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  • El Circo en Llamas

QUÉ SERÁ DE LOS NIÑOS QUE FUIMOS

Prólogo del libro Qué será de los niños que fuimos. Imaginarios de infancia en la poesía chilena (Ediciones Inubicalistas, 2017), de Claudio Guerrero. Y link con descarga gratuita online.


Una vez más las trampas de la escritura comenzaron a operar. Una vez más fui como el niño que juega a las escondidas y no sabe qué es lo que más teme o desea: seguir escondido o ser descubierto.

Georges Perec, W o El recuerdo de la infancia (1975).


La palabra lejos es como una mansión abierta para él solamente.

Luis Oyarzún, La infancia (1940).


La poesía es sencillamente un rezago, un sedimento, de la infancia sumergida.

Gabriela Mistral, Cómo escribo (1938).



Uno

Poesía, memoria, infancia. Este libro habla de la poesía, de la memoria y de la infancia como una continuidad indisoluble. Como principio de escritura y como finalidad. Tríada de hondas posibilidades estéticas, de profundas corrientes subterráneas. Tesoro, hallazgo, albricia, en sentido mistraliano. Pozo sonoro como testimonio de una trayectoria vital. Una historia personal de la infancia a partir de una historia lectora. Una vida como lector. Mi vida como lector. Tras los trazos de aquellas cosas que el lenguaje de la memoria a veces no alcanza a decir y que la poesía sí hace. Una historia subterránea de la infancia. Una historia poética de la infancia. Volver a encontrarse con el niño que alguna vez fuimos. Con el que nunca dejaremos de ser. El que habita nuestra memoria por la poesía. El que nos alimenta desde un origen mudo.


Dos

“El futuro de Chile comienza por los niños”. Así rezaba uno de los afiches del Comité Nacional de Navidad, organización creada en 1939 por Juana Aguirre, esposa del entonces presidente Pedro Aguirre Cerda, del Frente Popular. Este Comité se consolidaría en 1944 como una institución permanente del Estado. Pero el afiche, en verdad, pertenece a los años setenta y forma parte de la ahora ya clásica iconografía muralista que acompañó la estética del proyecto socialista de la Unidad Popular. Más que un afiche de recolección de regalos para la Navidad, tiene un sentido político que traspasa lo benéfico, signando y consolidando el proyecto popular del gobierno de Salvador Allende. Este tuvo como uno de sus ejes programáticos de campaña la niñez, garantizando, entre otras medidas, medio litro de leche diario para la población infantil. De hecho, el afiche oficial de la campaña de Allende durante 1969 e ícono de la carátula del disco “Venceremos”, la banda sonora del proceso de la UP, está protagonizado por un niño acurrucado a una roca, acompañado de la leyenda “Por ti venceremos”.


El niño no siempre fue el centro de la política pública. O mejor dicho, nunca lo fue tanto como a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. En estos años, hasta antes del golpe cívico-militar que traza una fractura en nuestra historia nacional, adquirió un estatus propio y significativo que la literatura, la música y el cine también supo recoger como parte de un proyecto que cifraba un Chile otro, un país más equitativo, menos desigual, un Chile que muchos no alcanzamos a conocer sino como utopía.


A lo largo del siglo, el niño fue una permanente preocupación para el Estado, para la familia y también para el arte. Como muy bien lo ha documentado Jorge Rojas Flores en su Historia de la infancia en el Chile Republicano. 1810-2010 (2010), han sido enormes y variados los esfuerzos por construir una infancia digna a lo largo de nuestra historia republicana, por parte de diversos gobiernos de todo tipo y un número relevante de entidades privadas. Esfuerzos que la mayoría de las veces, hasta hoy, han resultado insuficientes o parciales, con políticas públicas equívocas o poco eficientes. Son muchos, todavía, los niños que habitan las riberas del Mapocho, que merodean por las calles, sin casa, sin familia, sin patria. Pero estos esfuerzos reconocibles a través de instituciones, leyes, programas y campañas, también tienen una contraparte, que puede verse de manera complementaria y a veces declaradamente derivado de aquellas, con la gran cantidad de producciones estéticas que tienen como protagonista al niño infantil. El mismo estudio de Rojas Flores recoge de muy buena manera diversas representaciones de infancia en las artes visuales, la música, el cine y la literatura, a lo largo de doscientos años de institucionalidad republicana.


Este libro se ocupa de la literatura, y especialmente de la poesía, género que le dedicó al niño, tempranamente, un reconocido lugar. Se recoge aquí, de manera parcial y a veces antojadiza como ocurre con cualquier selección de textos, es decir, sin pretensión alguna de exhaustividad o sistematicidad, algunas de las expresiones poéticas que han dado cuenta del devenir del sujeto infantil a lo largo del siglo XX y comienzos del siglo XXI. La poesía chilena ha construido en este periodo un significativo imaginario poético que traza diferentes tipos de infancia. Niños de todo tipo. De toda índole. Nos aventuramos en este libro con una suerte de tipología de la niñez chilena. A veces, profundamente enraizados a proyectos políticos o como respuesta a circunstancias históricas precisas. También, ligado a trayectorias biográficas, a devenires privados, a búsquedas identitarias. Habitando lo público o lo privado, los textos poéticos de infancia que aquí se comentan han logrado construir un profundo imaginario que es muestra de corrientes identitarias profundas y que, como lo expresara Gabriela Mistral, se revela como el sedimento, el rezago, de una infancia sumergida. Una infancia nacional que habita en una lejanía y deja rastros, huellas, escondites.


Tres

Las trampas de la escritura comenzaron a operar hace un tiempo difícil de precisar. Tal vez antes de saber escribir, el día de la muerte de Marcela, mi madre, cuando tenía 6 años de edad. O cuando comencé a llevar un diario, alrededor de los 11 años, en un cuaderno escolar Auca, diario que ha trocado a lo largo del tiempo en interferencias genéricas que lo han llevado a cruzar las fronteras de diversos registros. Tal vez hayan comenzado a operar por el hecho de haber vivido como niño los terribles años de la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet. Una infancia en dictadura. Haber crecido escuchando en la radio y en la mesa sobre crímenes, huelgas y protestas. Y haber sentido miedo. Al mismo tiempo, paradoja dictatorial, haber jugado en la calle interminablemente, con plena libertad, todos los veranos, a diferencia de la infancia paranoica, resguardada y ultratecnologizada de hoy.


La escritura es, a veces, un buen antídoto para olvidar el miedo. Mis primeras lecturas no fueron literarias -digo: las que me marcaron-, sino que crónicas periodísticas de las revistas Apsi, Cauce, Análisis, entre otras, en donde se relataban horribles casos de tortura y desapariciones. Años más tarde, ya en la enseñanza media, entraría a la literatura de frente, abriendo paso a la escritura latinoamericana y europea, especialmente, gracias a la lista de libros que me proporcionaron mis queridos y recordados profesores de Castellano, Historia y Filosofía. Toda una vida de lector, toda una vida escondido tras un libro y, sin embargo, a veces, con ganas de ser descubierto. Toda una vida tratando de entender algo que me fue revelado recientemente, mientras escuchaba a colegas que también investigan sobre el tema, ordenaba notas, releía textos y escribía este libro: que una de las trampas guardaba relación con la imposibilidad de recordar una infancia anterior a la muerte.


Cuatro

Este libro juega con la ambigüedad del niño que no sabe bien si seguir escondido o ser descubierto. E instaura una sospecha sobre la cual ya elucubraba el filósofo francés Gastón Bachelard en La poética de la ensoñación (1960): que leer sobre infancias remite, indefectiblemente, a conectarse con la propia. Algo de la propia infancia se revela, por tanto, al tratar de hablar sobre las infancias que nos muestran el grupo de poetas que forman parte de este libro. “No me leerás”, sin embargo, planteaba el filósofo francés Maurice Blanchot para referirse a cierta imposibilidad que plantea la infancia y que el propio Bachelard desarrolla en La poética del espacio (1957), como también ya lo había hecho antes el filósofo alemán Walter Benjamin en Mi infancia en Berlín alrededor de 1900 (1950): que al fondo de toda infancia hay un pozo, una tumba, que nunca se logrará iluminar del todo. Las trampas de la escritura, visto así, también operan en este sentido: da un poco igual el deseo de permanecer escondidos o ser descubiertos, de todas maneras nunca llegaremos a rescatar a ese niño que fuimos. Por eso creo que la infancia es, quizás, más presente que pasado, más potencia que tiempo ido. Por eso, tal vez, el juego de las escondidas al situarse como presente resulte más atractivo que el nostálgico apoyarse en el pozo para vislumbrar, al fondo, toda esa lejanía que nos llama y convoca. Doble estatus de la infancia que nos desafía y nos engaña a la vez.


Cinco

Las trampas de la escritura comenzaron a operar después de diversos modos. Siendo ya estudiante y profesor de literatura, con un ojo más entrenado, configurando una vida como lector, las trampas se vuelven un poco menos difíciles de descubrir. Pero siempre queda una ventana abierta por donde el deseo de la escritura se deja ver. Una de esas ventanas hizo que esta pesquisa no fuera únicamente literaria. Guarda relación, también, con otras expresiones estéticas como el cine. Una de las primeras películas con protagonista infantil que me marcó fue Los cuatrocientos golpes (1959), del director francés François Truffaut. Recuerdo haberla visto hace décadas, en formato VHS, un verano santiaguino de esos donde el sol de las tres de la tarde marca su insidia sobre todas las cosas. Esta película trata de Antoine, un infante que está dejando de ser niño. Su vida cotidiana es narrada a través de él a partir de su familia, las vivencias de escuela, los juegos y paseos en la calle. Debido a conductas que los adultos consideran inapropiadas para una persona de su edad, esto es, robar de una tienda una máquina de escribir para ser escritor como Balzac, el protagonista recibe con el consentimiento de sus padres un castigo que le cambiará la vida: es llevado por el Estado hasta un orfanato correccional, en las afueras de la urbe, institución que hoy podríamos asimilar a una Casa de Menores. Es decir, algo muy próximo a una cárcel. Antoine se ve enfrentado en ese lugar al disciplinamiento del poder; allí va a vivir el peso de la normalización que los adultos quieren imponer a los niños que están fuera de la ley. Su pequeña rebeldía, sin embargo, lo llevará a escapar y liberarse de una justicia que parece no comprender su mundo. La obediencia debida termina oponiéndose a la libertad, simbolizada al final del film en la imagen de Antoine encontrándose con el mar, pero con la duda de un futuro incierto. Veo en esta película, un símbolo de libertad inherente a toda infancia. Mejor dicho, una pulsión de resistencia y libertad. La imagen final del niño en la playa es todo lo posible por-venir, es puro futuro, pura posibilidad. Pero futuro con vuelta al pasado, con carga. Un ir y venir. El niño que ha dejado de ser niño guarda consigo siempre la posibilidad del retorno. En ese retorno, siempre hay también una opción de libertad. De hacer permanecer aquello que dejamos de ser. De encontrar aquella infancia imposible de recordar.


Seis

En 1967, año del suicidio de Violeta Parra en su carpa de La Reina y de la publicación póstuma de Gabriela Mistral, Poema de Chile, en Barcelona, el director chileno Patricio Kaulen estrenaba Largo viaje, una película que mantiene muchos diálogos-homenajes con Los cuatrocientos golpes, formando una suerte de círculo hermenéutico que posiciona las estéticas de infancia en el campo de las producciones fílmicas nacionales. Cómo no recordar, por ejemplo, al niño que vaga por las calles del puerto en Valparaíso mi amor (1969), de Aldo Francia. El protagonista de Largo viaje es un niño que se pierde por la ciudad en busca de su padre, quien ha ido a enterrar al cementerio a su hermanito muerto al momento de nacer. El niño lleva las alas que el padre ha olvidado por descuido, para que el angelito, según la creencia popular, se pueda ir al cielo. El film contiene una cuidada y estremecedora representación del velorio de angelitos, tradición popular chilena que Violeta Parra, entre otros, se encargara de rescatar dentro del proceso de búsqueda de las tradiciones folclóricas chilenas campesinas.


La referencia a los años sesenta, en cierto modo, pone en sintonía un tema que me parece central. Se trata de una década en donde los imaginarios de infancia alcanzan quizás su más alta cumbre en el cine, la música y la literatura. En poesía, emblemáticas obras de Jorge Teillier, Enrique Lihn, Jaime Quezada y Gonzalo Millán, entre otros, son publicados en esta década, generando con sus textos un giro poético respecto a las producciones anteriores y planteando temas que poetas posteriores retomarían, como intentamos establecer en este libro. Lo propio hacen Violeta Parra y Víctor Jara en alguna de sus mejores composiciones musicales. La niñez, por tanto, ha sido una constante de representación estética a lo largo del siglo XX, muy especialmente a partir de la poesía de Gabriela Mistral, pero también desde antes, a partir de poetas como Carlos Pezoa Véliz y narradores como Baldomero Lillo, y su presencia ha abarcado todo el siglo con una particular persistencia y evolución que en este libro intento sistematizar sin pretender ser, por supuesto, conclusivo. Reconozco, en este sentido, una buena cantidad de ejes temáticos que avanzan de manera más o menos cronológica desde la primera mitad del siglo XX hasta comienzos del siglo XXI, estableciendo lecturas elásticas que van y vienen a través del siglo, con la finalidad de trazar directrices o ejes de lectura en donde sea posible reconocer continuidades y discontinuidades. El lector se encontrará con este ordenamiento para así facilitar una comprensión general y específica a la vez, al mismo tiempo que se ha optado por un lenguaje lo más lejos posible del especializado y se han omitido notas al pie, bajo el interés de conformar un relato que se aproxime a un público amplio no necesariamente familiarizado con estas temáticas.


Estas disquisiciones iniciales forman parte tan solo de algunos de los primeros materiales simbólicos que iniciaron mi contacto con las estéticas de infancia y que fueron signando un camino que en sus inicios no tenía nombre ni era proyecto. Por otro lado, no es azar que haya aludido a dos referentes fílmicos. Revela que el fenómeno no es exclusivo de la literatura. Su pesquisa en el arte, la escultura, la historia, la educación, la psicología, la sociología, la filosofía y en general en todas las manifestaciones del saber hace de la infancia un objeto cultural complejo, mucho más amplio, por supuesto, que este acotado intento escritural sobre su presencia en la poesía chilena del siglo XX y comienzos del siglo XXI.

Antes, mucho antes de comenzar formalmente una investigación en torno al tema, debo haber sido un gran lector/espectador sumido en aquellas historias a las cuales uno llega sin saber muy bien cómo y por qué, y que van sumergiendo en mundos que te contactan con la palabra lejanía y van trenzando una trayectoria poética que poco a poco fue tomando forma. Pueden ser muchos más los referentes culturales del cual me podría servir para ilustrar la recurrencia de la infancia en el plano estético. El intento, por supuesto, resulta vano. Muchos de esos referentes, sin embargo, tienen una presencia solapada en este libro, que ha sido escrito a retazos durante varios años de profusas lecturas e intensa investigación y que por su naturaleza, podría no acabar nunca.


Siete

En cuanto a la poesía, me inicié prácticamente del único modo posible de hacerlo: leyendo a los clásicos, descubriendo la gran poesía chilena, pero también a los simbolistas franceses, a diferentes poetas hispanoamericanos y a parte de la tradición anglófona. Entre los poetas chilenos, con la obra de Jorge Teillier comenzó otra etapa, la de una lectura algo más atenta, un poco más avisada y formal, un recorrido vital coronado con una tesis de licenciatura en literatura titulada “La experiencia de la temporalidad en Crónica del forastero (1968) de Jorge Teillier”. Y cito esto ya que a raíz de la escritura de Qué será de los niños que fuimos revisité este texto académico, escrito el año 2000, y descubrí no sin asombro que ya era posible encontrar allí mis primeras aproximaciones a la infancia como objeto de estudio. No deja de ser curioso que toda la poesía de Teillier esté inundada de niños. Ellos, en verdad, me andaban buscando. O yo a ellos. Teillier abre su poemario con una cita que toma prestada del escritor austríaco Hermann Broch: "En el fondo de toda lejanía se alza tu casa". El forastero, el extranjero, el fantasma nostálgico que constituye la voz de este libro prefiguraba con sus paratextos algunas de los significantes que a lo largo de los años se volverían recurrentes en estas pesquisas lectoras y que forman el universo simbólico de este libro: casa, lejanía, memoria, pasado, pozo, muerte son algunas de las palabras que aquí subyacen en su múltiple significación, formando una trama compleja que intento desanudar en estas páginas.


Ocho

Qué será de los niños que fuimos es un verso prestado de otro poeta chileno. Pertenece a Enrique Lihn, más específicamente a su libro La pieza oscura (1963), uno de los poemarios que resulta clave para entender la trayectoria secular de los niños en las ficciones poéticas chilenas del siglo XX. El verso aparece en el poema que da título al poemario y plantea una continuidad temporal que va más allá de la retórica de una pregunta incontestable: se interroga por el futuro de los niños que ya han dejado de ser niños. Pregunta imposible, aborta desde su formulación toda certera respuesta y, sin embargo, sitúa en una línea continua el destino de una infancia que parece que nunca acaba. Planteado de esta manera, este verso condensa una de las problemáticas más recurrentes de este libro: determinar quién habla en los textos poéticos. Nunca lo hace el niño. Este es hecho hablar por el adulto quien, en ocasiones, evoca los registros propios de las voces infantiles. Pero la mayoría de las veces, el sujeto hablante de la poesía chilena es un adulto que se interroga, evoca, problematiza y/o estetiza la infancia desde la adultez. La infancia, por tanto, se convierte en una zona oscura, un pasado que sale a flote en el presente del sujeto que escribe. Un tiempo y un espacio de múltiples potencialidades, que cada discursividad poética se encargará de dotar de sentido, iluminando la (im)posibilidad de su recuperación. Imposibilidad real en tanto tiempo ido, posibilidad estética en tanto tiempo por venir, en tanto ficción. Como en la poética de Enrique Lihn, la infancia se vuelve un espacio fantasmagórico cuya venida, cuya vuelta, genera una revuelta, puesto que viene a mover los signos. Parafraseando al filósofo argelino Jacques Derrida, hablar de infancia es hablar de un secreto que dice: descíframe, ¿serás capaz?



Nueve

Qué será de los niños que fuimos. Imaginarios de infancia en la poesía chilena puede leerse de dos maneras. En primer lugar, cada capítulo como expresión temática de un determinado tipo de infancia preponderante en un grupo de poetas. Como muestrario de determinados tipos de niños. En segundo lugar, como una continuidad histórica. Así, el capítulo “Para un niño ausente” funcionaría como antecedente hispanoamericano para la poesía chilena, ya que nuestra tesis inicial es que fueron el cubano José Martí y el nicaragüense Rubén Darío los instauradores de un imaginario poético de infancia para Latinoamérica, cuyo testamento fue recogido por un grupo significativo de poetas, quienes de manera dispersa comenzaron a hablar de infancia en sus textos poéticos. Rescatamos en la poesía chilena a Carlos Pezoa Véliz y Gabriela Mistral como los dos poetas fundadores de una tradición de imaginarios de infancia, ya que fueron ambos, se podría decir que de maneras casi opuestas, los primeros en instaurar la infancia como programa poético, reconocible en una obra. Los capítulos “Diablos, trabajadores, mendigos, huérfanos y huachos”, “Versos para angelitos” y “Campos y bosques” se centran preponderantemente en la producción poética de la primera mitad del siglo XX y tienen en común que abordan lo que he denominado los lugares de afuera: niños en la calle, niños en el campo, niños públicos. Los capítulos “Sinfonías de cuna”, “Crueles, incorregibles y monstruosos”, “Huéspedes en el hogar” y “Frente al espejo” se entroncan más que nada en la producción poética de la segunda mitad del siglo XX y los reúne la particularidad de dar cuenta de una infancia cerrada, privada, de casa: lo que he denominado los lugares de adentro. El capítulo “Niños sin patria en busca de cobijo” guarda relación con el Chile de postdictadura y el Chile de las primeras décadas del siglo XXI bajo la idea de un lugar sin lugar, es decir, una infancia en donde ni lo público ni lo privado da cobijo ni seguridad. Niños a la deriva en busca de padres, identidad, sentido. Finalmente, el capítulo “Escribir la infancia” funciona como cierre a partir de la siguiente pregunta: ¿qué significa escribir la infancia? Creo que una reflexión en torno a esta pregunta permite comprender las producciones poéticas chilenas analizadas desde una suerte de imposibilidad crítica que confina cualquier circunscripción que se quiera hacer del tema. Se reafirma allí la idea de una ambigüedad asociada a la infancia, su potencial, su embrujo, pero también su límite.


Hipótesis implícita de este libro, de la mano con una historia de Chile: de los lugares de afuera a los lugares de adentro y de ahí a los lugares del sin lugar. O, de otra manera, del espacio público al espacio privado. Con la saturación de lo privado, se pasa posteriormente al sin lugar, el espacio de la nada, del vacío. El naufragio total. La desolación. De una infancia resguardada a una sin resguardo. Eterno retorno, en cien años de poesía los niños volvieron a estar solos.


Otro punto no menor: la lista de poetas aquí reseñados no pretende agotar el tema ni formar un canon. Sería una tarea imposible, de nunca acabar. Se trata, más bien, de una experiencia lectora personal, parcial, y por lo mismo deliberadamente incompleta. Muchos de los poetas que aparecen en estas páginas hacen presencia gracias a las lecturas personales, a las conversaciones con poetas amigos, a las pesquisas en archivos y bibliotecas, y a los hallazgos en ferias de libros de editoriales independientes. Se sabe, a priori, que en cualquier lectura crítica siempre hay algo de imperdonable injusticia al omitir o dejar afuera algún nombre. Quedará para otros investigadores dar cuenta de aquellos poetas que no han formado parte de este libro.


Con todo, la tarea principal de Qué será de los niños que fuimos ha sido la de presentar una aproximación crítica de cómo la infancia ha sido imaginada en la poesía chilena del siglo XX y comienzos del XXI. En aproximadamente cien años de poesía chilena, existe un número sorprendente de poetas que tematizaron la infancia dentro de su quehacer poético en al menos un poemario o a lo largo de toda una trayectoria escritural. De qué modo lo hicieron, bajo qué procedimientos y qué sentidos generan estas escrituras son algunas de las preguntas que se intentan responder aquí. Como el niño y la niña que juegan a las escondidas y no saben qué es lo que más desean, si seguir escondidos o ser descubiertos, invito a los lectores de este libro a adentrarse en las trampas de la escritura que concierne a la infancia con algo de esa emoción oculta. Cuando se trata de ella, no sabemos muy bien qué mecanismos comienzan a operar, pero indefectiblemente terminan por conectarnos con nuestras propias infancias. Pero desde ya advertimos que tal vez se trate de una tarea infructuosa si ese niño decide permanecer escondido.


Diez

Parte de este texto lo compartí públicamente con algunos colegas y alumnos de la carrera de Castellano de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, exPedagógico, en noviembre de 2015. Reseñar algunas de las motivaciones que generan una investigación y un libro resultó casi un alivio, un salir de un ostracismo escritural, un sacudirse de los fantasmas que acechan. No concibo otra manera de comprender un trabajo escritural que no sea como conjuro, obsesión, trama. El lector de este texto se encontrará con algunas de estas obcecaciones. Pero por sobre todo no entiendo la literatura sino como forma de comunicación y encuentro entre las personas. Hay esperanza depositada aquí de que este trabajo ayude a tender algunos puentes entre quienes habitamos la poesía como práctica vital. Poesía, memoria, infancia. Poética del hallazgo. Cordón umbilical que palpita en el fondo de un pozo. Mirar para atrás. Escribir para atrás. Desandar el abecedario. Promesa de hallar al niño que escapa. Urdimbre de fragmentos de un sujeto fantasmal. Qué será de los niños que fuimos. Qué será.


Santiago, noviembre de 2015

Viña del Mar, diciembre de 2016


Descarga gratuita del libro en el siguiente enlace: https://edicionesinubicalistas.cl/formato-pdf/
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