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  • El Circo en Llamas

LOS VERDADEROS POETAS SON DE REPENTE

Actualizado: ene 23

Poéticas #4: Fragmentos escogidos de Gonzalo Rojas. Selección de Sergio Muñoz Arriagada .

1) Fragmentos escogidos a manera de poética:


Sí, siempre estuve por el rigor del lenguaje para mostrar la realidad, y trascenderla desde —¿cómo decirlo?— una moral del canto, pues la poesía se me da en el ámbito de lo sagrado, aunque la motivación provenga muchas veces de lo accidental. De ahí acaso la dimensión numinosa que prevalece en ella. Poesía y realidad. Poesía y libertad.


Yo no creo que me limite esa aceptación del misterio y eso de dejarse transir o traspasar por la onda de lo misterioso y de lo numinoso. Si da o lleva a alguna retórica que es la mía, no me limita.


No tengo para qué celebrar la contención de este lenguaje que llega a la tensión extrema en pacto con una vibración neutra para la precisión de la imagen. Lo que sí me importa señalar son esos pasos de asedio tauromáquico al objeto en cuanto objeto para que salga de sí mismo y diga quién es. Más que la revelación, algo así como la aparición concreta.


Nunca se me dio la poesía como ingenio ingenioso o acertijo, esa escoria del seudohumor y de la moda que nada tiene que ver con la ironía romántica y el humor surrealista.


Escribo cada día al amanecer cuando el duchazo frío me enciende las arteriolas del seso. Siempre me funcionó el crepúsculo matinal; el otro, el vesperal, mucho menos: será cosa de respiro imaginario.


Obedecí a una suerte de fisiología onírica. Es como lo que ocurre cuando en la mañana te levantas y echas tu cuerpo bajo la ducha, entonces las aguas se encargan de motorizar, de mover ahí algo, y esas aguas preciosas que se mueven arriba de la testa, más este sueño con que vienes de dentro de las sábanas, produce una vivacidad. Cuando salgo de ahí y escribo un poema, es muy posible que me salga una palabra tan fresca como esa lluvia viva.


Yo creo haber parpadeado silábicamente. Uso el parpadeo del silabeo. Se me da parpadeante el ritmo y parpadeantes se me dan el mundo y la luz; la luz no sólo en su vibración física, sino la luz del pensamiento, la luz del Logos, la luz de la luz. Pienso que realmente la sílaba me ha asistido y me he dejado iluminar por el juego silábico, incluso por la aparente rotura, ruptura del vocablo desde la sílaba, en la sílaba. Esta sílaba que crea, se ofrece como imagen del descuartizamiento y por otra parte del acorde.


Los poetas jugamos siempre –más vates que juglares, acaso- jugamos siempre en el filo más terrible del peligro entre eso que llaman realidad y ese otro que dicen irrealidad. Y, sin insidia mística alguna, estaremos intentando siempre –o, si se quiere, olfateando lo invisible desde lo visible. Vaticinamos en un ejercicio implacable de ser hombres, hombres totales y genuinos, de aquí y de allá: ¿de siempre?


A menudo nos regatean a nosotros los poetas nuestro trato con la realidad. Se nos dice: “Ah, ¿es un poeta?, entonces no es capaz de tocar la realidad”. Como si nosotros no viviéramos de ella, como si nosotros no estuviéramos incesantemente devorados por ella, como si nosotros los poetas no fuéramos sino portavoces, aunque no lo queramos, de ahondar, de ahondar, ahondar y ahondar precisamente en la realidad. De ahí que yo me sienta en la vecindad de los maestros clásicos. No porque yo sea maestro, sino porque respeto en el pensamiento de los clásicos su capacidad de tocar la realidad.


A los poetas que me oigan les digo: escriban en el viento, no transen. No sean míseros escribas al servicio de la publicidad vergonzosa, libretistas de show, mercaderes de la estulticia mañana, tarde y noche. Dejen eso a la fanfarria. Apuesten el seso de las estrellas, aunque no los oiga nadie. ¿Quién oyó en su día a Hölderlin, a Baudelaire, a Vallejo? ¿A Celan, quién lo oyó? Sólo la marginalidad nos hace libres.


Porque no basta con los elementos gráficos de un poema y hay que ir al descubrimiento de su horizonte musical.


La función del crítico es la misma función del lector: participar de lo que la palabra le entrega. Es decir, aquella palabra ya plasmada como visión, porque la palabra del poeta es una palabra plasmada. Veo al crítico como lo que se ha dicho tantas veces, como un lector más avisado, más lúcido, más despierto, pero a la par, como uno en el cual se repristina y reverdece el pensamiento poético de quien fue capaz de forjar esa palabra.


Creo profundamente en la simbiosis, en la integración de vida y poesía. Ese postulado ya había sido formulado con eficacia, con gracia, por los románticos: Novalis, Jean Paul Richter y otros, esos grandes muchachos románticos de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX; ponen en marcha esta idea de la identidad entre vida y poesía. Creo profundamente en eso y creo que no me he apartado de ello. He asumido la poesía como vida y como conducta, la poesía hay que asumirla de ese modo. Incluso creo en una ética de la poesía. Para empezar hay que escribir con rigor y con cuidado y sin prisas y sin concesión a nadie y muchísimo menos a la publicidad vergonzosa que decía Breton.


Yo soy Apollineriano: lo leí temprano. Me encantó su humor, un humor verdadero. Y su sabiduría para mirar lejos, para atrás, para adelante. En Las flores del mal de Baudelaire, que es un libro de 1857, se encuentra una última línea que dice “para ir en busca de lo nuevo”. Pero yo no creo en le nouveau; la eternidad se me da por el lado místico que funciona en mí también. Pero lo nuevo tiene cara de viejo desde la partida; a toda la gente que habla de lo nuevo yo le veo la arruga en la nariz; no hay originalidad en poesía.


Los viajes iluminaron mi trato con el enigma o, mejor, con los enigmas. Acaso el viaje mío no sea sino eso: una pregunta más para alguien que sabe que no llega. Yo soy uno de esos que saben que no llegan, y qué le voy a hacer. Amo la imperfección como signo de la apertura, y todo es búsqueda sin fin.


Nada contiene a la poesía: ella llega por debajo de los quicios, por los intersticios, llega suavísima, silenciosa. Luego entra en los lectores y allí se queda, de a poco avanza. En cambio la vitrina literaria no es más que una quebrazón de vidrios.


Con Enrique Lihn discutimos sobre el tema de lo fónico. Él decía que yo era elocuente, en el sentido de que había una vivacidad sonora muy fuerte en mí y con los sonidos. Un día le dije: ser elocuente implicaría una defensa de lo externo y de la superficie de la palabra, y no es mi caso. Tú confundes la ritmicidad con la elocuencia.


De ahí mi insistencia en el diálogo con el oyente y no sólo con el lector, lo que no implica en modo alguno la aceptación equívoca de la prosodia elocuente sino cierta participación de la gracia de lo irrespirable, algo así como el zumbido del silencio, al que convoqué alguna vez en mis versos.


San Juan de la Cruz es el más loco. Pero fray Juan de Yepes, que tampoco es tan él porque es sufí y seguramente se los había leído, es un mago. Lo sorpresivo está en su contención expresiva. ¿Cómo escribió algo así ese hombre, minúsculo de aspecto según dice la tradición? La poesía de él no se puede traducir. Y con unos cuantos poemas le basta.


Del surrealismo queda todo. Es el eje mayor de toda la poesía, como coherencia de pensamiento. Pensamiento lúcido, hiperlúcido. El surrealismo está entre nosotros no sólo en las ámbitos poético y plástico, que fueron sus dos vertientes mayores, sino que también en las variantes menudas. Hasta en la moda, las costumbres, los dichos, y en las actitudes liberantes, como cuando en el año 68 los jóvenes de París quisieron tomarse el poder diciendo: “todo el poder a la imaginación”.


El habla excesiva hace daño y tiene que ver con es trampa que es la publicidad vergonzosa. El aplausómetro es mala medida. El éxito no sirve y es un riesgo para el escritor joven. Es la gran trampa, la autotrampa. La gracia está en ser y no en andar figurando. Hay un proyecto de originalismo que desorienta y hace maléfico el trabajo.


Hay un problema de sicología estética, sin duda, en cada escritor. Un texto, para unos, puede nacer desde una línea que le leyó a un Kafka o a un Celan o a un poeta grande o a un narrador. O puede nacer de una palabra que oyó en la calle, o de una palabra que leyó en el periódico. El estímulo puede ser múltiple. Nunca uno sabe dónde, cómo y desde qué. Lo único que me atrevo a decir es que casi nunca va a nacer un poema desde un juego con las ideas exclusivamente.


Yo me demoro, no transo con la prisa, ésta es mi diferencia. Podré parecer impaciente por fuera, pero soy muy paciente por dentro, soy un moroso, quizá porque cuando chico me costaba vocalizar, era tartamudo y asmático, y neurótico. Aún antes del papel soy podador, luego dejo dormir los poemas. Deben dormir por lo menos nueve meses, como los niños en el vientre.


Hace tiempo que relevé para mí el nombre de sonido, que es precioso, y lo mudé por el nombre de zumbido. El designio zumbido se aproxima, pero se aparta del designio sonido. Valéry dice que la poesía es una vacilación entre el sentido y el sonido. Tiene razón, puesto que la palabra tiene esa dimensión fónica y tiene la dimensión semántica. De acuerdo, pero me gustó relevar, modular, decir de otro lado sonido y dije zumbido porque yo soy animal de oreja y como vivía en un paraje fluvial, marítimo, con un roquerío en esa costa tan preciosa y oí desde temprano el prodigio del zumbido del océano encima del roquerío aquel; y cuando sentía de chiquito que todo se aproximaba desde el zumbido y entonces se restablecía o se establecía el parentesco entre las cosas, ¿por qué no iba a preferir la palabra zumbido?... Por cierto que no hay cátedra de zumbido en la academia. Pero debiera haberla. No hay cátedra. Eso es lo que intentamos los aprendices del abismo, físicos y poetas, porque la cosa es entre todos. La imaginación es la misma y acaso todo puede llegar a ser uno… Zumba la naturaleza como zumba el viento, como zumba la abeja. El zumbido es más que el sonido para mí, va más allá de lo fónico: es una extensión del gran diálogo de las cosas con las cosas.


Así no escribí más de cinco o seis poemas dignos de releerse. Pero viví como poeta, eso sí: con exilio e intraexilio. ¿Quién va a definir la poesía, esa máquina pequeña o grande hecha de palabras?


¿Cuándo sabe un poeta que su poema está hecho? ¿Cuándo sabe que termina? ¿En qué fracción de segundo sabe uno? Eso me preocupó siempre y no desde una lucidez mayor, sino casi porque la criatura poética me lo exigía. Cuando uno quiere sobrepasarse y hacer más allá de lo que hizo, el ojo y la mano invisibles están diciendo: “no se puede, esto ya está cumplido”. Entonces, a modo de comprobación, no cuento los poemas, cuento los versos.


Está escrito que los poetas entran limpiamente en los poetas, y no por servidumbre, antes bien por natural desafío, pasando por encima de los padres. De ahí que las claves de los poetas sobre los poetas sean más de fiar que los informes clínicos de los expertos llamados críticos.


Cuando hago ciertas llamadas, por ejemplo, “no al lector, al oyente”, es para que se me entienda que mi poesía no va destinada al lector de signos, sino al viejo modo como cantaban los poetas (con respiración), que llegaban por la oreja.


Hay que apostar y jugar también. Éste es un juego, un juego grave como decía Heidegger; pero un juego, claro. Un juego difícil, oscuro, no es tan fácil. No creo para nada en la poesía que llaman directa; no, señores, la naturaleza de la poesía es otra, sin ser ciega. Es oscura, es secreta.


Pienso que un buen crítico o un buen lector de poesía no debiera pararse netamente en lo temático, por mucha incitación que el tema de la muerte o el tema tanático le proponga a él. Ni debiera detenerse en la dimensión erótica, por mucho que la erótica o la eroticidad lo maravillen. No debiera detenerse en la dimensión lúdica, circunstancial, anecdótica, moral, histórica, social, sino que debiera empezar por oír. Por oír con un oído inocente lo que su imaginación fue capaz de proponer como visión del mundo en esa palabra.


Por un lado la invención, muy bien, pero siempre que la invención fuera capaz de dialogar con la tradición. También la tradición, pero siempre que no obturara, no cerrara el paso a la invención.


El humor es decisivo. Cuando el poeta se pone sentimental, cuando se desquicia en un patetismo, hace un arte menor. En cambio, el que trabaja desde la ironía y el humor establece una buena distancia e incluso se divierte un poco. Hay que tomar el mundo como es, como viene, un poco rientemente. Aunque te mueras. Eso no importa nada.


Me gusta mucho ese término que viene desde Homero, cuando en la Odisea dice Ulises: “Nadie me ha herido”. Ese nadie es más hondo que el propósito demasiado intencionado para mi gusto de la abolición del yo, que practicaba a veces con exceso el maestro Borges. Aquí estoy diciendo una cosa cruel, sin duda, pero es que Borges hablaba mucho de la impersonalización de la obra y de abolir el yo, pero hablaba tanto del tema que en el fondo era un síntoma de egocentrismo. Hay que andarse con cuidado con eso.


¿De qué nos disfrazamos cuando escribimos que no sea de tiempo?


Mi único mérito es haber sido fiel. ¿Fiel a qué? ¿Al libro de leer y releer el Mundo como quiso Borges? Pero no soy letrado ni escasamente aprendiz. ¿O al parto oscuro y diáfano del no sé, trauma primario de la naturaleza, del estoy viniendo siempre? ¿Fiel entonces a qué? Bueno: al aire, al agua, al fuego, a la tierra, sobre todo a la tierra, lo mismo a su rotación que a su traslación.


El hombre nace poeta pero se deshace. A los tres, a los cinco empieza a deshacerse: la escuela (esa lata), la tele (esa otra lata), la publicidad vergonzosa, y para qué decir el tajo abajo. Consigna de los mercaderes: “Capar la imaginación…” Y se crece hasta el día final y tal vez hasta más allá del día final. El poeta, en el fondo, es un gran adolescente. Está incesantemente creciendo, pero en cuanto a niño, no para llegar a ser adulto. De ahí esa dimensión de estabilidad esencial de las infancias.


Más claro: no es que seamos únicamente libro, somos también imaginación abierta a las grandes mudanzas, y amor, y libertad al mismo tiempo. Todo eso hablando de niñez y reniñez incesante, de riesgo y de coraje.


Me cuesta decirles lo que sabemos todos los poetas de esta parte del mundo. América es la casa y la vamos haciendo tabla a tabla, piedra a piedra, palabra a palabra en un ejercicio de invención creciente en la forja de una genuina tradición… ¡Pensar que la palabra pueblo parece tan remota hoy al cierre de esta edad consumística y tecnolátrica!… Siempre pienso en Sarmiento, no soy un sarmentiano total pero me gusta esa figura y me gustan los muchachos de ese plazo, nuestro Lastarria, nuestro Bilbao, que eran capaces de entonar el juego hacia una especie de autonomía cultural de América Latina, desprendiéndose uterinamente de esta España, buscando conexión con un pensamiento abierto, más libre como el de Francia, pero, en todo caso, sin decir “no” a la tradición española. Tal vez negaran, equivocadamente, la tradición aborigen de nosotros, no la supieron ver bien. Pero esos muchachos de ese plazo me parecen ejemplares, fundamentales.


Aquí se ve cómo en un poeta viejo, de mayoría de edad, más que ya al cierre de todo, sigue funcionando este mecanismo de lo que no se mide ni se piensa mayormente y sin embargo se escribe. O sea, ese procedimiento que se llamó escritura automática. Esto fue escrito por mí frente al mar y ni pensando en el mar y ni pensando en nadie… Yo soy bien diferente, un animal poético para el cual el antes y el después son lo mismo; trato de pensar adelante y atrás, como decía Apollinaire, en la larga lucha entre invención y tradición. Esa es una de mis dinámicas. Pero tengo más: por un lado, parezco un poeta culto, en fin, de buenas lecturas, los clásicos, los románticos, pero también oigo la oralidad de los pueblos americanos, y me gusta injertar eso en lo culto, me gusta esa disipación.

Y otra cosa, no estoy por la partitura efímera -computárica o no- sino por la oralidad y por la sintaxis del callamiento. De ahí que, cuando escribo mis líneas menesterosas de aprendiz interminable, lo primero que hago es ponerme en pie y marcharme.


A ver, inventemos un juego, surrealista o no. Dibujemos dos líneas en el aire, como en cruz: la horizontal se llama pathos y experiencia; la transversal o vertical, que la corta, es la cuerda del pensamiento, ese logos difícil. Instalemos esa brújula en el aire y situemos algunos nombres de nuestros próceres poéticos. La vertical Norte-Sur, o del pensar hiperlúcido, registra la vivacidad imaginaria y la conciencia crítica del lenguaje: Huidobro, Borges, Paz, la gracia, el destello del humor; la horizontal Este-Oeste, la gravedad, el peso, la “terribilitá”, el desollamiento del no sé, Vallejo en una punta y Neruda en la otra.


De repente hay personas iletradas, analfas, pero que tienen una gracia imaginativa, sensitiva, una luz y, sobre todo, un lenguaje fresco, lozano, vivísimo, intenso. Son verdaderos poetas. Los poetas ignorantosos se quedan a media vela o no hacen nada, o son unos reiterativos; creen descubrir todo el universo y no han ido ni a la esquina. Hay que leer y leer por dentro. No académicamente, sino meterse dentro de la palabra, descifrar el juego.


Mi obra entera es un solo todo girante sobre sí mismo… La gente cree que escribir poesía es como escribir unos libros de relatos o de ensayos, en los que hay primer volumen, segundo, tercero, cuarto, quinto: mi visión responde a esa concentricidad y también a esa excentricidad, es decir, se va hacia el centro, se retira del centro hacia fuera y se vuelve hacia el centro. Es un ejercicio de diástole y de sístole imaginativas. De ahí mi preocupación por la dispositio.


Disidente y nunca obsecuente, mi pasión fue la búsqueda: la búsqueda de absoluto.


Creo que hay una resonancia sin fin y una dialéctica de las influencias. Nosotros no tenemos que ser tan necios como para pensar que somos los inventores, los inauguradores, los progenitores de todo lo que decimos. Yo estoy con la idea del rescate, del rehallazgo, más que con la famosa invención que siempre es peligrosa.


Lo peor de este mundo es que a uno le premien. No hay que ser premiable y tampoco hay que ser sentable, ni academizable. No hay que estar en ninguna academia, en ningún lugar de éstos de la seguridad; las sillas de la seguridad son las peores. Estoy hablando de esa seguridad, aunque hay otras pavorosas.


(Estos 46 fragmentos corresponden a palabras dichas por el poeta Gonzalo Rojas en entrevistas o grabaciones hechas durante sus lecturas públicas. Los textos fueron dispuestos como Comentarios en la edición de Íntegra / Obra poética completa, realizada por Fabienne Bradu para el Fondo de Cultura Económica, durante el año 2012. La selección de estos 46 fragmentos, que forman una poética en el más amplio sentido de la palabra, fue realizada por Sergio Muñoz Arriagada en la ciudad de Valparaíso).


2) Discurso en el paraninfo:


Discursos van, discursos vienen y no dicen gran cosa. He medido las páginas. No pasaré de diez con letra grande.


Ya Cervantes lo dijo todo en esta lengua de nacer y seguir naciendo desde la meseta hermosa hasta los últimos parajes insulares, de los trópicos a la Antártida, y uno debiera entrar en el callamiento este 23 que no es de abril sino de la respiración del mundo. Porque uno dice aire y dice tiempo con respiro temerario y hasta dice eternidad en español, sílaba y más sílaba, del vagido al velorio, y el prodigio sigue creciendo más allá de toda circunstancia por adversa que sea; más allá por ejemplo de la inmolación y del martirio en esos rápidos que el otro día partieron extrañamente de Alcalá.


Ser es crecer y eso lo dijo el sánscrito, de tal suerte que cuando somos más bien crecemos.


Pero no procede la alabanza en esta fecha sino la confirmación de que vivimos colgados del lenguaje, como dijo Niels Bohr y ese lenguaje es el que respiramos y vivimos a cada instante, lo mismo en la península que en las cumbres andinas o en la vastedad oceánica, o en las grandes ciudades, de los trópicos a los hielos.


No estoy tan seguro de que el juego dé para tanto en el bellísimo Paraninfo como para decir algo nuevo. No hay nuevo. Apollinaire habló con insistencia de le nouveau al empezar el otro siglo. ¿Qué será le nouveau? Un minuto, y se arruga.


Vivimos tiempo que ni se detiene ni tropieza ni vuelve. Soy hijo de minero del carbón y eso lo dije hace doce años, cuando el Premio Reina Sofía, y está escrito que los verdaderos poetas son de repente, y no basta el oficio. La poesía encarna en uno como por azar. También lo dije allí. Te dan la palabra que no mereces y te pones a balbucear el mundo, imantado como en el amor por el encantamiento y el desollamiento. Lo dijera Cervantes:


Yo que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo.


Me remonto a mi mocedad, a esos diecisiete años que andarán siempre en nosotros, me remonto a mi mocedad con epicentro en la Biblioteca de la calle Vivar en Iquique, naturalmente Ruy Díaz de Vivar. En ese Iquique que vino a ser algo así como mi primer exilio, o más bien mi intraexilio en los bordes del Perú. Ahí me veo leyendo todavía sin parar la colección entera Rivadeneira, donde también Darío aprendió a leer a España en profundidad. Ahí debemos andar todavía entre los altos anaqueles, naciéndonos los unos de los otros: cervantinos, quevedianos, gongóricos, teresianos, ¿por qué no?, a la siga de Juan de Yepes, rey del idioma. Pero no sólo a la siga de la clasicidad áurea, sino también de aquellos otros - los cronistas - que escribieron el Nuevo Mundo en esos mismos días, más allá de los mares, los desiertos, los abismos, cuando el Descubrimiento y más acá del Descubrimiento, cuando la Conquista y el gran minuto colonial, que no fue acaso servidumbre sino proyecto de ser. De ser y de más ser como es la libertad y el ejercicio mismo de la poesía. Ahí me veo también leyendo por primera vez la Revista de Occidente, el diario El Sol de Madrid y el Lorca del Romancero gitano, y a los poetas del 27.


"No hay Dios ni hijo de Dios sin desarrollo", dijo una vez Vallejo, el más grande poeta del Perú, genio del mestizaje como nuestra Mistral o nuestro Rulfo, nuestro Darío o el mismísimo Neruda cuyo centenario está ardiendo estos días en la Patria Grande de Cervantes que es la lengua. Esa Patria Grande que nos une a todos por sangre y por oxígeno, se entiende, desde el Cid al Quijote y más acá.


Cuando hablo de la amarra entre la Edad de Oro y los Cronistas de Indias, estoy pensando necesariamente en los progenitores de la gran narrativa iberoamericana, los Carpentier, los Rulfo, los Arguedas, los Cortázar por ejemplo, y aún en nuestros poetas visionarios: un Huidobro, una Mistral, un Pablo de Rokha, un Vallejo, un Neruda o un Octavio Paz.


Más claro: no es que seamos únicamente libro, somos también imaginación abierta a las grandes mudanzas, y amor, y libertad al mismo tiempo. Todo eso hablando de niñez y reniñez incesante, de riesgo y de coraje.


Ahí vamos en la apuesta. ¿Qué será el 3004 de nosotros, por ejemplo?, ¿el 4004 qué será? Ahí estará otra vez intacto Cervantes leyendo el parpadeo de la historia en el de las estrellas. Leyendo el mundo y releyéndonos. ¿Qué será de él mismo y por añadidura, si se quiere arbitraria, qué será de nuestro Borges y su Aleph, Neruda y su Residencia, Vallejo y su Trilce, Carpentier y sus Pasos perdidos, Huidobro y su Altazor, Darío y más Darío?


De niño aprendí solo, yo solo, que hay que mirar hacia adelante y también hacia atrás al mismo tiempo y no tenerle miedo al miedo. Porque no se me da la sentencia preciosa del gran Eliot: "Te mostraré el miedo en un puñado de polvo". No es para tanto, nunca es para tanto.


Está escrito que los grandes ríos arrastran la sabiduría; el Bío-Bío por ejemplo, que procede de Buy-Buy, vocablo de los aborígenes para designar a esa inmensidad sonora como el Yang-Tze o el Orinoco, ese mismo Buy-Buy de mis infancias que el otro Alonso vadeara tantas veces allá por los veintitrés de su mocedad, el caballo andaluz todo sudado. Pinto la figura y paro: el verdadero fundador de Chile es él, inventor de su mito en La Araucana celebrada por Cervantes en el capítulo VI, mito que aún resuena en el Canto General de Neruda. Ahí va esa octava inmortal que más parece un parte clínico de hoy con fecha y hora exacta:


Aquí llegó, donde otro no ha llegado, don Alonso de Ercilla, que el primero,

en un pequeño barco deslastrado, con sólo diez pasó el Desaguadero el año cincuenta y ocho entrado sobre mil y quinientos, por febrero, a las dos de la tarde, el postrer día volviendo a la dejada compañía.


Señoras y señores: Difícil enhebrar la aguja lúcida para este barbarofonón. La poesía encarna en uno como por azar. Y es que uno no la merece a la palabra. Se la dan porque se la dan. Será cosa de los dioses pero también del obseso de ser y más ser que anda en el mísero alumbrado que soy yo mismo, ese otro alumbramiento más allá de la madre, de la niñez a la reniñez, del vagido al velorio, y por ahí cosa más de fisiología que de metafísica, más de animal de instante que de loco de eternidad, aunque siempre hice mías unas parcas líneas de Teresa de Ávila, a unos milímetros de Gabriela.


Tengo una grande y determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera me muera en el camino, siquiera se hunda el Mundo.


Lo que quiero decir es que encima de los ochenta -ya destemporalizado y desespacializado- sigo intacto, creo que sigo intacto, nadando en el oleaje de las pubertades cíclicas, de encantamiento en encantamiento y de desollamiento en desollamiento. Nada me desengaña y el mundo me ha hechizado, sin insistir en la cuerda de Quevedo. Ni en la de Huidobro que nos hizo viejóvenes para siempre. No paso de aprendiz y el seso no me dio para letrado, ni menos para el fulgor encandilante de estar aquí. Pónganse en mi caso, es que no lo merezco ¿qué lo voy a merecer?


Alone, pontifex maximus de la crítica oficial de Chile, cartero o no pericoloso de las honras, me echó fuera del planeta el 48, cuando mi primer libro; ¿cuál sería ese domingo mercurial? - "Al paso que van, dijo, las letras nacionales no prometen nada bueno". Epitafio antes de nacer, la vanidad se cura a la intemperie como las grandes heridas, ¡y además mi libro se llamaba La miseria del hombre! Escarnio pide escarnio, y es bueno que a uno le digan no. No, porque lisa y llanamente no, y basta. Mucho te encumbra y te envilece. Ah, y otra cosa en esto de escribir y difundir: demórate demorándote todo lo que puedas, ritmo es ocio y sosiego (y eso lo supo Cervantes como nadie), prisa para qué, laudatio para qué, vitrina publicitaria, publicidad vergonzosa para qué. Este oficio es sagrado y no se llega nunca. Claro, uno cree que de repente dice el Mundo, y puede ser ¿por qué no? cada diez, cada cinco, cada tres, cada nunca, ¿por qué no? Se escribe y se desescribe, Kafka, Rulfo, Vallejo incomparable. ¡Y Cervantes, mi Dios!


Y algo entonces sobre el aprendiz interminable que soy yo mismo. Escribo cada día al amanecer cuando el duchazo frío me enciende las arteriolas del seso. Siempre me funcionó el crepúsculo matinal; el otro, el vesperal, mucho menos; será cosa de respiro imaginario. Porque de veras soy aire y eso tiene que ver con el océano del gran Golfo de Arauco donde nací, y también con las cumbres de Atacama donde (allá por mis veinte años) los mineros del cobre me enseñaron mucho más que el surrealismo: a descifrar el portento del lenguaje inagotable del murmullo, el centelleo y el parpadeo de las estrellas.


Permítanme aclarar: yo tenía veinte años y estaba ahí estudiando en una facultad de letras de Santiago capital de no sé qué, a unos metros del gran Huidobro a cuya casa solíamos concurrir algunos jóvenes para oxigenarnos. De golpe se me dio el hartazgo. ¿Hartazgo de qué? De nada, como es el hartazgo; en ese asomo al ser que dice Heidegger. Entonces me aparté de todo y me marché a las cumbres de Atacama en búsqueda de mí mismo como son todas las búsquedas o en busca de mi padre muerto, que casi siempre es uno mismo. Además él fue un minero que venía de mineros, de esos mismos nortes. Así, fui a parar al norte, en diálogo amoroso con mujer, una muchacha limpia y mágica de apellido británico, madre del hijo primogénito. Después, ya libre de academias y vanguardias vanguarderas, el viento de esas cumbres me lo dio todo.


Sé que me repito pero qué le voy hacer. Soy la metamorfosis de lo mismo. Y el país longilíneo es para la risa: se lo da todo a sus poetas: la asfixia y el ventarrón de la puna, el sol hasta el desollamiento, lo pedregoso y lo abrupto ¡y que lo diga la Mistral!, el piedrerío, lo hortelano y la placidez, el sacudón que no cesa y unas veces estalla cataclístico, la fiereza de las aguas largas y diamantinas, los bosques donde vuelan todos los pájaros, ¡esos bosques!, ¡esa hermosura que nos están robando del Este y el Oeste en nombre de la tecnolatría!, lo geológico y lo mágico de más y más abajo donde empieza el Principio, más allá todavía de lo patagónico y lo antártico. El rey Juan Carlos anduvo el otro día por ahí y alcanzó a ver lo diamantino de lo antártico y sus increíbles proyecciones para otros plazos del planeta. Yo también anduve ahí hace unos años y fundé una escuela para niños en La Villa de las Estrellas. Esto vengo a pedir en la gran fecha cervantina: volvamos al reencuentro de los unos y los otros. Volvamos al rehallazgo en la Villa de las Estrellas.


¡Chile: país vivido! Personalmente yo he vivido largo a largo ese país y no por turismo literario, ¡Dios me libre! sino por locura y, ya de niño, me fui a morar para siempre a cada uno de sus párrafos geológicos y geográficos, de norte a sur. Pero no soy eso que dicen un poeta lárico o telúrico sino más bien un poeta genealógico de mundanidad, que cree en la doble parentela: la sanguínea y la imaginaria. De eso supo Cervantes como ninguno. Así, por ejemplo, si el minero del carbón don Juan Antonio Rojas me engendró en plena juventud en la ventolera seminal de los ocho hijos al cierre de la primera guerra, también me engendró Vallejo y, ¿por qué no? Quevedo.


Dos animales literarios por portento especial me deslumbraron en el siglo que pasó, tanto o casi tanto como el genio de Alcalá a lo largo de mis niñeces y mis reniñeces, dos adivinos anarcas y mágicos a la vez hasta las medulas desolladas, como hubiera dicho Quevedo (sin esdrújula), dos esquizos prodigiosos que hablaban solos y no es cosa de niños ni de viejos:


Ezra Pound, que hablaba solo; Borges, que hablaba solo, Roberto Matta, que sigue hablando solo. Lo incluyo a Matta en la dinastía porque ese sí es un poeta pura sangre como Juan Rulfo aunque ninguno de los dos haya escrito nunca un verso. ¡Ese Matta transgresor - roto y pije a la vez, fino y rajado (como se dice en Chile), allendero como yo, partidario de la justicia hasta las últimas consecuencias como el ingenioso hidalgo, defensor de los humillados y ofendidos, los ametrallados y los mutilados, los desaparecidos y los muertos en el plazo pavoroso del 73, ese Matta que sigue dándole buen oxígeno a la especie! En cuanto a Pound, "galimatías y esplendor" - como lo juzgó alguna vez Octavio Paz -, nacido en Idaho donde dicen que crecen las mejores patatas del planeta (potatoes se dice allá), en cuanto a ese clásico único apaleado por loco en nuestro plazo, cuyos Cantares todavía serán leídos más allá del siglo veinticuatro, a ese tal lo vi o lo intraví en Venecia el 99 bajo la llovizna en la prisa del cimitero de San Michele a medio cerrar porque ya iban a ser las cuatro y el vaporetto cincuenta y dos que sale de San Marcos no espera. Ahí alcancé a ponerle al acostado bajo el mármol alguna rosa y alguna lágrima -¿por qué no?- y a decirle "Arrivederci, Miglior Fabbro: nos vemos"


T. S. Eliot acertó cuando le puso así en la dedicatoria de su Waste Land (Tierra Baldía): "Al miglior fabbro". Al mejor hacedor. Ahí quedó durmiendo el ocioso, al arrullo del tableteo de las aguas.


A Borges, en cambio, lo vi en pie, bastón en mano, en Yale el 81, pero él naturalmente no me vio. Todavía está ahí ¿será el único que no se nos ha muerto nunca? Algo hay en él de resurrecto incesante, como en Huidobro o todavía más en Vallejo, quien es el que más me es, en rigor de abolengo, de los progenitores inmediatos de la centuria que pasó. Siempre hablando de Borges, o últimamente de Neruda, eso de los cien años es cosa peregrina, ¿quién no cumple cien años? Además, qué importan las efemérides engañosas. El tipo está joven y el Aleph está escrito en ese texto genial, como le pasó a Neruda con su Residencia en la Tierra. Lo que fascina a la gente es el renombre y el estruendo de los premios, pero nada más escaso que el ojo de leer. ¿Y Matta? Bueno, él es para mí el relámpago y parece gobernarlo todo con su invención: lo visible y mucho de lo invisible. No sólo es ojo sino galaxia distinta, parto de mundo, alguien que de veras ve de día a las estrellas, como Don Quijote, un alumbrado en fin. Y además, qué modo de silabear el mundo en sus escritos, de vislumbrar el caos primigenio, y cuánto amor por el hombre entero que algún día vendrá después del descuartizado que somos.


De repente estoy en la reniñez y me digo con el gran Horacio de hace dos mil años: "Lusisti satis, edisti satis, atque bibisti. Tempus abire tibi est".


Jugaste bastante, comiste romanamente, y bebiste: ¡tiempo de que te vayas!


Vamos cerrando con un texto que escribí allá abajo en la Antártica entre el zumbido y el crujido de los grandes hielos color turquesa, y el silencio que sigue siendo para mí la única voz.


Lo escribí en un rapto casi instantáneo el 93 como una carta al Nadie que anda en lo efímero del hombre. Quiera oírla Cervantes desde la eternidad de los hielos donde no se cronometran nuestros míseros siglos.

Y ahora la última página, la diez como prometí. Se me excuse la asfixia de los versos veloces.


Los leo ahí, sin más:


1. Poca confianza en el XXI, en todo caso algo pasará, morirán otra vez los hombres, nacerá alguno del que nadie sabe, otra física en materia de soltura hará más próxima la imantación de la tierra de suerte que el ojo ganará en prodigio y el viaje mismo será vuelo mental, no habrá estaciones, con sólo abrir la llave del verano por ejemplo nos bañaremos en el sol, las muchachas perdurarán bellísimas esos nueve meses por obra y gracia de las galaxias y otros nueve por añadidura después del parto merced al crecimiento de los alerces de antes del mundo, así las mareas estremecidas bailarán airosas otro plazo, otro ritmo sanguíneo más fresco, lo que por contradanza hará que el hombre entre en su humus de una vez y sea más humilde, más terrestre.


2. Ah, y otra cosa sin vaticinio, poco a poco envejecerán las máquinas de la Realidad, no habrá drogas ni películas míseras ni periódicos arcaicos ni -disipación y estruendo- mercaderes del aplauso ignominioso, todo eso envejecerá en la apuesta de la creación, el ojo volverá a ser ojo, el tacto tacto, la nariz éter de Eternidad en el descubrimiento incesante, el fornicio nos hará libres, no pensaremos en inglés como dijo Darío, leeremos otra vez a los griegos, volverá a hablarse etrusco en todas las playas del Mundo, a la altura de la cuarta década se unirán los continentes de modo que entrará en nosotros la Antártica con toda su fascinación de mariposa de turquesa, siete trenes pasarán bajo ella en múltiples direcciones a una velocidad desconocida.


3. Hasta donde alcanzamos a ver Jesucristo no vendrá en la fecha, pájaros de aluminio invisible reemplazarán a los aviones, ya al cierre del XXI prevalecerá lo instantáneo, no seremos testigos de la mudanza, dormiremos progenitores en el polvo con nuestras madres que nos hicieron mortales, desde allí celebraremos el proyecto de durar, parar el sol, ser -como los divinos- de repente.


(Palabras pronunciadas al recibir el Premio Cervantes 2003. Alcalá de Henares, 23 de abril de 2004).

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