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TRAINING #8: “JEIDI” DE ISABEL M. BUSTOS Y “DÍAS FESTIVOS” DE CAROLINA SOTO RIVEROS

Ejercicio de crítica sobre Jeidi (Laurel, 2017) de Isabel Bustos y Días festivos (Overol, 2020) de Carolina Soto


Por Rodrigo Hidalgo

En esta ocasión he tomado de mis anaqueles un Laurel y un Overol, sellos editoriales que ya nos tienen acostumbrados al buen nivel de sus catálogos, y voy a enfrentar a dos libros debut de dos colegas contemporáneas a las que la crítica en general trató bastante bien, lo que no es poco considerando el notable número de autoras que hoy brillan en el abigarrado panorama literario local.


Se ha dicho que bajo el rótulo de “autoficción” se confunde una variopinta diversidad de propuestas muy disímiles. A riesgo de seguir metiendo ropa en el mismo saco, diré que “Días festivos” de Carolina Soto, es autoficción pura y dura. No sólo porque habla en primera persona de sus aventuras y desventuras conyugales y familiares, como quien te cuenta su vida mientras barre la vereda o limpia la mesa; sino porque además es la dimensión de lo cotidiano y sus pequeñeces la que se pone en vitrina, como en un muro de Facebook, transparentando las rutinarias fórmulas de negociación en que se sostienen las relaciones, de modo que nos enteramos de la logística intestina de esta peculiar pareja, de cómo fueron entretejiendo sus carácteres y personalidades con amorosa complicidad, y de cómo se las ingenian para escapar a los esquemas preconcebidos y a las expectativas de la sociedad y de sus propias parentelas, desafiando al estereotipo patriarcal y su rol de la mujer casada, frustrando el ideal de la madre abnegada. La protagonista es una mujer normal, que simplemente utiliza su inteligencia y que con total franqueza reconoce que no está siempre segura de sus decisiones. Y que, bueno, qué le vamos a hacer, se enamoró y casó con un poeta.


Con la intención de comprobar dos de las virtudes que la crítica ha señalado en este libro, a saber: su sentido del humor y honestidad; y por otra parte sabiendo yo que mi objetividad para ello es nula puesto que conozco en la vida real a Carolina, a su esposo Marcelo y a sus pequeños hijos; hice la prueba de leerle “Días festivos” en voz alta a mi pareja, que no les conoce ni sabía hasta el día en que le leí el libro, de ellos. El resultado fue tan contundente como la probablemente nula rigurosidad científica de mi estrategia de comprobación. Sostengo entonces que no es necesario conocer en la vida real a los protagonistas para disfrutar del libro: las escenas retratadas, que a uno le resultan nítidas y divertidas porque sabe incluso cómo hablan y gesticulan cada uno de ellos, están tan bien logradas que cualquiera las puede imaginar, y esto no significa que haya un extremo detalle en las descripciones, sino casi todo lo contrario, como buena arquitecta dibujante, Carolina en dos o tres líneas simples pero precisas, esboza actitudes humanamente reconocibles, traza formas que de inmediato nos resultan familiares, y llega así a un sentido común que no exige conocimientos puntuales o marcos referenciales específicos.


Ahora, hay en el tema de fondo, un debate o una reflexión en torno al derecho a la autodeterminación de la mujer, a su libertad más allá del género, y que desplaza la pugna del cuarto propio al cuerpo propio, contra el rol de madre como destino invariable del sujeto femenino, y diría que en esa cancha, “Días festivos” de Carolina Soto dialoga tangencialmente o triangula la jugada con varias escritoras y propuestas actuales, pienso en la novela “Pieza amoblada” de Valentina Vlanco, en algunos cuentos de “Ambiente familiar” de Maivo Suárez”, en la crónica de embarazo y puerperio que es “Línea Nigra” de Jazmina Barrera, y hasta en el ensayo “Contra los hijos” de Lina Meruane, aunque las posibles relaciones con cada uno de esos libros son evidentemente muy distintas, perdón entonces si estoy hilando muy grueso. De cualquier manera, en su irreverente desenfado Carolina Soto por lejos es la que más me ha hecho reír.


En alguna crítica o reseña a “Jeidi” también se destacó el sentido del humor de la autora, su capacidad de hacernos reír con cierta imagen de la ingenuidad provinciana. Pero no es una novela que mueva en realidad a risa. Muy por el contrario creo yo. La protagonista es una niña de 11 años que, sin padre, queda huérfana al nacer pues durante el parto fallece su madre. Criada por el abuelo en una aislada y rural Villa Prat (localidad que en la vida real fue devastada por el terremoto del 2010), Jeidi vive una alucinación fruto de la ignorancia y el oscurantismo religioso. Asustada por haber comenzado a tener pensamientos pecaminosos relacionados con su entrada en la pubertad, y sin orientación del más mínimo tipo, asegura haber sido fecundada en sueños por un ángel, y desarrolla un embarazo sicológico que deforma su cuerpo y la convierte en un fenómeno milagrero. Al ser examinada por médicos se establece que es virgen, que ni siquiera ha tenido su primera menstruación, y que a pesar del abultamiento de su vientre, no hay feto. La fe del pueblo es puesta en duda por la ciencia en un conflicto que más parece diálogo de sordos. Al centro de todo, la conmovedora imagen de esta niña de 11 años que por las noches le habla a un calzoncito como si fuera su mamá.


El retrato que logra Isabel Bustos es plausible gracias a que vivimos y conocimos hechos de la crónica nacional tales como el vidente de Villa Alemana. Además, “Jeidi” está ambientada en esa misma época, puntualmente en el año 1986, una época en que la dictadura estaba dispuesta a convertir este tipo de casos en un distractor o una cortina de humo, dándole cabida y rango de suceso espectacular a través de los medios. No sucede así con “Jeidi”, cuyo falso embarazo no alcanza la fama de la TV, lo que frustra las expectativas de los vernáculos que están orgullosos de la “santita” que ha convertido a Villa Prat en el nuevo Belén. Esa tosca mentalidad que retrató tan bien Raúl Ruiz en La Recta Provincia, y que parece a ratos surrealismo puro no siendo más que la cruda realidad fruto de la ignorancia y el abandono, es lo que teóricamente debiera movernos a la risa. Quizás sí, quizás se nos dibuje en la cara una sonrisa ante ciertas manifestaciones de esa cultura, de esa forma de vivir. Jeidi, el abuelo, sus amigas y amigos niños y adolescentes, todo el pueblo es en su mayoría gente que no distingue entre conocimiento científico, pensamiento mágico y superstición, y se genera así una atmósfera propicia para la psicosis colectiva.


La novela está muy bien construida, administra con sagacidad el suspenso y la trama se desarrolla con ritmo dosificado, los personajes resultan creíbles y sus hablas y razonamientos son una delicia. Por ejemplo Vicky, la mejor amiga y confidente de Jeidi, una niña casi obesa, digamos corpulenta, colorada como tanto huaso del valle central. Vicky es más bien masculina en su rudeza y determinación, y como tiene un año más que Jeidi, se siente legítimamente empoderada sin que nadie se atreva a discutirle, y asume ese rol de mujer adulta al lado de su amiga encinta. Otro personaje encantador por lo bien que se plantea es “la lola” del pueblo, la jovencita que atrapa las miradas de los hombres, la Karla, una prima de Vicky que vestida con ropa americana, el último grito de la moda, se pavonea por las calles adornada del glamour que le da saber que es la única en el pueblo que ha ido a Santiago, se ufana de sus aires de mundo por ello.


Me cuesta pensar en qué otros libros podrían dialogar con “Jeidi”. Es decir, hay obviamente algo similar en “Ruido” de Álvaro Bisama, que se trata del vidente de Villa Alemana, y claro, hay ahí una mirada a esa rudimentaria fe popular de provincia, a los años 80 y la dictadura como telón de fondo. Sin embargo más allá de estas coincidencias, tanto por el tratamiento del tema como por las estretegias de construcción del relato estamos ante proyectos demasiado distintos, como pueden serlo una acualera y un acrílico.


Leí pues estas dos novelas una tras otra con gran satisfacción, muerto de risa con la primera y asombrado y hasta conmovido con la segunda. Creo que estamos sin duda alguna ante dos escritoras que más allá de los elogios de la prensa, de sus filiaciones y de las catalogaciones con que nos podamos entretener los ociosos lectores de la crítica, prometen gozosos ensanchamientos del horizonte escritural femenino actual. Bravo por ellas.

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