor, y es que muchos de los textos reunidos bajo el título Ruina, han sido publicados alguna vez como entradas de blog, lo que influye, me parece, en la fluidez de la prosa, con esa agilidad que requieren al ser textos pensados para ser leídos por alguien de amplio espectro, pensando en la divulgación, lo pedagógico y por qué no, en la entretención.

Editorial Bifurcaciones también publicó el primer libro de Opazo el año 2016, llamado Junkopia, una especie de colección de haikús pos industriales de provincia, intervenido con fotografías de Rodrigo Figueroa, o viceversa. En uno de los epígrafes que se citan en ese libro hay uno de Mario Levrero, que anticipa de algún modo el libros Ruina, este dice: Delicioso: me produce un placer casi erótico / la contemplación de ciertas ruinas, de casas / abandonadas, de casas demolidas, sobre todo / cuando son invadidas por la vegetación. Al año siguiente se publica en versión digital, la compilación de crónicas Ruinalidad, neologismo de Jonathan que alude a las ruinas rurales, con fotografías de Guillermo Calderón. E iniciando este 2021 aparece Ruina, como alimentando una serie en expansión, a la vez que la imagen dentro de la publicación como diálogo ha perdido preponderancia, es más, la única imagen del libro, son unas monjas en la ruina de una iglesia luego del terremoto de Valparaíso de 1906, que como acertadamente anota Jonathan, parece más la carátula de un disco de Black Metal.

En el libro de Jonathan se comienzan examinando las ruinas más cercanas al autor, las del mundo campesino en el cual creció, San Javier y un río Maule paulatinamente disecado por la industria de áridos, para luego navegar en un conocimiento global, proveniente tanto de la cultura clásica como de las rarezas aún sin cuerpo teórico. Ante el mundo que se va revelando en el libro como lector me afiebro quizás un poco y me gustaría inventar taxonomías, hablar de un neorromanticisno postpunk o de melancolía ciberespacial, fabular sobre teóricos marginales que viven en pueblos perdidos en el desierto, pero el impulso inventivo no me alcanza, no sabría cómo expresar esa sensación de fin de una época, que de entrada a entrada se van impregnando en quien lee este libro.

Producto de la lectura de este libro, en especial de la entrada “Consumo y escombros: el mall”, caí, debo confesarlo, en un modo de voyerismo que posibilita esta especie de época final: la contemplación de ruinas por Internet. Uno puede cliquear y la imagen se renueva cada vez más sorprendente según sea la caída, alguien ha recolectado muchas, un robot que enloqueció y que rastreó imágenes del futuro. Click un mall habitado por ciervos, click un barco con un árbol creciendo en la proa, click una mansión cubierta de selva, click una central nuclear con búhos fluorescentes, click un estadio olímpico bajo el agua. Podrían ser las imágenes de un Lautreamont o un Nerval posmo, pero son reales, Friedrich en los tiempos del mall. El placer de ver la naturaleza entrando en la pretensión humana entrega una sana esperanza de que los espantos que somos capaces de crear se llenen de chamico, llámense vertederos, criaderos de animales, refinadoras de petróleo. Hay una entrada llamada Qué hacer en un lugar en ruinas, que consiste en una larga enumeración de posibilidades, allí acuden todas las sensibilidades, el romántico, el alarmista, el progresista, el reciclador, el utópico, en esa larga enumeración que hace Jonathan se devela quizás la misma lucha de intenciones que inciden en abandonar lo que alguna vez fue concebido como un sueño destinado a perdurar.

Alguna vez conversamos con el autor sobre la belleza que hay en algunos textos menores de la literatura chilena, prólogos de libros individuales o de antologías, biografías perdidas en alguna página de Memoria Chilena, discursos del Ateneo, descripciones periodísticas. Pareciera que en esos textos se constela una novela oculta que da cuenta del paso de generaciones, y que cada lector, lectora, puede reconstruir a su gusto, intercambiando las piezas como en una combinación narrativa de Cortázar. Creo personalmente que la revalorización de la crónica es de lo mejor que le ha pasado a la literatura nacional en los últimos años, teniendo justamente en Jonathan uno de sus más libres exponentes, dada la rara mezcla entre profundidad, especulaciones ensayísticas, conocimiento estético y fluidez. También nos ha interesado observar como en otros tiempos la erudición tenía que ver directamente con el acceso que hubiera a los libros, eso ligado directamente a la capacidad para adquirirlos o tener acceso a ellos. Con Internet eso cambió, y la erudición, el barroquismo informativo, parece más una opción de estilo que una marca de clase, como lo era hasta hace poco. En la provincia antigua la pedantería pasaba un poco por menospreciar al que no sabía, al que no tenía como saber porque no había nacido donde estaban los libros y porque había que trabajar en otra cosa para sobrevivir, eso ha cambiado felizmente y es tarea importante mantener esa condición de acceso al conocimiento y la creación, en lo que editoriales como Bifurcaciones tienen un importante rol. Creo que una de las genialidades de este libro es poder rondar alrededor de un tema sin cansar, a la manera de un zancudo que en la oscuridad practica arriesgados aterrizajes en la piel, o deslizarse en distintas aristas como lo haría una cámara móvil que va desde el detalle a lo macro en un golpe de imagen, vinculando temas, hasta que todo comienza a tener que ver con ruinas.

Puede que haya caído inevitablemente en la trampa: escribir una presentación en párrafos que denominaremos, adivinen: ruinas. En cada uno se juntarán algunos escombros de opiniones, vigas rotas de ideas, techos hundidos de relatos. La lectura de estos ensayos o crónicas, estimula a extraviarse en el formato, a perder un poco la noción de qué género estamos pisando, en ello habría que destacar la máquina de narrar que es Jonathan, su curiosidad enciclopédica y el malabarismo de ficcionar citando y citar narrando, a la vez que describe y metaforiza. La feliz mezcla de influencias sonoras en que están escritas las entradas de este libro, afinan la paila, me convenzo, cual tenca en un cable de alta tensión.

Para ir terminando una anécdota: Una vez subimos junto al autor de este libro y una comitiva de amistades a pernoctar en La parva de piedra, una formación rocosa de granitos blancos diseminados en grandes bloques, a mitad del cerro llamado con justicia Peine de los vientos, como desde una ciudad lunar en ruinas mirábamos hacia el valle los poblados cercanos, que parecían braseros o viejas galaxias deslucidas flotando en los mares de tierras agrícolas. Allí estaban Talca, Linares, Molina mientras las gallinas ciegas sobrevolaban con su movimiento entrecortado y silbidos de música tecno. Un poeta persa recomendaba mirar la Luna imaginando esa luz en las ruinas de palacios de antiguas civilizaciones, como antídoto de las vanidades. Pienso que quizás la fascinación por lo hecho y abandonado tiene que ver con que a través de ello podemos calibrar el apogeo de lo material y comprobar de inmediato su fugacidad. Al recordar la visión de las ciudades desde el cerro y releer Junkopia me encuentro con estos versos que antes ya habían dado con la sensación: Un piloto nocturno / descubre en cada ciudad / una viva y solitaria / constelación.

Me gustaría finalmente mencionar la preponderancia de lo urbanístico abordado por el catálogo de Editorial Bifurcaciones, con títulos como: Disputar la ciudad, Conocer la ciudad, En la vereda, Ciudad fritanga, La utopía urbana, Imágenes de la ciudad futura, Star Wars: un ensayo urbano-galáctico, títulos que dan clara cuenta de una intensión de reflexionar sobre lo urbano de la más amplia manera, allí donde confluyen lo estético, lo filosófico e inevitablemente el ágora donde se renueva lo político.


Link para adquirir el libro: Ruina
Precio referencial: 10 mil
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