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  • El Circo en Llamas

METÁFORA DE LO COSIDO

En este ensayo Nina S. Castillo traza una línea entre la tercera novela de Juan Godoy, Sangre de murciélago (1959) y el cortometraje La Dueña de Casa (1976) de Valeria Sarmiento, en búsqueda de los lugares que ocupan lo cosido y lo cocido en la construcción de la identidad. Cruce entre las voces de la juerga y de los espacios interiores.


Por Nina S. Castillo


Sangre de Murciélago (1959) no es el remedio, es el diagnóstico. Escrita a pulso mirando el alcoholismo como trastorno psicosomático, supo construirse a partir de anécdotas autobiográficas, fórceps sociales y escuchas mundanas. La tercera novela de Juan Godoy se sirve de polifonías y coyunturas etílicas, haciendo transparente las conjeturas testimoniales de un grupo de hombres pertenecientes a una institución de reeducación y sanidad mental.


A diferencia de las novelas anteriores, Sangre de Murciélago parte del presupuesto de que la derrota es esa cordillera que cambia según donde se la mire. Nunca un saldo en contra, siempre devaneos de una vida otra que los convoca como presente. Aquí el trasiego de la disputa política de los sectores populares ya no reclama imaginario alguno, más bien se instala con distancia so pretexto de las apariencias y experiencias que oscilan en la (im)potencia de lo común. La estrategia de Godoy no se encuentra en la frontalidad de quienes pueden ser asistidos y rehabilitados, más bien nos propone una radiografía para contemplar –desde lo minúsculo– la crisis de quienes debían levantar un proyecto país. En este sentido, la concatenación de las voces que van apareciendo, si bien se articulan desde el acomodo institucional, disputan el correlato y la recepción de quienes ingresan en calidad de lector-auditor. La novela escancia el recurso ficcional para luego anularlo: es un rapto.


Para abordar lo dicho es dado ir a la experiencia de “La Dueña de Casa” (1976)[1] de Valeria Sarmiento. Lo que Godoy instala desde la prosa, Sarmiento lo explora como soporte cinematográfico. El espacio interior como microuniverso, la composición de sus personajes en base a un punto de fuga, así como la disonancia propia de un exterior que no participa de forma orgánica con el tiempo común de los personajes, son registros homologables en la construcción de los personajes-mesetas que oscilan en la novela. Nuestra convocatoria termina por enhebrarse con lo que Godoy zurce desde el contrapunto escritural, a propósito de lo que él subrepticiamente va anunciando. El resquicio instalado a partir de la mirada del paidólogo como personaje protagónico, no es tanto epicentro narrativo como sí punto ciego para observar los hechos desde su propio arrojo. Esto último se acerca bastante al recurso empleado por Sarmiento con el falso televisor para observar el tránsito de sus personajes desde el reencuadre que dicho aparato sugiere –desde lo actitudinal. En este sentido, la mirada del paidólogo como testimonio es al televisor, como el televisor es la mirada –la nuestra– sobre lo que tiene lugar.



“La Dueña de Casa” (1975).


En la misma línea, la construcción de las identidades desde los dispositivos de reinserción, nos traslucen su porvenir. Ellos no son solo el grupo de hombres en la derrota insular, también son la ausencia de contienda, la contradicción inmanente de sus lugares de mundo. Son todo lo vivido/bebido “para morir todas las muertes”, a sabiendas que éstas crecen expandidas “como el blanco de un ojo abierto en el abismo”.


A diferencia de las obras precedentes, en la tercera entrega de Godoy ya no suenan los pasos fangosos de personajes que circulan en un mismo eje (La Cifra Solitaria, 1945), o grupos humanos contándose en obsesiones (Angurrientos, 1940); aquí sus hombres se miran, se contradicen, se escuchan; los unos y los otros se beben, se cosen, se lanzan sincrónicamente al cadalso de una rehabilitación psicosocial, todo con el sentido de reintegrarse a la normalidad que yace a la espera de ser reivindicada. Este aquí se constituye de cuerpos cuyas voces hablan de su pasado, enterrando toda significancia con el presente. Pareciera que la hegemonía oligárquica y la república latifundista estuviera muteada por un montaje que pone en primer término las contestaciones y la dipsomanía de la comunidad. El ahora en abstinencia es el reordenamiento sensible de ese otro tiempo de fulgores, la recapitulación de una vida que se redime a sí misma como purga y como deseo.


Estos hombres polifónicos igualmente se ríen, se ufanan del tiempo “libre” y de los desplazamientos que se permitieron antes de coincidir en el Instituto. Todos cruzaron y caminaron por las mismas calles. Todos pueden reconocer un Santiago que cambia su temperatura según el hambre visible de su radio céntrico. Las anécdotas de estos parroquianos van remontando los bares y las cantinas testimoniales para revisitarlas. La toma de palabra moviliza el dispositivo terapéutico al mismo tiempo que lo allana. La escucha colectiva construye un estado de latencia. No se habla de lo bebido si no para volver a beberlo, y he ahí la proximidad dada entre lo que se recuerda y los que se cose como próximos retornos.


Las vistas desde diferentes partes de la ciudad se vuelven un horizonte común de los tránsitos que se narran. Santiago nunca fue tanto goce como cuando estos hombres trazaron sus desplazamientos en el aciago de sus recuerdos. Las ventanas, los balcones y los éxodos son todas evidencias de la ciudad deseada. La imagen de la capital acalla la percepción de derrota, lo mismo que la conciencia resignificando lo bebido-vivido en ese no-tiempo que se soslaya. Hay recuerdos lo mismo que culpas: siempre una doble vertiente.


Muy cerca del eco «Sangre de murciélago»vociferado por un personaje en estado catártico, y muy cerca de los devaneos psicoanalíticos sobre la bisexualidad atávica –a cargo del ex agente de seguro Regino Meza–, las más de diez biografías que se componen como audiencias empiezan a colisionar con la memoria propia. Hay quienes hacen la posta, hay quienes pueden la cumbre. Súbitamente el gastroenterólogo y veterano –reincorporado–, el Dr. Carlos Veliz, después de hacer su retirada de la mesa, asalta la tertulia para presentarnos en un acto la figura del Baco Bromio. Entre pasos de cueca y un huifa-rendija al unísono, relata en primera persona las dos vertientes que constituyen a Dionysos. El femicidio de Semele y la posterior gestación de Zeus en su muslo, son ese doble nacimiento que se reclama como base identitaria. Son también las dos vertientes por las que bebe el rito pagánico de su fuerza cósmica. El hallazgo de la perla por el padre, y así la cosedura al muslo, nos devuelve la metáfora que resignifica al brebaje como sutura, como la unión –y comunión– de dos márgenes inscritos en ese blanco que se expande como abertura en el abismo. El dios cosido saluda grandilocuente la conformación de su rito y a quienes lo hacen posible. Se agita en la voz performática del Dr. Veliz para despedir su aparición desdoblada: escanciad! escanciad! huifa! rendija! La madre y la hija!


Entonces la metáfora, entonces la comunión. Las verborreas de la novela van tejiendo el relato que después irá a los rieles de la estación de San Bernardo, la construcción de ese gran único acto que hace cumbre la meseta vital. La novela juega con su elemento centrífugo para que el allanamiento tenga cabida, y la forma de esa cabida es la estructura de su movilidad, el rapto que se urde para ir a mostrarnos cuánto puede lo vivencial. Son la misma ciudad, sin embargo, la bifurcación natural de los cauces terminará por separar los testimonios hechos vertientes, doblemente vertidos en un tiempo-sutura.


La primera aproximación, diríase posta, me la dio Waldo Rojas al declarar que Sangre de Murciélago era otra cosa. Hay un verso suyo que me permite sortear un cierre para estos devaneos, y es a modo de pregunta: ¿Quién detiene el cauce de las cosas y los hechos en este punto, como un puente que se desploma, mientras pasa el día mutilado arrastrando los miembros trabajosamente?[2] Yo diría Juan Godoy: un licor cáustico que diluía la carne o la memoria[3].







[1] Disponible en: https://www.playficvaldivia.cl/content/detail/60468417d5477e0018a21b85/La-Duena-de-Casa-(La-Femme-Au-Foyer) [2] Verso del poema “Moscas”, en Príncipe de Naipes (1966). [3] Ídem.

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