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TRAINING #6: ASHLE OZULJEVIC SUBAIQUE Y MARIO GUAJARDO VERGARA

Una lectura sobre Vidas robadas (Fondo editorial Manuel Concha, 2012) y Las armas que no disparamos (Barravento editores, 2017)


Por Rodrigo Ratón Hidalgo

Comenzaré este comentario doble haciendo una peculiar confesión. Conocí a ambos autores cuando aún eran inéditos y tuve la intención de ser el editor de sus libros debut. No fue así, pero los libros están acá, y ya no son los primeros, de modo que sus nombres debiesen figurar dentro de cualquier antología o panorama de su generación. Ambos han participado en concursos, integrado talleres y estudiado literatura en la Universidad de Chile. Ashle Ozuljevic Subaique (1986) ha publicado los poemarios “Tres” y “Anteojos de sal”, además del ensayo “El Silencio Final” sobre Enrique Lihn. Por su parte, Mario Guajardo Vergara (1985) ha publicado el ensayo “Y aquí me voy a quedar” en torno a la obra de Roberto Bolaño. Pero claro, prácticamente se han autoeditado, han publicado con fondos universitarios o municipales o con sellos muy pequeños y sin mucha visibilidad. O quizás es simplemente que el mundo es ancho y ajeno, y en estos momentos en Chile si levantas una piedra seguro encuentras un escritor, un poeta o un editor.


“Vidas robadas” es un libro de cuentos de Ashle Ozuljevic del 2011 publicado por el Fondo Editorial Manuel Concha de la Municipalidad de La Serena, como premio por ganar del certamen homónimo. Son 6 relatos todos titulados con los nombres de los personajes que les dan vida. Y yo confieso una particular debilidad por los nombres ocurrentes o estrafalarios, un gusto adquirido del que responsabilizo a Juan Emar y sus lúdicos bautismos. Así, se nos presentan las andanzas de Juan Can, de Seudónima Newman o de Papelito Bates, quienes se nos advierte con risueña majadería son personas reales que se han visto convertidas en seres de tinta gracias a la más íntima confianza imaginable, por ser conocidos, amigos o miembros de la familia de la propia autora, quien recurre a la fórmula estandarizada del “los nombres de los protagonistas han sido cambiados para proteger su identidad” en contrapunto con un desparpajado “toda similitud con la realidad escapa a la coincidencia y casualidad”.


El estilo de la escritura de Ashle marca distancia con la tendencia extendida de la autoficción. Con una pluma tocada por una desprolija elocuencia, los cuentos son narrados principalmente por una voz omnisciente que nunca deja de lado su condición divina de poder y control total, y les va contando el futuro a sus personajes, les dicta su destino en segunda persona. La estrategia funciona gracias a la brevedad y ritmo alucinado de un hablante que más bien suena como una hablante, es decir que curiosamente nos suena femenina sin nunca en realidad llegar a serlo, acentuando la ambigüedad atmosférica de los relatos, siendo acaso la historia de Federico Mercurio la que más lejos se atreve a ir, en un final desopilante que nos traslada a una dimensión paralela, como la no-vida de un posible Fredy Mercury otro.


De cualquier manera, estamos ante personajes fragmentarios que resultan aún más dispersos y desdibujados por la estrategia de esa voz narrativa de contar los hechos desplazándose caprichosamente en el tiempo, como obligando al lector a tomar nota y sacar cuentas para seguir el hilo, para tratar de fiscalizar la coherencia, asunto que evidentemente se nos hace imposible muy rápido, de suerte que entregados a tal concesión, seguimos esas vidas esperando cada nueva fractura, cada nueva cachetada con las que los personajes son esculpidos: son pues biografías marcadas por la violencia y el abandono. Hay desde el inicio un tono de sino fatal para estos padres que violan a sus hijas y engendran a hijos que son a su vez sus nietos, para estas madres que maltratan a sus hijas o las inducen al suicidio. Relaciones entre medio hermanos, tíos y sobrinas, abuelas y primos, secretos familiares con tintes de mito o de leyenda que dejan un reguero de personas heridas al borde del delirio, donde se mezclan y suceden viajes a otros países, experiencias exóticas, desenfreno sexual, peleas por diferencias políticas, la búsqueda religiosa de respuestas espirituales y más de un embarazo no deseados. En algún punto los personajes de Ozuljevic resultan tamizados por un mismo barniz que tiene algo de parabólico, de bíblico, asemejados todos en su lapidaria finitud siempre presente, toda vez que el relator les recuerda constantemente que sus muertes ya han sido dictadas.


Salto ahora sin más preámbulo ni explicación al otro libro, al de Mario Guajardo, “Las armas que no disparamos”, y sólo consigno como último asunto respecto de los cuentos reunidos en “Vidas robadas” de Ashle Ozuljevic, que he sido deliberadamente impreciso en algunas de las cosas que he dicho, con la doble intención de por un lado jugar con la misma carta con que ella juega, comodín al borde de la trampa que ella administra en una justa medida intuitiva y efectiva; y por otro lado, para no hacer más grave el spoiler.


En “Las armas que no disparamos” el índice advierte de 6 cuentos más un epílogo titulado “Pretextos mentirosos para estos cuentos”. Este último escrito supone una eventual verdad tras bambalinas al exponer los concursos a que presentó cada relato, los premios que tuo o no tuvo, sus procesos como posibles novelas abortadas, o qué referencias a películas o hechos hay en ellos, de manera tal que el autor parece preocupado hasta el final de reducir a cero el espacio o la distancia con el lector. Y si bien este asunto fue considerado por algún crítico como una suerte torpeza acaso sin mayor relevancia dentro de un conjunto promisorio, para otra crítica especializada (aunque mi maestra no debiese ser parámetro puesto que se sabe que se deleita en su personaje lapidario de verdugo como crítica exigente), este epílogo no operaría más que como un apéndice destinado al autoelogio y el lamento por parte de Mario Guajardo. Sin llegar tan lejos en el juicio, coincidimos en que ciertamente serían paratextos absolutamente prescindibles en una segunda edición, de haberla.


De cualquier manera lo cierto es que estamos ante un conjunto de relatos que se inscriben en la tradición del realismo social, en el bajo fondo y sus personajes arquetípicos y marginales, con escenas y relatos situados en poblaciones asoladas por el narcotráfico, en barrios con insospechados prostíbulos frecuentados por la policía, donde el pasado o la huella siquiátrica de la resistencia a la dictadura respira en la mitología de los blocks, extramuros urbanos con liceos llenos de alumnos migrantes, la periferia y su cotidianidad de ciudadano que anda en micro. En un par de relatos los personajes llegan a ser tan estereotipados, como de maqueta, que ni siquiera logran un nombre propio, quedando señalados como el policía, el espía, el gordo, la puta o el primo. Esto que puede frustrar algunas expectativas, me pareció más bien un interesante desapego como de dramaturgo, guionista o director, que establece un gris sobre el cual destacan luego otros personajes que sí logran nombre propio, como es Betiane, la niña haitiana protagonista del brutal relato homónimo, o el misterioso Nemmanuel Trouvefuture y su amigo el Profesor H, dos docentes haitianos a los que conoce fortuitamente y antes de su subrepticia desaparición, el protagonista de “El lenguaje del tapir”, uno de los mejores cuentos del libro.


Pudiendo tener razón quienes han señalado que “Las armas que no disparamos” no representa mayor novedad dentro de una profusa corriente de narradores que explotan la misma veta, me parece que el conjunto igual reúne condiciones meritorias suficientes como para elogiarlo. Y asumiendo ya de plano la total subjetividad de los pareceres, diré que a mí, tres de los seis relatos me parecieron notables, lo que haciendo la raya para la suma da un saldo más que positivo, ergo si hubo un precio me pareció justo. Para más detalle los cuentos de mi preferencia son los dos señalados con protagonistas haitianos, de marcada escuela borgiana el último, y yo agrego el relato que da título al libro, “Las armas que no disparamos”, una historia protagonizada por el Gino, joven parado con una lata de cerveza en su eterna esquina frente al Block del Hambre, que evoca a los parias del film Caluga o Menta, como una fatamorgana de la resistencia popular de los años 80, la pervivencia de esa memoria, difusa, degradada, descompuesta y que pone en duda cuánto de resistencia en verdad hubo. Eran más las ganas que otra cosa. Jóvenes parapetados detrás de postes, como soldados sin más armas que sus bocas y ojos, sus pies y manos. Esa imagen en contrapunto con la de los jóvenes parapetados ahora en el presente, en la angustia de la droga como código ya del suburbio.


Finalizaré este ejercicio volviendo sobre el asunto del anonimato o la escasa visibilidad de estos jóvenes autores. Porque en las siguientes entregas voy a continuar en la senda de reseñar o comentar algunos libros que tiendo a pensar pasan prácticamente desapercibidos, de autores que aún cuando logran un comentario crítico, ya sea un aplauso cerrado o una rotunda desaprobación en un diario de circulación nacional o en una página web especializada, suelen vivir en el olvido. Pero no hablo de un olvido gravoso o vejatorio, sino de uno calmo y concentrado, casi rutinario. Porque hay efectivamente plataformas, redes, instancias orgánicas quizá cada vez más líquidas y fluctuantes en las que se desarrolla como campo cultural, el campo literario. Hay una escena en la que se disputa y transa un capital simbólico cada vez más hipersegmentado y abigarrado. Y ahí, hoy por hoy, siendo que tanto el canon como el mercado están lo suficientemente patas arriba como para que cualquier cosa suceda, el espacio está abierto para todas las emergencias, de suerte que a veces logran aparente éxito algunas publicaciones o proyectos francamente inmodestos, mediocridades poco conscientes de su limitación y que cuando mucho se presumen mal entendidas, gracias a o a pesar de la recepción crítica y de sus ventas; y otras veces uno encuentra pequeñas piedras de colores que sin calificar para joyas, lucen su personal propia belleza. Fuera de toda ambición o pretensión. A ellos apuesto. Y por eso retengo y recomiendo los nombres de Ashle Ozúljevic Subaique y de Mario Guajardo Vergara, a la espera de sus próximas entregas.

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