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  • El Circo en Llamas

MY OWN PRIVATE STELLA (1993-2006)

Una crónica sobre Stella Díaz Varín


Por Rodrigo Ratón Hidalgo


La primera vez que oí su nombre fue en el poema de Redolés, ese en que juegan a la pelota los poetas vivos contra los poetas muertos, y el relato deportivo es interrumpido por un verso publicitario que anuncia: “desde Rosabetty Muñoz y Teresa Calderón hasta Stella Díaz Varín, un solo camino de poesía hasta el fin!” Eso debe haber sido hacia 1993, conocía a Redolés pero no lo había escuchado detenidamente. No existía Bolaño. El mítico puñetazo de Stella en la Sech a Lafourcade aún vibraba en la mandíbula de la poesía chilena. El aire que respirábamos era finito, delgado, pasaba entre las rendijas apenas abiertas, se colaba, como un cola Lemebel.


Hablo del campo literario y su under, una atmósfera pastosa, con saburra en la lengua, del 90 al 2000. De los (des)encuentros (des)esperados de Andrea Maturana a la Natalia de Pablo Azócar, cuando como dijo Sonia González Valdebenito, matar al marido era la consigna. Y yo comenzaba a armar mi biblioteca con Los dones previsibles de Stella Díaz Varín, y otros libros de Cuarto Propio, Mosquito, Beuvedráis, adquiriéndolos en la Librería Cronopios del poeta Mario Ferrero, en el Lastarria del Divino Anticristo.


Era el año 98, yo estaba terminando de estudiar periodismo en la Chile, mi compañera Carolina Jiménez estaba haciendo su tesis sobre María Carolina Geel y gracias a una pareja que conoció a través de su hermana, iba a entrevistar a Stella. Yo me había incorporado a la revista La Calabaza del Diablo, había conocido a los hermanos Montecinos y a los hermanos Pinos, un mundo se abría delante de mí. La pareja que conocía a Stella Díaz Varín la conformaban el librero, dibujante y traductor Cristián Olivos y la bibliotecaria Elizabeth Roberts, que era vecina de la poeta, vivían ahí “detrás del Estadio Nacional”.


Pero además Olivos tenía su Librería Interzona, en los locales comerciales de Providencia con Miguel Claro, y hasta allí solía también llegar Stella, a fumar, tomar a escondidas un vino blanco, y a platicar con los habitués del lugar, como Edmundo Rojas, de la Editorial Beuvedráis, que traía alguna novedad de Armando Uribe o de Mahfud Massís. O de Piero Montebruno, Armando Roa. Pero me adelanto, eso fue ya el 2000.


Antes, ese mismo año 98, hubo una noche en que Stella llegó a bailar a una fiesta que había en la Escuela de Periodismo, que estaba en toma. Bailamos un rock and roll. Traté de lucir mis dotes de bailarín. Pero la verdad es que era tal su fuerza que más debo haber parecido un pañuelo sacudido al viento por sus brazos de acero. Quiso bailar con nuestro colega escritor y periodista Juan Pablo Barros, pero éste rehuyó tímido el honor. Compartió unos breves tragos con nosotros, insistió sin éxito en que fuéramos al Jaque Mate y al cabo de un rato la acompañamos a tomar un taxi para irse a su casa. Fíjense por favor que no tenga cara de violador el taxista, tómenle la patente, nos ordenó con su vozarrón mientras se arremangaba la pollera y se sentaba al lado del aludido.


Aunque en esa época el idilio platónico de Stella era más bien Piero Montebruno, quien como adelanté publicaría en Beuvedráis, sello en que Olivos fue varias veces traductor e ilustrador también a lo largo de los años y con quien fui trabando una amistad duradera. Una década y media que costó sacar adelante, no se moría nunca el tirano. Parra celebrando en grande sus 80 y sus 90, leyendo ante miles de universitarios, pobladores y ciudadanos sin auto. Del 90 al 2005 más o menos. Fueron decenas de encuentros con Stella en recitales poéticos o lanzamientos. En la Sala Ercilla de la Biblioteca Nacional y en la Sech, cuántas veces. O en eventos como este registro del año 2001, en el que se la puede ver sacando risas de la concurrencia con su desenfado, leyendo en una testera junto a los poetas Leonardo Sanhueza y Piero Montebruno, y del artista visual y performer Carlos Lepe. Recuerdo bien aquella tarde en la plaza Camilo Mori de Bellavista. El video es corto y puede en él verse que sobre la mesa hay una sandía con la que más tarde interactuaría Lepe. Lo que no muestra el video es que antes de terminar su lectura Stella le hizo sacar del podio la fruta al performer, gritando con su estentóreo vozarrón algo así como “saca esta porquería de acá hombre” a un Lepe que sosprendido y atolondrado, accedió a la orden de la poeta.


Soy de los tantos a quienes no les gustó el documental “La Colorina” – y es que algo de morbo innecesario tiene toda última imagen. Sin embargo, luego de verlo varias veces cambié de parecer. Luego de su muerte yo mismo organicé en memoria de Stella más de un homenaje en distintos lados, proyectando “La Colorina”. Ejercicios vanos y fatuos, estúpidos diría ella. La oigo clarito. Aún así, estas mismas postales son testimonio de una época, de un momento cercano en el tiempo, pienso en el anverso del mentado campo literario o en su reverso más bien, pienso todo lo que hemos compartido, y en lo personal, son lugares y personas queridas y entrañables, que siguen en pie y dando la lucha por encontrar esa palabra perdida, criando y creando su posibilidad como una esperanza, todes les colegas y amigues a quienes aquí he nombrado y que también la conocieron, antes del mito. La Stella de carne y hueso. Puedo decir que tengo el privilegio de seguir oyendo su voz de árbitro severo, de jueza implacable, me vanaglorio de poder evocar su mano en mi mano y la tremenda fuerza de sus movimientos, pero sobre todo que me enorgullezco de estar con ella sino en su misma trinchera, al menos sí en la misma lucha, la de hallar esa palabra escondida.


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