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RUMOR DE LOS AFLUENTES

Actualizado: 24 de nov de 2020

Una lectura de Las Corrientes Luminosas (Ediciones Casa de Barro, 2020), de Claudio Guerrero Valenzuela.


Por Jaime Pinos

"Desde la formación en el silencio impuesto, con plena conciencia de lo ambivalente de sus materiales, quien escribe estos textos se desplaza en la fisura del peligro. Busca por necesidad, bajo presión, los lugares donde, subterráneamente, discurre la memoria".

Una corriente es lo que fluye, lo que se mueve en una dirección. Como el aire, como el agua. Lo que se mueve es poesía, responde Parra en What is poetry? Por dónde y hacia dónde se mueven, por dónde y hacia dónde corren la poesía y la memoria. Esa es la pregunta central en este libro, Las corrientes luminosas, cuarta entrega poética de Claudio Guerrero Valenzuela. Adónde podríamos llegar/te preguntaste/si todas las direcciones parten de la memoria. En tiempos de la obsolescencia programada de las cosas y las personas, tiene sentido preguntárselo. Adónde podría llevarnos esa corriente, la memoria, cuyo curso casi siempre se nos hace intermitente o invisible. Cuál es el sentido de la escritura, de rescatar fragmentos de algo cuyo rastro se desvanece: Adónde llegaríamos/si ya casi no hay recuerdos/todo se confunde en un eterno presente/que amenaza con empequeñecer/los senderos trazados/el tiempo en que recolectábamos piedras/que echábamos en los bolsillos. En un mundo donde ya casi no hay recuerdos, esta poesía emprende la búsqueda de la corriente perdida.


Toda memoria es un trabajo de lenguaje. Un trabajo que empieza con el examen de sus recursos y herramientas. Muchos de estos poemas hacen eso, examinan las herramientas esenciales de la poesía: las palabras. Piensan en su eficacia para suscitar el recuerdo, para rastrear sus corrientes. Pero también para confundirnos y hacernos perder su rumbo: ¿Se trata de un error o de una trampa?/reducida a la más ligera transparencia/las palabras enunciadas guardan en sí mismas/el estatuto de su engaño. Las palabras pueden engañarnos, pueden alejarnos del curso del recuerdo. El poeta, sin embargo, no tiene alternativa. Aún desde la sospecha, debe aprender a trabajar con ellas. A darles un uso de memoria. Del mismo poema del fragmento anterior, Los maestros decían: Necesitado de escribir/estrechado a la presión que ejercen las palabras/en la fisura del peligro/atrapado a esta terrible imprudencia/de apaciguar el aliento/la lengua vuelve sobre esos zapatos perdidos.


Fuimos educados en el silencio/en la más irrestricta mordaza/pero las plazas y calles nos acogieron con su frío metal. La dificultad de recordar viene también de una experiencia compartida generacionalmente. La escuela del rigor que fue la dictadura. La precariedad de las palabras, su debilitamiento, viene de esa formación en la obediencia del silencio. Dos fragmentos de Fuimos educados en el silencio: Desde entonces las palabras parecen precarias/y allanan inquietas el baldío de la memoria/cada gesto lo mismo que un árbol de otoño// Aprendimos que vivir con el silencio/se parece a la muerte auscultando la mirada/a esas palabras torpes que nombran el vacío/y llenan de agua negra esta lengua porosa. Buscar la corriente, apenas un hilo, a veces una napa invisible, con esos recursos precarios. Unas palabras torpes. Una lengua porosa. Escuchar en el silencio ese rumor, esa música vaga y casi inaudible, las formas difusas con que suelen llegarnos las primeras señales de la memoria.


Desde la formación en el silencio impuesto, con plena conciencia de lo ambivalente de sus materiales, quien escribe estos textos se desplaza en la fisura del peligro. Busca por necesidad, bajo presión, los lugares donde, subterráneamente, discurre la memoria.


La foto apareció de pronto/en la búsqueda de la última receta de lentes/en medio de un enjambre de papeles/dignos -al parecer- de ser guardados en un velador. /Un tarjetero rojo grueso/casi una billetera/herencia paterna/En su interior: Lo que sigue en este poema, titulado Efectos personales, es el inventario de su contenido. Objetos y documentos pertenecientes a padres o parientes del autor (o de alguien que se llama como él). Medallas. Varios carnets. De socio de un club deportivo, de miembro de un colegio profesional, de registro de inmunizaciones y vacunas. Una licencia de conducir. Fotografías. Imágenes que bartheseanamente operan aquí como accesos a ese otro tiempo que es el tiempo de los ausentes. En la objetiva y minuciosa enumeración de estas cosas se juega el recuerdo. Memoria que, pereceanamente, se hace real en las cosas. Ejercicio de descubrir esos accesos, de usar a los objetos como puentes o puertas hacia el pasado. De armar y desarmar los vestigios concretos de una memoria como una caja de muñecas rusas/cada cosa dentro de otra.


En este libro, otro ámbito donde es posible conectarse a las corrientes de la memoria y la poesía es la vida cotidiana. Más precisamente, lo que ocurre en el ámbito doméstico, en el espacio de lo afectivo y familiar. Es el caso del poema Remodelación. Allí la escena donde los habitantes imaginan el nuevo paisaje, los pequeños cambios que proyectan hacer en la nueva casa, sus planes imaginarios de más hijos o de viajes, todo eso metaforiza algo más profundo. Algo que tiene que ver con la conciencia de la fragilidad de nuestras vidas: Todo ocurre por algo./Pero la vida es frágil, callamos/en cualquier momento/la rueda puede girar hacia otro lado. Pero también tiene que ver con un sentido que, a pesar de esa fragilidad, va tejiéndose día a día. En la reafirmación de ciertos gestos, de ciertas tramas sentimentales. En la artesanía de cultivar los amores y los afectos cotidianamente.


Sin embargo, estos espacios íntimos son construidos en un contexto plagado de peligros y amenazas. Nadie puede vivir apartado, seguro. Nadie puede cultivar un jardín completamente libre de las violencias del mundo. De Pájaros en mi ventana: Humedad sobre el helecho./Baba de caracol en el cemento/Una autopista que el triciclo de la niña/desoirá.//Perdura aún el silencio ominoso del toque de queda. Aún así, son estos los únicos espacios vitales donde guarecerse: Hay que guarecerse/Aquí la madera no quema/Aquí no entran gases lacrimógenos ni perdigones./Aquí los balines de metal no cavan ningún ojo./En esta trinchera/trazamos un abecedario digno/que nunca nos dejará ciegos. O en el poema largo Interrogantes del padre y su hijo de 9 años en huelga general, el monólogo interior del padre durante la caminata que hacen juntos cerro abajo: Cómo te explico/que hace un rato nada más/escuché en la radio/que el joven estudiante herido con balines/ha quedado definitivamente ciego/y que he llorado a ciegas/en silencio/sin que me veas derrumbado/mientras tú creces a pasos agigantados/y descubres mil cosas nuevas cada día.


Una posibilidad de responder a esa violencia es asumir el lugar y el trabajo del testigo. Como se dice en el poema titulado justamente así, Testigo: Dar testimonio/Dar testimonio/de lo que no puede ser testimoniado./impedir que muera el testigo/Escribir/escribir siempre. O en otro pasaje del mismo texto: Es cierto/el pasado pertenece a los muertos/pero también al testigo/El que tuvo el privilegio de ver/el rostro de la muerte/el que abraza lo que falta.


Vuelvo al inicio. A la pregunta que está en el centro de este libro. Por dónde y hacia dónde corren la poesía y la memoria. Todo esto/quizás/no ha sido otra cosa/más que una pregunta por el origen/ese silencio amniótico/de aguas calmas/que perdura en la memoria/y el intento por apaciguar/la amenaza de los ríos subterráneos/cuyo torrente oscuro/alguna vez deseó tu abrazo. Para responder esa pregunta, para encontrar el curso esquivo y a veces invisible de las corrientes luminosas, este libro propone Negarse a escuchar/la voz de la corriente principal, eso de llenar el espacio vacío con marcas/cuya luminosidad refleja otro vacío, un interior de decorado atiborrado de fachadas. Dejar de seguir esa corriente que no es movimiento real sino vacío, estancamiento. Pensar en cambio/en la posibilidad de prestar oído al rumor de los afluentes/cuya calma se asemeja al canto de pájaros matutinos, brisa sonora que acompaña el rostro del paisaje. Prestar oído a eso. Aprender a escuchar ese rumor. El de la poesía y la memoria que nos protegen de las sombras e iluminan las corrientes.

Valparaíso. Noviembre de 2020

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