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VISTOS DESDE EL CARTEL: MARGINALIDAD Y VIOLENCIA DESDE UNA ÓPTICA INFANTILIZADA.

Sobre El hombre del cartel (Alquimia, 2021) de María José Ferrada.


Por Alejandra Bustos


El hombre del cartel, escrito por Mª José Ferrada, es la segunda novela para adultos publicada por la autora donde nos narra cómo un hombre adulto decide no solo cuidar sino que vivir en el cartel luminoso de Coca-Cola al momento en que le ofrecen el empleo de cuidarlo, pero más allá de eso, qué sucede en su entorno íntimo y social.


Ramón, de 45 años, vive en un bloque de departamentos en un sector marginal de la ciudad, desarrollando trabajos comunes hasta el día que consigue la tarea de cuidar los focos de luz de un cartel. A partir de entonces, toma la decisión de vivir allí, trasladar todas sus cosas desde su departamento y no tener que lidiar más con nadie. En un principio la idea solo divirtió a sus vecinos que con extrañeza lo veían día tras día desde sus ventanas, pero al avanzar el relato queda claro que las risas no serían parte del desenlace de esta historia.


Paulina es la pareja de Ramón y tía del narrador, Miguel, quien será el encargado de transmitirnos los sentires de la comunidad de los blocks y en particular de su madre, quien es la presidenta de la Junta de Vecinos, quien se opone férreamente a lo que ocurre. Poco tiempo tuvo que pasar para que en los alrededores se asienten los denominados sin casa, en torno al cartel de Ramón, a resguardarse del frío con fogatas. Un enfrentamiento bastó para que ambos grupos vecinos tornaran la vista de forma amenazante; el pasado de los habitantes del Block los asedia como una pesadilla demasiado reciente para ceder su posición actual.


La participación del narrador en los hechos que se suscitan a diario en la comunidad entrega la cercanía e ingenuidad que la autora buscaba retratar en su tono, pero no deja de hacer ruido la construcción de las descripciones que realiza e incluso en las reflexiones que desarrolla genera duda desde lo lingüístico; el uso de un vocabulario que parece inapropiado para un niño de 11 años, incluso si lo distanciamos de su propio relato y asumimos que nos cuenta esta historia con cierta trayectoria, no es convincente en relación a la historia que la autora construye sobre Miguel. A pesar de no poder dejar de lado este ruido, la prosa avanza rauda por una historia muy bien encaminada a su final.


Dispuesta en tres escuetas divisiones inicia con el título en mayúsculas “PRIMERA SEMANA”, el primer capítulo desglosa enunciadamente el día a día del proceso de instalación de Ramón en el cartel. Asumí que la disposición seguiría esa línea, aún cuando el segundo membrete señala “LOS DÍAS SIGUIENTES” de aspecto más general; entonces la duda en cuanto a si fue o no planeada la estructura o si solo surgió de esa manera y lo maquillaron en el ensamble es inevitable. Por último, “LOS DÍAS FINALES”, delata abiertamente su funcionalidad: terminar con el conflicto en 26 páginas o morir en el intento. ¿Funciona? lo dudo, más que una guía para organizar el relato me dispuso de forma errática frente a la prosa límpida que ostenta Ferrada haciéndome titubear al momento de avanzar.


La poca relevancia de espacios como el estudio y en contraparte la exploración del ejercicio contemplativo desde el cartel devela, en medio de este escenario gris, un espacio de belleza esperanzadora, casi emancipadora de la realidad más vívida. Ramón funciona aquí como el silencioso guía; cada conversación que sostiene con Paulina en lo alto de su nueva morada no hace más que mostrarnos un temple distinto, otro ritmo de pensares que entre silencios nos traslada a las conclusiones más oníricas posibles respecto del resplandor de las estrellas, por ejemplo. “Relaciones entre lo que pasa arriba y lo que pasa abajo, Tenías que ubicarte en un espacio intermedio (...) para verlas” (p.32).


Así, sus vecinos lo señalan como una amenaza, una forma de vivir que desafía a la propia; “ellos eran gente decente que se bañaba en la mañana, trabajaba durante el día y dormía por la noche.” (p.69) es una frase que se repite más de una vez en el texto por parte de los adultos, evidencia de un yugo sistemático que los ha convencido de que quien no produce no vale, es vago y, por lo tanto, representa algo deleznable. El miedo a salir de la norma.


Violencia y marginalidad serán los ejes centrales para el desarrollo de sus personajes: un escenario ocre, seco y terroso que combina perfectamente en nuestros imaginarios con vivencias llenas de privaciones y reacciones violentas en todo orden de relación; Miguel, a sus breves 11 años parece comprender que hay desacatos que no proveerán más que un castigo en su vida, tristemente no se equivoca.

Insultos que terminan en castigos privativos o físicos son lo normal en una convivencia poco armoniosa entre madre e hijo en medio de un bloque de departamentos en donde todes se escuchan con todes; incluso ante las preguntas más retóricas se anuncia una voz opinando, respondiendo. Restricciones de una relación jerárquica que impone una forma de pensar y vivir acorde a lo demandado, el miedo palpitando bajo la memoria de alguna vez no haber tenido con qué abrigarse o agua para beber dispone a esta comunidad en un tono reaccionario, altamente discriminador y clasista frente a la aparición de un segundo elemento disruptivo: los sin casa.


La memoria de haber sido alguna vez del grupo de los sin casa en esos mismos alrededores pone a la comunidad en alerta: las tomas de terreno en Chile no son algo nuevo, la posterior lucha por la regularización de terreno y vivienda tampoco, por lo que es inevitable entender el sentir de amenaza que ven en un grupo que persigue la misma necesidad de bienestar, de estabilidad. Es cruel ver tan claramente lo que los seres humanos somos capaces de generar en otros, tanto los vecinos de departamentos como los sin casa sienten recelo el uno del otro, al parecer ninguno quiere dañar al otro, pero la sola convivencia parece crispar los atardeceres de ambos grupos. La casa propia y el trabajo son dos máximas en Chile que tienen algo en común: son elementos que configuran la civilidad, la pertenencia, y son altamente complejos de conseguir debido a los sesgos económicos y sociales que ellos requieren para su obtención; por otro lado, se presentan como fundamentales en un sistema que no da tregua por piedad ni con un vaso de agua.


Más allá de todo lo mencionado, me permito destacar a Ramón. Un personaje que permite nuevos espacios de discurso en sus silencios; que regala sin ambiciones sus reflexiones y comparte sus vistas lejanas favoritas con toda la intriga que a él mismo le generan. Un respiro al imaginario de personajes hiperelocuentes o dueños de la verdad que, de no ser por lo incómodo del narrador infantil, se vería aún más destacable en cuanto a sus hilos de pensamiento o perspectivas de vida que aún no hemos desenmarañado en cuanto a sus posibilidades.


Para adquirir el libro: «El hombre del cartel» de María José Ferrada (Alquimia Ediciones)

Precio referencial: 11 mil

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