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¿QUIÉN ESTÁ HABLANDO?

Actualizado: may 18

Ensayo sobre poesía y comunidad de Lyn Hejinian, del libro The Language of inquiry


Traducción de Rafael Cuevas




La pregunta “¿Quién está hablando?” se pronuncia a partir de la relación que une las problemáticas de la ética y el poder. Cuando la pregunta se planteó por primera vez como tema de discusión a principios de los ochenta por un grupo de mujeres poetas e intelectuales de Bay Area, constituyó un desafío para ciertos estilos de discurso, con tal de evitar que estos discursos empezaran a circunscribir las posibilidades en la vida pública de la comunidad poética. Erudita, autoritaria, belicosa—tal era una de las voces públicas de la poesía. Para contribuir a su formación, una tenía que ser capaz de producir comentarios con enorme rapidez. Una tenía que saber un montón y saber que sabía. Una tenía que sentirse en terreno seguro, lista para repartir y esquivar provocaciones. Que esto fuera, por lo general, más sencillo para hombres que para mujeres, no era un hecho impredecible, aunque no todas las mujeres de la escena se sentían carentes de fundamento y no todos los hombres hablaban. Los hombres y las mujeres que no hablaban no se sentían impotentes, sin embargo. Inventar otras asociaciones públicas —o socavar las ya existentes— parecía deseable, incluso necesario, y ciertamente parecía posible.


La pregunta “¿Quién está hablando?” fue concebida para desafiar un estilo percibido en la manera de ejercer poder y las estructuras de poder que estaban siendo creadas por ese estilo. No fue dirigido a un grupo en específico de personas, sino al problema del poder en sí mismo, y —contrario, quizás, a los desafíos más comunes que las feministas ofrecían a las estructuras de poder de la época—la discusión no constituyó un rechazo al poder. En cambio, giraba en torno a cuestiones de fundamentos y metas, de diálogo y eficacia, y de algún modo aspiró a aumentar la libertad impersonal de todos. Estábamos apoyando una empresa admitida como utópica—una que estaba atada a intenciones virtualmente explícitas que subyacían a cada discusión sobre poesía en aquel momento; era intrínseca a nuestras poéticas, y su objetivo claro era mejorar el mundo.


Lo grandioso de esa ambición puede parecer risible a primera vista. Pero solo es así si una asume que “mejorar el mundo” requiere que una lo mejore para siempre. Esa ambición es ciertamente risible—o lo sería si no fuese horriblemente peligrosa y si la historia del siglo veinte no tuviera tantos ejemplos de atrocidad perpetrada en nombre de mejorar el mundo para siempre. Tal aspiración subyace a todo totalitarismo y fanatismo. Es inherentemente trascendental, pues un mundo “mejorado para siempre” sería un mundo sin mundanidad, y su poesía sería una empresa trascendental.


Pero el meollo del asunto es que el mundo requiere mejora (y volver a mejorarse) cada día. Del mismo modo en que una no puede preparar un almuerzo y una cena para todas las ocasiones y así dar por terminada la preparación y el consumo de comida para siempre, tampoco podemos abandonar para siempre la lucha por la justicia social y la seguridad ecológica. Las victorias son particulares, locales, y casi siempre temporales. Para mejorar el mundo, una debe estar situada en él, atenta y activa; una debe ser mundana. En efecto, la mundanidad es una característica esencial de la ética. Y, dado que el término poética nombra no solo una teoría de técnicas sino también atención a las dimensiones políticas y éticas del lenguaje, la mundanidad es esencial para la poética.


La poética conlleva involucrarse en la vida pública. Y ese involucramiento, poco a poco, demanda una negociación con, y una disposición a tomar el poder.


En este contexto la pregunta “¿Quién está hablando?” da pie a una segunda pregunta, que va dirigida a una misma como emisora de la primera: “¿Estoy hablando?”


Desde aquí, siguen numerosas preguntas: si no estoy hablando, ¿por qué no lo hago? ¿No me incumbe irrumpir a través del ruido ajeno y de mi propio silencio para hablar? Si es así, ¿cómo lo hago? Una vez que irrumpí hasta llegar al habla, ¿qué debería decir y cómo debería sonar cuando lo estoy diciendo? ¿Es importante hablar? ¿Es necesario hacerlo? ¿Se puede ser participante sin hablar? ¿Debería el silencio interpretarse como protesta? ¿O como complicidad? ¿Quién o qué es la autoridad que le “permite” a una hablar, y sobre qué fundamentos esa autoridad se establece y o ejerce? ¿Qué autoridad gano al hablar, primero, al hacerlo en cualquier acto (momento) particular y, segundo, al ser una de las que a menudo habla? ¿Cuál es la relación entre creatividad privada y participación en un discurso público? ¿Es un contexto público un componente necesario del trabajo privado? ¿Cuál es la relación entre habla pública y escritura publicada—son posiciones públicas similares? ¿La escritura se forma en un contexto social, como parte de un diálogo, o se forma antes del diálogo, y luego se vuelve parte de él? ¿Quién o qué determina (y cuál es el criterio para determinarlo) que lo dicho era “bueno”? ¿Qué significa cuando se siente que “no se tiene nada para decir”? ¿Cuál es la naturaleza de una comunidad discursiva? ¿Hay un estilo de discurso que sea efectivo y valorable sin ser opresivo? Muchas de estas preguntas fueron formuladas en conversaciones privadas antes de hacer la pregunta original “¿Quién está hablando?” en público.


Si, como muchas de nosotras hemos declarado, la práctica de la poesía, al ser un estudio del lenguaje, involucra alerta y crítica hacia su abuso, y si su abuso en la forma de hipocresía pública es uno de los problemas pendientes de nuestro tiempo, entonces nos incumbía desarrollar modos de invención que no fuesen hipócritas. Esto no debería ser interpretado como una demanda por una invención de la honestidad. La noción de honestidad tiende a ser equiparada con la de veracidad, y sentíamos un disgusto genuino por nociones de Verdad ya fuesen heredadas o descubiertas. Pero se transformó, con el tiempo, en una demanda por la honestidad de la invención. La pregunta “¿Quién está hablando?” preguntaba quién estaba inventando y qué estaba siendo inventado.


Un panel de discusión sobre la cuestión tuvo lugar en San Francisco en el Intersection for the Arts en marzo 26, 1983. Las panelistas fueron Glorya Frym, Robert Glück, Johanna Drucker, y yo. Este evento fue la culminación en público de conversaciones privadas, pero de muchas maneras lo veo ahora como el primer paso en vez del último.


Fue una intervención inicial en el proceso de invención.

Lo que sigue es una versión ligeramente revisada de mi contribución en aquel panel. Mi copia del manuscrito inicia con un epígrafe en forma de cita, sin atribución, pero probablemente sacada de un artículo del diario: “el 75% de los estadounidenses entrevistados prefieren morir a hablar en público.”


***


La invención es central tanto para la vida privada como pública de un escritor, pero es de la segunda de la que quiero hablar en esta ocasión. En la vida pública del escritor está en juego la invención de una comunidad de escritura; la invención del escritor (como escritor y como persona) en esa comunidad; y la invención de los significados y el sentido de su escritura.


Casi todo escritor se enfrenta con la necesidad incansable de inventarse nuevamente cada día como escritor, y la tarea de considerar los términos en que esto puede lograrse sigue en marcha.


Pero la invención de una misma como escritora en una comunidad solo es parte de una cuestión mayor; debería ser acompañada de la necesidad de inventar esa comunidad, y por tanto de participar en la creación de los términos que, poco a poco, juegan un papel crucial en hacer la invención posible (o, en peores escenarios, imposible). Una debe pensar acerca de la invención de la comunidad en y como consideración de la política, ética y psicología de hablar en ella. Y una debe hacer todo esto incluso mientras se aborda la cuestión de cómo la comunidad y la manera de estar en ella influencia nuestra escritura.


La cuestión de la comunidad y la creatividad no es un problema sino todo un complejo de problemas públicos y privados interrelacionados, y mientras una concentra su propia atención en uno de ellos, otro problema sale a la luz, requiriendo que una ajuste su énfasis. Pero este ajustar el énfasis es esencial para mantener viable y productiva la relación entre una misma y la comunidad.


Hacerlo no es fácil. Hay un conflicto inevitable entre comunidad y creatividad, y los escritores a menudo se sienten divididos entre las posibilidades de la soledad y las exigencias de lo social. Atrapada en tales conflictos, una debería preguntarse por qué querría inventar una comunidad en primer lugar. ¿Necesitamos una comunidad? ¿Queremos una?


Una manera rápida de responder esto es decir que, querámosla o no, tenemos una. Y este es el caso no solo porque el mundo nos acompaña. En la medida en que los humanos sepan sobre los humanos, habrá comunidad. Una comunidad se conforma de cualquiera o todas aquellas personas que tienen la capacidad de reconocer lo que otras están haciendo. En este sentido, incluso marineros solitarios y ermitaños viviendo en total aislamiento en el desierto o montañas o cuevas pertenecen a comunidades—comunidades, en el más amplio sentido, compuestas por personas para quienes la navegación solitaria o el ser ermitaño resulta significativo.


Estas comunidades, como tales, no preexisten a la navegación solitaria o al retiro del ermitaño. En un sentido profundo, la persona que se prepara para navegar en soledad o entrar a su cueva, convoca al hacerlo una comunidad en la cual esa práctica tiene sentido—incluso si, como es a veces el caso, no es un presente sino una comunidad (aunque, estrictamente hablando, no preexista) pasada o futura la que está siendo invocada, compuesta de aquellos con la capacidad pasada o futura para comprender.


Cualquier acto característico—sea la navegación del marinero o el retiro del ermitaño o la escritura del escritor—es un acto de invocación recíproca. Activa un mundo en el cual ese acto tiene sentido. Inventa.


Invención, en el contexto literario al igual que en muchos otros, es un término matizado hacia la reciprocidad—entre la imaginación creativa y la utilidad, entre la originalidad y el mundo. Mientras el acto permite que la comunidad exista, la comunidad debe estar allí para proveer resguardo (o publicación, en un sentido amplio, ya sea literal o literario—llevar el acto al espacio público), apoyo social y profesional, desafío intelectual, estímulo estético, etc. La comunidad crea el contexto en el cual el suceso del trabajo sucede. Lo hace al generar ideas y trabajos que no hubiesen podido existir de otro modo, y, en el mejor sentido, al desafiar a todos los involucrados. Respecto a esto último, una comunidad presenta un entorno más arduo que el entorno de un grupo de apoyo. Ser simultáneamente permisivo y riguroso es la desafiante tarea que una comunidad altamente funcional debe intentar. Una comunidad que pueda lidiar con esa tarea sería una mejora para este mundo que siempre nos acompaña.


Una comunidad discursiva evoluciona y se mantiene mediante el diálogo—con ello me refiero a una participación articulada de varias formas En el curso de este diálogo constitutivo, los términos que se utilizan llegan a definir la comunidad hasta cierto punto y, más importante, la cargan. Estos términos pueden ser literales—palabras claves o frases que designan ideas particulares o generales de mutua preocupación alrededor de las cuales hay un entusiasmo compartido (aunque no necesariamente haya siempre un acuerdo): extrañamiento, parataxis, la nueva oración son ejemplos posibles. O, en una comunidad de escritores, los términos pueden incluir los títulos de trabajos literarios o nombres de editores o publicaciones o incluso eventos literarios—datos que tienen extensión, estructura o temática; datos en y desde los cuales las cosas suceden.


Existe, por supuesto, el peligro de que tales términos puedan volverse tiránicos—de que circunscriban a la comunidad o de que el poder en ellos sea del tipo que puede ser ejercido contra otros. También, y quizás hasta cierto punto esto sea inevitable, los términos pueden parecer, y por tanto llegar a ser, excluyentes—haciendo una diferencia entre el adentro y el afuera de la comunidad y efectivamente desalentar la participación. O los términos tal vez sirvan para editar el diálogo en vez de alentarlo, con el resultado de que el discurso se convierta en una dialéctica y los términos en una especie de cierre, los medios para la autodestrucción de una comunidad.


Hacer silencio en una comunidad, por supuesto, no siempre es algo provocado por los términos de la comunidad. Hay silenciamientos que son manifestación de un drama cuya historia es más larga que la de cualquier comunidad. Una participa de ese silencio temerosamente, vacilante o incluso privándose de hablar por temor a que eso revele nuestra presencia, o la presencia de nuestras ideas, a un depredador o un enemigo, uno que podría, figurativamente sino literalmente, devorarnos. Una podría restarse de hablar por miedo a estar equivocada, o ser irrelevante, o ser intrusiva (una charlatana ociosa), o ser inarticulada y torpe intelectualmente, o ignorante. Una se mantiene callada, en otras palabras, porque se tiene miedo a verse expuesta (desnudada por los solteros). Una podría sentarse en silencio y sentirse intimidada, o confundida; una podría aburrirse o estar avergonzada de estar aburrida.


O una podría sentarse en silencio sintiéndose creída. Hay una curiosa virtud atribuida al silencio. Lo vemos inscrito en aforismos tales como “el silencio es oro”, “las aguas silenciosas son las más profundas”, “el sabio habla poco y escucha mucho.” Detrás de tal dictado prescriptivo hay un desdén por la explicación y una predilección por la acción. Pueden servir como mandatos, y su efecto, aunque no sea necesariamente la intención, es alentarnos a mantener nuestras opiniones inmaculadas y apolíticas. El silencio en este contexto nos retrata apolíticamente porque nos remueve de la esfera pública—la esfera en la cual las ideas se airean y las experiencias (historias) se intercambian.


Pero debe hacerse una distinción; los silencios que ocurren en una comunidad no son necesariamente silencios. El silencio es inherente al habla en sí misma—porque hablar puede ser significativo, debe existir no solamente el habla de quien habla, sino también el silencio de quien escucha.


¿Podemos llamar a esto un silencio comunicativo? ¿Un silencio que comunica?


Ciertamente puede ser. Tomando una frase del ensayo “Logos” de Heidegger, se podría decir que un silencio tal “reúne todo lo presente en la presencia, y deja que se presente por sí misma.”


Heidegger, sin embargo, estaba hablando no sobre el silencio sino sobre el logos, y, dado que el logos se traduce usualmente como palabra, o discurso, o razón, logos parecería ser lo opuesto al silencio.


Pero este no tiene por qué ser el caso. Logos es lo opuesto a hacer silencio. El logos de la o el que escucha existe en y cómo disposición y disponibilidad, la voluntad y la capacidad de él o de ella para ser quien espera para relatar, quien hará experiencia de lo que el hablante dirá; puede ser un silencio atento, una contextualización.


La alternativa, el rechazo a escuchar que resulta en la experiencia de no ser escuchada, es un problema que siempre ha incomodado a la mujer y a otros “otros”. Nuestro discurso se considera trivial, de segunda clase, desde el momento en que se origina no en la esfera pública (del hombre libre) sino en la esfera doméstica y privada (sustentada por mujeres y sirvientes). Por ello también es considerado desagradable, porque la esfera doméstica es el reino del cuerpo—el domus donde el cuerpo se mantiene alimentado, vestido y limpio, donde procrea, defeca y regularmente se retira hacia el mundo de la mayor privacidad y reserva, el mundo del descanso y de los sueños. Y finalmente, dado que las mujeres tienen conocimiento de las cosas de esta esfera, nuestro discurso es considerado amenazante.


La pregunta “¿Quién está hablando?” implica, entonces, incluso otra pregunta: “¿Quién está escuchando?” Consideraciones de cómo el discurso está siendo escuchado y qué está siendo escuchado y comunicado, involucra otra forma de dirigirse al poder. Escuchar le concede poder al discurso. Concede lógica al descubrir lógica en él. Al escuchar tanto como al hablar, el sentido y el significado están en juego. Trazar las líneas de reciprocidad a través de las cuales se establecen implica mapear el espacio social, la comunidad.


Pero esta metáfora debería usarse con precaución. Una comunidad no es una geografía, no es un terreno fijo y estable, y cualquier mapa de ella es temporal. Las comunidades son móviles y mutables, y no son siempre fáciles de habitar. Una comunidad demandante puede ser agotadora, tanto para hablantes como para oyentes, y sus participantes deben permitirse experiencias tanto privadas como públicas. Si una, como miembro de una comunidad, es exitosa, puede no estar dispuesta a cuestionarla. Es crucial hacerlo de no ser el caso, con tal de descubrir y realizar lo que queda por hacer.


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