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REGRESO AL RESTAURANT CHILE

Prólogo ex-chile, antología poética de José Ángel Cuevas (Editorial UV). Por Jaime Pinos

Conocí a Pepe Cuevas en la imprenta Caligrafía Azul de la familia Montecinos Martínez, en el barrio de Avenida Matta, a fines de los noventa. Terminaba de estudiar literatura en la Universidad de Chile donde coincidí con Marcelo Montecinos. Habíamos iniciado hacía poco el proyecto La Calabaza del Diablo (la editorial, la revista y luego la pequeña librería en el Barrio Bellavista). Pepe era un antiguo amigo de la casa y había impreso algunos de sus libros allí. También lo habían hecho otros poetas relevantes. Entre ellos Enrique Lihn, amigo del padre de Marcelo, Guillermo Montecinos. La aparición de la Virgen fue impresa en la máquina multilith de ese taller. Durante los años siguientes, Pepe se convirtió en un asistente habitual a las reuniones de la redacción de la revista. También en uno de los primeros autores incluidos en el incipiente catálogo de nuestro sello editorial.Al mismo tiempo, fuimos forjando una amistad que, a pesar de los años y las distancias, dura hasta el día de hoy.

Luego de editar Maxim. Carta a los viejos rockeros empezamos a trabajar en una antología. El único volumen recopilatorio de su poesía, Adios muchedumbres, había sido editado varios años atrás y, como muchos de sus libros, era ya inencontrable. Finalmente, el año 2005, sale a la luz Restaurant Chile. Invitado por Pepe a presentar el libro, escribí un texto que pretendía reflexionar sobre algunas coordenadas centrales de su escritura. Algunos tragos para beber y conversar en la barra de ese restaurante imaginario. Cuatro tragos en el Restaurant Chile[i] titulé ese texto. Los tragos eran: la generación, la catástrofe, la poesía y el trago del estribo. Convocado, quince años después, a escribir sobre esta nueva selección de su trabajo, me acomodo nuevamente en un rincón de ese restaurante para beber junto a Pepe. Retirado del alcohol por la depresión que le provocaba en los tiempos duros, él pedirá, como de costumbre, sólo una taza de té.


Primer trago: la memoria


Escuché muchas veces la misma cantinela durante los noventa: Cuevas habla siempre de lo mismo, la UP, el Golpe, la Dictadura; los tiempos cambiaron; todo eso ya no le interesa a nadie. A la vuelta de los años, veo esas voces como el síntoma de un tiempo marcado por la negación y el olvido. No era fácil sostener la memoria en medio de ese país. Un país que parecía encandilado por los supuestos avances del modelo de vida impuesto a fuego durante la ocupación militar. Por las ficciones del consumo, la banalidad televisiva, el individualismo y la competencia más feroces. Un país cuyo supuesto éxito económico se proclamaba, dentro y fuera, como la demostración práctica del paraíso neoliberal. Pepe Cuevas, su poesía, estaban ahí para aguar esa fiesta. Para recordar los crímenes y las traiciones escondidos bajo la alfombra. Para denunciar la profunda inmoralidad de las transas de la transición. Cuevas cumplió el deber de memoria que le corresponde a todo poeta verdadero. Y pago un precio por ello. Algunos intentaron reducir su poesía al martirologio, encasillarlo como el poeta de los derrotados. Sin embargo, cualquier lector atento entiende a estas alturas que Cuevas fue uno de los que resistió con más fuerza la marea del olvido. Que dio testimonio del horror y preservó los restos de la utopía hasta el advenimiento de tiempos menos oscuros y amnésicos.

Recuerdo haberme reunido con Pepe muchas veces en las cercanías de la Biblioteca Nacional y subir caminando hasta Plaza Italia para entrar a algún boliche, El Cuervo, El Baquedano. Venía de estar horas en la hemeroteca investigando documentos y notas de prensa. Reproduciéndolos en fotocopias para integrarlos luego a sus libros. Así construyó, por ejemplo, los dos volúmenes de ese libro collage que es Álbum del ex Chile. Pepe siempre ha comprendido la memoria como un trabajo práctico, material. Otra de sus investigaciones reconstruye en base a entrevistas la experiencia de la militancia clandestina durante la dictadura. Otra dibuja la cartografía, direcciones precisas, calles y números, de aquellos lugares donde la represión dictatorial fue resistida con una respuesta armada. Cuevas investiga y reconstruye los hechos, sus protagonistas y sus locaciones reales en un trabajo de archivo que a veces se acerca al del historiador o el antropólogo.

Se pierde la historia del Restaurant Chile/ un diario de crímenes/ un encuentro de ancianos/ nadie reescribió ese historial//Se pierde la historia del ex – Chile/ en el desierto, escribe Pepe en unos versos de Proyecto de País. Evitar esa pérdida, oponerse al avance del desierto. Ese ha sido uno de los trabajos principales de Cuevas durante todos estos años. Oponer a la desertificación y sus espejismos, el cultivo de la memoria. La conexión con las napas subterráneas que pueden preservarla y permitirle emerger como a veces florecen los desiertos.


Segundo trago: la ciudad


Pepe Cuevas es un santiaguino neto. Nacido y criado, como se decía antes. Más de una vez me relató con nostalgia escenas de su infancia transcurridas en el casco antiguo de la ciudad. Nació en la calle Rosas y el entramado barrial de ese sector fue para él una extensión del patio de juegos. Otra circunstancia lo vinculó estrechamente con la ciudad durante su infancia y adolescencia: el oficio de su padre. Su padre se dedicaba a reparar máquinas de escribir. Desde luego, eran los años cincuenta y sesenta, ese era un mundo que estaba lleno de ellas. Pepe acompañaba a su padre que caminaba todo el día para atender su numerosa clientela. Ingresaba a los viejos edificios del centro hasta las oficinas o los comercios donde reparaba la máquina descompuesta y seguían camino. Ya mayor, Pepe no quiso seguir con el negocio como esperaba su padre. Sin embargo, esas caminatas con él le dieron un conocimiento del terreno que haría de Santiago el espacio vital e imaginario de su poesía.

Uno de los grandes poemas sobre la ciudad mapochina, releo Introducción a Santiago publicado por Pepe el año 1982 bajo el sello Gráfica Marginal. Alguna vez tuve y perdí luego un ejemplar de esa edición. Cartulina y tipografía moradas, gráficas en alto contraste, tamaño grande, apaisado. Tengo en las manos una segunda edición del 2007 que incluye una especie de coda al texto original. En esa nota, que me permito citar en extenso, dice Cuevas: Escribí este poema entre los años 1979 y 1981, es decir, en plena dictadura militar. En aquel tiempo yo era profesor de un liceo en la comuna de La Cisterna. Era comunista. En cada lugar se sentía opresión, vigilancia, falta de libertad. De modo que al salir del establecimiento en Av. La Feria, empezaba a caminar y caminar libre por Santiago, desde San Joaquín hasta Franklin, Av, Matta, aparecía en la Estación Central, Quinta Normal y desde allí…etc. Libre, libre caminando y pensando, dándole vuelta a mi rollo, mis recuerdos, mirando, oyendo, tomando el olor de las cosas. El vivir en dictadura. Caminando era libre ¿Porqué escribí este poema, tomando apuntes, notas, pequeños textos, etc? Fue para retomar algo en qué afirmarme: una identidad, mi territorio, mi guetto, pasarlo y repasarlo. Cada barrio me diría algo. Un amor, un baile, una borrachera, algo que ví o viví.

Libre, caminando y pensando, dice Cuevas Tomando el olor de las cosas. Muchas veces caminé con él por las calles santiaguinas y fui testigo de su modo peripatético de habitar y pensar la ciudad. De su erudición respecto a sus historias y mitologías y su capacidad de situarlas en una cartografía a la vez histórica y personal. En los últimos años, sus derivas integraron un elemento nuevo: una pequeña máquina filmadora. Con ella va capturando imágenes en lo que imagino, nunca he visto esos archivos, una mezcla entre las sinfonías de ciudad a lo Ruttman o Ivens y el foco en el detalle de Marker o Mekas. Tal vez el próximo trabajo de Cuevas sobre Santiago no sea otro libro sino esa película secreta que hasta hoy sigue filmando. De cualquier modo, Pepe Cuevas ha caminado y pensado Santiago hasta afinar el oído y escuchar, como pocos poetas, el sonido y las voces con que hablan sus calles y sus barrios.



Tercer trago: la muchedumbre


La poesía de José Ángel Cuevas ha sido escrita en el cruce complejo entre la exploración subjetiva de su vida personal y la comprensión de la época, del periodo de la Historia en que le tocó vivir. Entre esos dos trabajos entendidos como uno solo. Sus versos integran lo personal y lo político eludiendo, en todo momento, cualquier discurso de tono épico o mesiánico. La historia del país y de su pueblo, su auge y su catástrofe, son para Cuevas un asunto personal. Escribe: El ex poeta se lo había vivido todo/ tenía un poderoso inconsciente colectivo/ para él solo. Escribe: Esta poesía habla de un pobre hombre de Chile/ una poesía nacional de pobre infeliz/ que lo único que levanta es la amistad/ una filosofía de la amistad.

Ni vocero, ni figura de autoridad, ni personaje ejemplar. Cuevas, el ex poeta, habla no sobre o por sino desde la muchedumbre. Desde su calidad civil de hombre chileno que comparte con otros chilenos y chilenas una historia común. Es en el trabajo del poeta con el lenguaje que ese encuentro se hace posible, que esa comunidad puede realizarse. El lenguaje es la presencia de la comunidad dijo Marx. La comunidad y su poesía no son dos, escribió el poeta Gary Snyder. Leo ambas citas en un texto de Adrienne Rich a quién alguna vez leí una idea que calza bien con la poética de Cuevas, con su lugar elegido entre la muchedumbre. Rich decía que el sentido de la escritura pasaba por cierta voluntad de compartir. La poesía de Cuevas no quiere adoctrinar ni convencer sino compartirse con la comunidad de la que es parte y a la que se debe. Como dice la dedicatoria de Adiós muchedumbres, la antología del año 89: A la inmensa y abrumadora mayoría/ de la población.

Se lucha por detener el marchitamiento de la sociedad/ por imponer otra música/ Por unir a los barrios… escribe Cuevas. Si algo caracteriza su poesía, creo, es su fidelidad a esa lucha. A esa otra música, al rock verdadero. Cuevas ha vivido y escrito compartiendo el destino de las muchedumbres. Los avatares de cuarenta años de una existencia colectiva que ha pasado por todo. Desde la esperanza revolucionaria a la normalización del estado de excepción. De la resistencia heroica a la violencia de la dictadura, a la domesticación de ese pueblo resistente por la felicidad a crédito y los ritos vacíos de la vida neoliberal. De ahí, hasta la emergencia magmática de un Pueblo Nuevo, o su posibilidad, en el Estallido Social. Pepe Cuevas siempre ha estado ahí. Uno más entre la muchedumbre. Escribiendo.


Del estribo (penúltimo)


Yo les pregunto sinceramente:/¿Se podría vivir otra vida, compañeros bolcheviques?/ ¿Volver a juntarnos/tocar el bombo /guitarra/ charango/tratar de cambiar la realidad? Estos versos de Poemas bolcheviques, última entrega hasta la fecha de Pepe Cuevas, insiste en una cuestión fundamental, reafirmada a lo largo de toda su poesía. La pregunta por la posibilidad de otra vida. De una vida mejor. Una con bombo, guitarra y charango. La reafirmación de esa esperanza aún en los momentos más aciagos. El poeta sería entonces una especie de adelantado. Alguien que trata de vivir, aún parcialmente, esa vida nueva. Recuerdo la insistencia de Cuevas en la figura de Jorge Teillier como un poeta que, más allá de la literatura, parecía vivir esa otra vida. El bar La Unión Chica y sus parroquianos, donde llegó siendo muy joven, como una especie de cofradía donde lo importante, tanto o más que leer o escribir poesía, era vivir como poetas. Aún después de todos estos años, Pepe sigue afirmando esa posibilidad. Como dice en una entrevista reciente: eso de vivir como poeta ya no existe. Ahora, yo creo que va a volver a levantarse.

A los alcohólicos de Chile/ ¿Quién los mató?/ ¿Quién los vengará? / Sus corazones/ mitad agua/ mitad sol/ sus corazones. Hasta ahora, transcurridos casi treinta años de escrito este poema célebre de Cuevas, nadie ha podido vengar a los alcohólicos de Chile. Más aún, la pandemia se ha llevado, entre tantas cosas, muchos de los viejos bares y restaurantes. El Venecia en Santiago, el Cinzano en Valparaíso, entre muchos otros. Sin embargo, es seguro que el Restaurant Chile seguirá abierto. A lo menos mientras Pepe Cuevas y otros ex o post poetas sigan escribiendo. No hay último trago en ese bar imaginario, en la utópica fraternidad de su barra y de sus mesas. El restaurant donde escribe Cuevas no bajará su cortina. Allí el trago del estribo siempre es el penúltimo.

[i] http://www.letras.mysite.com/jac260405.htm

Para adquirir el libro: «ex-chile, antología poética» de José Ángel Cuevas (Editorial UV)

Precio referencial: 10 mil

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