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  • El Circo en Llamas

POESÍA Y PERIFERIA

Actualizado: 24 de nov de 2020

Una lectura de Todo lo que duerme en nuestro corazón (Aparte 2020), de Ricardo Herrera Alarcón.


Por Sebastián Gómez Matus

"Es cierto que Herrera trabaja codo a codo con la poesía de Teillier, pero no es un refrito de ella. También es cierto que hay muchos versos y poemas parafraseados, poemas escritos a partir de poemas o versos de Teillier. Pero si acaso no es una parodia del larismo, es una lectura profundísima de la poesía del lautarino".

Primero deslindar lo siguiente: la poesía de Ricardo Herrera Alarcón no es un larismo de segunda mano. También: la lectura lárica-nostálgica que se ha hecho de Teillier, lectura establecida e indiscutible, es totalmente errónea, reificante y facilona para quienes lo han leído solo para corroborar su larismo. La poesía de Jorge Teillier crece sobre sus propias concepciones y muy por sobre la lectura que desactiva lo que verdaderamente hay en el mundo que habitó.

Todo lo que duerme en nuestro corazón desembocará un día en el mar es una antología que recorre casi veinte años de un trabajo sostenido, desde Delirium Tremens a Santa Victoria, se trata de una poesía escrita en una periferia tan real como benefactora (estar lejos hace bien). Escribir en el sur, desde el sur, sobre el sur, con el sur y contra el sur, es difícil. Es muy fácil desaparecer en “cierto lenguaje etílico”: escribir completamente fuera del cotilleo centralizante que esteriliza la fecundidad de nuestra tradición poética.

Encontrarse con una poesía como la de Herrera refresca cierta tradición en donde lo veo más cómodamente situado: desde Parra, por ejemplo en cierto uso de la aliteración adverbial y algún tono no disimulado; las heterotopías de José Ángel Cuevas y Hernán Miranda, incluso cierto Héctor Figueroa merodea a ratos en el tono de algunos poemas. Pero también encontramos una tradición personal que se resiste a la política de la verticalidad chilena, trazada en poemas como “Molino Tu Fu” y otros donde esgrime una lectura oriental (vamos a decir desplazada) de Carahue, que es su Santa María onettiana o su Yoknapatawpha faulkneriana, con cuya lectura del sur guarda una relación atingente.

No es lárica porque no podemos entender la sensibilidad por la naturaleza como una idealización de ella. El uso de su glosario es paródico y muletilla. Herrera se encarga de presentarnos un sur ominoso, precario y dislocado de los lineamientos nacionalizantes. Es como un Rodrigo Lira de Teillier, lo depreda, es el óxido de esos columpios o la sustracción de los columpios para borrar los espacios de la niñez. Además, aún se ven garzas y sidrerías. La neblina matinal todavía envuelve a fantasmas abrigados, “la villa se vuelve a inundar”.Y por otra parte, resulta corrosiva con todo guiño de posmodernidad proclamada. Desmantela rápidamente la ficción metropolitana, en sintonía con lo que Mario Verdugo señala en un artículo sobre Literatura y Territorio: “La fijación de lo nacional en el espacio físico implica también un esfuerzo de posicionamiento en el imaginario, cuya consecuencia ha de ser la adhesión de los sujetos no centrales a la totalidad diseñada desde el centro, junto con algún grado de desarraigo respecto del entorno inmediato”. Esto último no se cumple en el caso de Ricardo Herrera, entre otras razones, gracias a su reiterado uso de la parataxis, empleada con elementos tan contrastantes como el merkén y un suicidio kitsch; el constante desplazamiento de las referencias reconocibles, en un procedimiento ideológico fulminante, donde logra arcaizar el presente mediatizado, digital, que provee la ilusión desterritorializada de conectividad. Esa filia tan contemporánea por lo último, como si lo real caducara a cada instante y fuera reempalzado por un nuevo dispositivo. Esto no parece importarle a Herrera. En pleno mutualismo del yo, su atención está en las fisuras del mundo, en particular en la tierra mapuche.

Al respecto, hay dos poemas que tratan ejemplarmente lo que planteo. Uno es “Globo rojo”, que comienza así: Me gusta la gratuidad en las palabras, ese nonsense, ese surrealismo barato,/ Ese creacionismo a seis mil metros de altura del sentido. En la página siguiente está la “explicación”dialógica de su dispositivo Carahue es China; nos cuenta el poema: Yo escribía poemas sociales/ Que trataban la llamada cosa social/ Hasta que realicé un viaje a China/ Específicamente a la región de Zhejiang/ Y me instalé durante varios meses/ En un pequeño pueblo llamado La Ciudad que Fue/ Donde el tiempo, literalmente, se había detenido. Como en la novela de Bohumil Hrabal, ese pueblito que rodea una cervecería y pasa de la ocupación nazi a la ocupación rusa. Maryska, la protagonista de la novela, puede ser un símil espectral de esta poesía china.

Más arriba hablé de parataxis, justamente, porque todo este libro me hizo pensar en “China”, el clásico poema de Bob Perelman, citado en su momento por Frederic Jameson para dar un ejemplo de “mal” posmodernismo. Si bien sus poesías parecen distanciadas por todo un mundo, en la interfaz de la poesía se encuentran. La forma que tiene Herrera de cruzar su posición lejos de los centros culturales con la parafernalia y la jerga de los mismos, lo vincula con Perelman, por qué no. Sobre todo, insisto, en la parodia de mundo. El sur que leemos en los poemas de Ricardo Herrera no responde a lo lárico, sino que parodia y, dicho de una vez, cuando recurre a él fuera de ese tono, su poesía decae. El mejor Herrera es el que se acerca al delirio como sistema, cuando todo el imaginario lárico entra en la sordidez que se respira en el sur actual, y sus referencias, que está plagado de ellas, se perfilan de manera dispersa y múltiple: Namur, que inmediatamente es Michaux, y Alejandría, que es Kavafis.

El paisaje está motorizado, dice una línea del poema de Perelman. Un tatuaje de Mao en las bolas rapadas, leemos en Herrera.

Cabe señalar otras dos cosas fundamentales en la poesía de Herrera. La presencia de Allende, que sigue comunicando desde su “más allá” nominal, desplazada como la promesa misma del comunismo o socialismo, o bien la extensión de su fantasma por fin aterrizado sobre las posibilidades de una cultura. Con una conciencia política nada correcta, el poema “Después de Allende” es sencillamente brutal: Después de Allende todo suicidio es kitsch. / Después del de Allende todo suicidio es pintado por Bruna Truffa. En poemas como “Fui a una charla”, “Una fotografía” o “Uvas pequeñas o pasadas”, donde Allende piensa/ que la tentación de una fruta/ es volverse otra/antes de pudrirse, parece estar cuajada la resaca nacional de la dictadura, bajo lo que llamaremos “Los mejores cuadros políticos de la revolución chilena”, donde se aprecia cauterizada la imagen de La santa sangre exiliada del cuerpo y una ácida distancia crítica con la izquierda mercante. A su modo, desliza una posdata comunista como la que propone Boris Groys: “La revolución comunista es la transferencia de la sociedad desde el medio del dinero al medio del lenguaje […] porque en el capitalismo la propia lengua funciona como mercancía […] Los discursos críticos o de protesta se reconocen como un éxito si se venden bien, y como un fracaso si se venden mal. De modo que estos discursos no se diferencian en nada de todas las demás mercancías, que tampoco hablan (o que sólo hablan para hacer autopublicidad)”.

En tanto poeta de Temuco, no abusa ni se pasa de listo con la causa mapuche. No viene a hablar por nuestra boca muerta. No escribe en representación de nadie de lo que pudiera achacársele. Esto ya es una política dentro de su poética. Sin embargo, al estar inserto en plena Araucanía (como la llamaba Neruda), la cultura mapuche está o tiene que estar en sus poemas, es ineludible. No se arroga misión alguna y escribe sin panfletos ni capitalizaciones personales, sin ese aglomerado de palabras en ambas lenguas, como una bandera hecha en paint. En “Collage” leemos: Construimos este bar a las afueras del deseo/ los mejores cuadros políticos de la revolución chilena/ fundamos este soviet de vagabundos y putas.

Es cierto que Herrera trabaja codo a codo con la poesía de Teillier, pero no es un refrito de ella. También es cierto que hay muchos versos y poemas parafraseados, poemas escritos a partir de poemas o versos de Teillier. Pero si acaso no es una parodia del larismo (él mismo se burla de esto en “Ciudad Gótica”), es una lectura profundísima de la poesía del lautarino, cada vez más cierta, que a estas alturas es una especie de enciclopedia de un mundo que todavía existe, sólo que con internet y smartphones y forestales, con una represión cada vez mayor, que aquí no es estandarte sino experiencia. Finalmente, es la poesía de un poeta del Sur, nos muestra una realidad que creíamos osificada en los anales de nuestra tradición. Su trabajo es prueba de que hay otros mundos, una pluralidad de mundos, otros canales de vinculación. Este libro parece decirnos que “la nostalgia reclama un nuevo nombre”.

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Valor referencial: $8000
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