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SATANCUMBIA: BAJO LA ESTATUA DEL CABALLO, LA CIUDAD POLICIAL

Actualizado: 20 de nov de 2021

Reseña de Satancumbia (Sangría editora,2020) de Rodrigo Miranda.


Por Elisa Montesinos

La segunda novela de Rodrigo Miranda, concebida en pleno estallido social, sitúa a Santiago en un futuro aún más apocalíptico que el presente. La ciudad ha quedado permanentemente sitiada y formas totalitarias de exterminio se imponen. La ex estación Baquedano se ha convertido en un edificio tomado, donde quienes resisten se mueven por las catacumbas. El exterior, la ex plaza Dignidad, es un centro de deportación en medio del Mapocho navegable. Drones, policías armados hasta los dientes y maquinarias de guerra amenazan a todo lo que se mueva, mientras otras formas de vida se inventan bajo tierra.

MÁS SEXO VOLAO MENOS PACO JALAO


En mayúsculas, sin puntos ni comas, los graffitis y eslóganes se convierten en un fluir de conciencia colectivo que se entrecruza constantemente con las andanzas de Satán y Cumbia, una pareja queer de artistas urbanos perseguidos y homeless. Los graffitis y rayados en la zona cero se parecen a la costra en la piel de los dos jóvenes que rascan constantemente sus escaras y con sus brochas siguen dando nuevas pinceladas de color a la piel de la city, mientras pernoctan en una de las tantas carpas iglús que se multiplican en las calles de Santiago. El ritmo agitado de la vida callejera toma vuelo en esta particular novela, sin dejar aliento al lector ante las mutaciones delirantes que va adquiriendo el discurso.

“En la primera línea damos la cara contra la yuta” (p. 17). Son ellos, los actores anónimos de la calle quienes hablan mezclando sus voces, cuerpos, pensamientos, con los rayados de la calle. Lo individual queda en segundo plano y se convierte en rap, en hip hop.

Satancumbia devenidos un solo personaje, arrancan, pintan, se acoplan como las ranas de Darwin, sin el peligro de multiplicarse. Pese al avance de los entes persecutorios al estilo Robocop, a la llegada de nuevos inmigrantes a “la isla” de deportación en que se ha convertido la exestación Baquedano, y a las historias sexuales de las ranas entre otras estrambóticas especies, pareciera que la narratividad no tuviera cabida y no pudiera llegar a desarrollarse más allá de la mínima expresión a la que va quedando reducida el habla. Un discurso pastiche, hecho de consignas, graffitis, rayados, coa y diálogos recogidos al vuelo, en que aparece la primera persona colectiva y se desdibuja cualquier personalidad individual. El lenguaje también estalla y se hace trizas y solo puede volver a armarse con retazos, sobras, fragmentos.

Tal como en su teoría del Rizoma Deleuze y Guattari se enmascaran para perder su yo en la máquina del texto, Satán y Cumbia se confunden en su habla disgregada y plural. No se sabe quién de los dos dice qué, y sus personas se difuminan entre voces, frases y consignas que están en el aire. De esta forma, “no hay lengua ni madre, sino toma del poder de una lengua dominante en una multiplicidad política” (Deleuze y Gauttari, Mil mesetas). Nada estable de lo que afirmarse, solo una realidad que fluye por los subterráneos y alcantarillas del sistema. El libro está hecho de rupturas y reconstituciones de sujetos, sentidos, escrituras y lenguaje, donde el actuar de los personajes adquiere ribetes performáticos.

El discurso, así como todo lo que poseen Satán y Cumbia, es reciclado y lo toman después que alguien más lo ha dado de baja. Los jóvenes se internan en las catacumbas de la exPlaza Dignidad, especie de campo de concentración donde algunos aún resisten. La sobreabundancia de signos se articula en una máquina espectacular que recuerda a Brazil de Terry Gilliam en el absurdo futurista de la burocracia sin rostro, y a la obra 2118 de La Patogallina, en cuanto a puesta en escena de un Estado policial omnipresente. En Satancumbia los graffitis se hilvanan con un texto que deja ver la persecución hacia el arte callejero y los inmigrantes, también aparecen los bailes y la comida de la calle. El hambre se apodera de Satán y Cumbia, quienes resisten a pan duro, agua y sobras, mientras escapan de la persecución.

Hay fragmentos que no se integran, como la isla, el transbordador y el río navegable. La historia de los grafiteros por ratos se pierde y se funde en un mar de restos. Una pesadilla futurista, los supersónicos en versión apocalíptica. Todo se mezcla, hasta la virtualidad en ventanitas del chat que se abren y cierran. Enfermedades infectocontagiosas se apoderan de quienes resisten en la estación tomada/ recuperada. Brigadas de orden y limpieza recorren la ciudad borrando grafitis, los surcos en la memoria, las palabras que nos quedaban.

Para adquirir el libro: Satancumbia
Precio referencial: $10 mil

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